Añorar a quien no habita el mundo físico es llevar espinas bajo la piel que no ceden. No quiebran, pero arden sin tregua; inconscientemente al nombrar el duelo me vuelvo niño otra vez.
He adquirido el hábito nocivo de negarme a hacer uso de mis lentes sin justificación aparente. A pesar de aquel dolor punzante en mi cabeza, conscientemente permito que siga ocurriendo.
Después tengo la cara para cuestionar mi ceguera voluntaria.
La música siempre será un must en mi día a día, soy preso de tener ruido de fondo incluso en mis tareas más simples. El problema es que el género varía tanto que no puedo tener un estado emocional definido.
Considero humillante mi temor a integrarme en espacios digitales y entornos nuevos. Padezco de pánico a experiencias desconocidas; mi mente me convence de que interactuar con personas inéditas podría tener consecuencias irreparables para mí.
Es propio del hombre marearse ante los sentimientos encontrados que deja la vida en un abrir y cerrar de días.
Me declaro adicto al vértigo de sus saltos: cómo se transporta de un extremo a otro sin pedir permiso.