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A veces la vida nos empuja a alejarnos de lo que amamos, no porque dejemos de sentir, sino porque las circunstancias nos obligan a caminar por senderos distintos. Y en ese alejamiento la presencia no desaparece: se vuelve invisible, se transforma en recuerdo, en pensamiento persistente, en un suspiro que acompaña aun cuando los cuerpos ya no se encuentran.
El silencio, tan malinterpretado, no siempre significa indiferencia. Hay silencios que son gritos callados, que guardan más palabras de las que la voz podría pronunciar. Son silencios que protegen, que contienen, que esperan. A veces callamos porque no sabemos cómo decir lo que sentimos, otras porque las palabras resultarían demasiado pequeñas para expresar el peso de la nostalgia.
La distancia no borra lo vivido, al contrario, lo resalta con la tinta de la memoria. Lo que se amó de verdad no se esfuma con los kilómetros ni con los días; se queda tatuado en el alma, como una melodía que se repite en lo más profundo del ser. Y el silencio, lejos de ser un final, puede ser también una forma de cuidado, una manera de no herir, un lenguaje invisible que solo los corazones saben leer.
Así, aunque las miradas no se crucen y las palabras no viajen, la esencia permanece. Porque lo verdadero nunca se va del todo: puede alejarse de los ojos, puede callarse en los labios, pero seguirá latiendo en algún rincón secreto del alma

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