Elizabeth Sanchez Vegas@elhabito
𝐅é𝐥𝐢𝐱 𝐏𝐥𝐚𝐬𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚: 𝐄𝐥 𝐄𝐦𝐛𝐚𝐣𝐚𝐝𝐨𝐫 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐕𝐞𝐫𝐠ü𝐞𝐧𝐳𝐚
Por Elizabeth Sanchez Vegas
Estudió en Oxford. Tiene maestría en Lovaina. Lleva treinta y cinco años en el servicio diplomático venezolano. Y ayer, en el Aeropuerto de Miami, cuando una periodista exiliada con orden de captura en su propio país le preguntó si los venezolanos tienen garantías de no ser detenidos arbitrariamente al regresar, Félix Plasencia la miró con el desprecio que solo tienen quienes se creen intocables. Y le respondió: “No sigan repitiendo esas tonterías.”
Deténganse en esa imagen. Una mujer que no puede volver a su tierra porque el régimen que este hombre representa la persigue. Y él, recién designado embajador en Washington, con corbata impecable y credenciales oficiales, le llama “tonterías” al miedo que la mantiene en el exilio. Eso es lo que Delcy Rodríguez envía a representar a Venezuela ante la primera potencia del mundo: un funcionario educado en las mejores universidades de Europa, pero con el alma entrenada en tres décadas de lealtad ciega al chavismo.
Cuando la periodista Carla Angola le preguntó por qué siguen presos 454 venezolanos (nombre por nombre, celda por celda, según el Foro Penal), el embajador respondió que “no lo sabía” y que había que preguntárselo a las autoridades policiales. El representante de Venezuela en Estados Unidos no sabe o finge no saber por qué su país mantiene presos políticos. Y cuando otra periodista le recordó que 7,7 millones de venezolanos han abandonado su tierra, Plasencia la despachó con una frase que lo define para siempre: “Las cifras que usted caprichosamente dice.” Siete millones y medio de exiliados, de familias rotas, de sueños destrozados… para él no son más que un capricho.
Plasencia no es un diplomático. Es un sobreviviente profesional, un operador que ha convertido la lealtad personal en carrera. Su vínculo con Delcy Rodríguez no es reciente: se conocieron en 1994 en la embajada de Venezuela en Londres, cuando ambos eran jóvenes funcionarios de carrera. Desde entonces, él ha sido su hombre de confianza, su guardián de secretos, el que siempre aparece cuando hace falta manejar lo incómodo. Y el ejemplo más claro es el Delcygate de enero de 2020. Plasencia era entonces ministro de Turismo y Comercio Exterior. Viajó con Delcy Rodríguez, sancionada y prohibida de entrada a la Unión Europea, en un vuelo privado que aterrizó en el aeropuerto de Barajas. Mientras ella permanecía en el avión para evitar ser detenida, Plasencia participó en las gestiones secretas. El ministro español José Luis Ábalos subió al avión, se reunió con la vicepresidenta y luego declaró que solo había ido a recibir a su “amigo personal” Plasencia. El escándalo explotó en España. Delcy violó las sanciones europeas. Plasencia estuvo ahí, en medio de la operación clandestina. Y cuando la tormenta pasó, él salió impoluto, sin una sola mancha. Y como premio por su lealtad y su discreción, lo mandaron de embajador a China. Luego a canciller. Luego a Colombia. Luego a Londres. Y ahora a Washington. Cada escándalo, un ascenso. Cada complicidad, una recompensa. Esa es la meritocracia del chavismo.
Cuando asumió la Cancillería, una de sus primeras decisiones fue ordenar la jubilación anticipada de diplomáticos de carrera, incluidos compañeros de su propia promoción, que no se habían arrodillado ante el régimen. El mismo hombre que entró al servicio exterior por concurso público, en tiempos en que Venezuela aún tenía instituciones, usó su poder para purgar a quienes se negaron a venderse como él lo hizo. Esa es su verdadera marca: traicionar la carrera que lo formó, a cambio de permanecer siempre cerca del poder, sin importar el precio que pague el país.
Venezuela no merece esto. El pueblo venezolano, que ha resistido con una dignidad que esta gente jamás conocerá, no merece que lo represente en Washington un mediocridad con buenos zapatos, títulos de Oxford y Lovaina, y treinta y cinco años de lealtad ciega a la dictadura más corrupta y represiva de América Latina.
Félix Plasencia no es embajador. Es el mensajero perfecto de la vergüenza nacional.
Termino esta nota con este ruego: me parece que no llega el día de que esta gentuza desaparezca de nuestras vidas y que por fin podamos votar libremente para barrerlos de una vez y para siempre de nuestra historia.