Profesor secundario@profsecundario
La comparecencia de Florentino Pérez ante la prensa fue una comparecencia, en realidad, contra la prensa. He leído, muy de mañana, a periodistas que dicen que el rey está desnudo... Pero fue el rey el que se dedicó, con la única ayuda de un micrófono, a desnudar a un oficio que, en los últimos tiempos, se ha convertido en una corrala, en mancebía perversa y desquiciante. Frente al chiringuito de las divas, Florentino expuso, como un tótem, la solidez de un club maltratado por unos medios vendidos, azotado por unos árbitros comprados y vilipendiado por unas instituciones en las que brilla por su ausencia la ausencia de corrupción.
¿Que Florentino está mayor? Por supuesto que está mayor, y en su laboriosa senectud nos ha devuelto el vigor energizante de las certezas y nos ha regalado a todos, y más que nadie a sus críticos, una bocanada de aire fresco procedente de los mejores años de nuestra vida, de aquel siglo XX que solo gracias al Real Madrid se ha alargado hasta bien entrado el XXI. Nada más revolucionario que un hombre repartiendo verdades. Nada más intemporal que la palabra utilizada para devolverle el peso a las palabras y exigir respeto a quienes han hecho su gran negocio de prostituirlas.
Ahí reside la verdadera dimensión histórica de Florentino Pérez: no ya la de un presidente de fútbol, sino la de un constructor de civilización en un mundo que se está derrumbando por el encumbramiento de la mediocridad. Mientras todo alrededor se degrada (la prensa convertida en taberna histérica y las instituciones en cuevas de ladrones) él permanece, hierático como un faraón del Imperio Antiguo, levantando un muro de racionalidad, excelencia y memoria.
Florentino no compareció simplemente para defender al Real Madrid. Su intervención sirvió para defender una idea de jerarquía y rigor que hoy suena particularmente incómoda e incorrecta. Por eso ha irritado tanto. Florentino es la muestra viva (casi rediviva) de que todavía existen hombres capaces de mantenerse rectos en mitad del vendaval y de que todavía existen verdades que vale la pena defender hasta el último aliento.
¡Hala Madrid, cojones!