Paredes
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Ayer fui invitado a comer por el presidente Milei en Olivos, en agradecimiento por el apoyo que le di en la semana más difícil de su gobierno antes de las elecciones. En el encuentro hablamos sobre los temas pendientes. La idea era pensar la mejor manera de reforzar los equipos y prepararse para esta segunda etapa, pero no logramos ponernos de acuerdo.
La salida de un hombre con capacidad y equilibrio como Guillermo Francos, que para la ciudadanía representaba sensatez, para ser reemplazado por otro sin experiencia, no parece ser una buena noticia. Como le mencioné, existía la posibilidad de reemplazar a Francos por otra persona idónea de su equipo, con un perfil más técnico y mayor capacidad de conducción y coordinación de equipos, como Horacio Marín, actual presidente de YPF, que reúne todas las condiciones por su experiencia previa.
El jefe de Gabinete de Ministros es una figura esencial: coordina los equipos políticos y de gestión en torno a una agenda y una estrategia.
A esta decisión a mi juicio desacertada, se suma la falta de resolución de las conocidas disputas internas del gobierno, claves en la hoja de ruta del futuro.
Lamento esta situación porque, tras el esfuerzo realizado, la revalidación de la gente en las urnas y el apoyo inédito de Estados Unidos, el país se encuentra frente a una oportunidad histórica que no puede desaprovechar.
Como el presidente ha dicho públicamente, yo no he pedido ni pediré nada a título personal, pero me veo obligado a hacer mi aporte y a expresar mis preocupaciones porque nos une el futuro del país.
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EL “TRABAJO NO REMUNERADO” DENTRO DEL HOGAR NO EXISTE
En los últimos días, vengo escuchando a distintas personas hablar sobre la disparidad de salarios entre hombres y mujeres. De todo lo que se dice, lo que más me llama la atención es la insistencia de la idea de que las mujeres somos explotadas por realizar “trabajo en el hogar no remunerado”. Es decir, que nuestras tareas en el hogar, en general vinculadas al cuidado de personas, no reciben una recompensa económica equivalente al esfuerzo y al tiempo que les dedicamos.
El concepto es muy delicado para la vida en pareja porque convierte el vínculo entre personas en una transacción de servicios con valor económico que nunca estuvo en el acuerdo original. Así, la dinámica en la casa pasa a verse como un trabajo que requiere una paga, con alcances y “contraprestaciones” que nadie más puede fijar ni hacer cumplir, porque en la vida íntima no hay terceras partes.
Tenemos que estar advertidas que sostener que la vida en nuestra propia casa implica el reconocimiento económico es una infección de la ideología de género en el hogar.
Una vida así solo alienta la sospecha, el resentimiento y el rencor en la pareja. Pero, además, altera el sentido mismo de las acciones. Bañar a los hijos o leerles un cuento pasa a ser una acción monetizable, sacar la basura, colgar la ropa, resolver la comida, son “tokens” que la otra parte tendría que pagar. Es un modelo infernal.
La sindicalización de la vida cotidiana que contiene la idea de trabajo no remunerado, seguro que no traerá plata, pero si desdicha.

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