
CLARA RODRIGUEZ
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CLARA RODRIGUEZ
@VENPIANISTA
International Concert Pianist,Recording Artist, Music Editor and Teacher, Royal College of Music. CDs on Nimbus Records, Venezuela,Chopin






#MientrasSeCuelaElCafé A ver… ☕🇻🇪 Los venezolanos tenemos una manera casi insolente de sobrevivir. Una obstinación que roza lo milagroso. Como si en algún rincón de la historia nos hubieran vacunado contra la derrota. Quizás por eso Bolívar, con más fe que certezas, decidió cruzar montañas, llanos y miserias para liberar medio continente… con un ejército que, visto en frío, no cotizaría bien en polymarket, y sin embargo, ganó. En este bendito país, cuando todo parece perdido, ocurre algo: el venezolano se acuerda de sí mismo. Hasta hace pocas semanas, nos señalaban con la vieja costumbre imperial de medirnos con la regla de la conveniencia. Se nos sancionó hasta la asfixia, se nos aplicó una mala prensa financiada, se nos discriminó globalmente, se no vejó, y en ese cálculo frío, se nos quiso reducir a problema, a estorbo, a expediente incómodo. Finalmente, se desveló todo. Se nos aplicó la fuerza porque con nuestra terquedad ya no podían. Entonces apareció el béisbol. No como deporte. Como revelación. Llegó el Clásico Mundial y Venezuela entró, como tantas veces, con talento de sobra y dudas prestadas. Un equipazo, sí… pero con ese murmullo fatalista que siempre nos susurran: “llegan lejos, pero no ganan”. Hasta que esta vez decidieron no escucharlo… y jugaron. Jugaron como se juega en los barrios: sin permiso, sin miedo, sin pedir disculpas por el talento. Jugaron como se juega en Venezuela: con alegría insolente, con sabor, con ese desorden creativo que desespera a los disciplinados y enamora al mundo. Entonces, el mundo miró. Los gringos discutían en sus streamings y en sus chats y sus redes que el béisbol es más parecido al béisbol en Venezuela que en Estados Unidos. En Miami, en la casa del que lo hizo todo contra nuestra identidad y nuestro territorio, el estadio empezó a hablar venezolano. Arepas en una mano, cerveza en la otra, sushi si tocaba, pizza cuando apareció… pero siempre con el corazón tricolor latiendo más duro que cualquier himno. Algo cambió. De pronto, ya no éramos “los peligrosos”. Éramos los apasionados. Ya no éramos “los que huyen”, sino los que luchan. Ya no éramos noticia triste, sino espectáculo vibrante. Entonces pasó lo bonito, lo soñado, y lo irónico. Le ganamos a Estados Unidos. En su casa. En su estadio. En su juego. 3 a 2. Novena entrada. Nervios de acero. Historia pura. La victoria no fue solo en el marcador, fue en la mirada del mundo, en el respeto, en ese silencio breve, pero revelador, donde todos entendieron que Venezuela no es lo que dicen de ella… sino lo que hace cuando se junta. Este equipo olímpico no solo ganó un campeonato, el primero de nuestra historia., ganó algo más difícil: nos recordó quiénes somos cuando dejamos de pelearnos entre nosotros y decidimos jugar en el mismo equipo. ¡Sí!… aquí hay talento. Hay garra. Hay belleza. Hay dignidad, pero también hay una verdad incómoda, que se cuela como café fuerte: si somos capaces de esto juntos… ¿por qué no lo somos todos los días? Galeano decía que el fútbol era el opio de los pueblos. En Venezuela, el béisbol es otra cosa: es espejo. Uno donde, por nueve innings, dejamos de ser el país que sobrevive… y volvemos a ser el país que gana. El detalle, y aquí la cosa duele un poco, es que el juego termina y la pregunta queda, suspendida en el aire como fly en el noveno: ¿Algún día seremos capaces de jugar así fuera del diamante?, porque cuando lo hacemos… no hay imperio, crisis ni discurso que nos quede grande.




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