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Mi abuelo reunió una cantidad de libros que raya en lo incomprensible. Ahora los tengo incluso en la parte superior del armario, acomodados en canastas... es inevitable sentir curiosidad por los títulos, los nombres olvidados y las historias que han sobrevivido casi por accidente.
Hoy encontré uno sin pastas, partido por la mitad y completamente descosido. En la primera página dice simplemente Poesías. Es de 1952 y pertenece a Margarito Ledesma.
Pero la verdadera joya está en la explicación.
Cuenta el editor que, hacia 1911, recibió el manuscrito por medio de un enviado especial. El poeta le pedía que corrigiera y publicara sus versos, porque no tenía recursos y los amigos y compadres que habían prometido ayudarlo no habían cumplido. Después, el original quedó olvidado durante años en un cajón, hasta que fue encontrado de nuevo y leído con una mezcla de curiosidad y remordimiento.
Ledesma ponía su obra en manos del editor y sólo pedía que, al publicarla, lo protegiera con algunos ejemplares, “para tener el gustazo de poder refregárselos en la cara a los envidiosos de su pueblo”. Textual.
¿Cómo no amarlo?
Además, en una de las páginas hay una nota escrita a mano. Reconocí de inmediato la letra de mi abuelo. Es una frase breve, casi desvanecida, pero convierte el hallazgo en algo todavía más íntimo: ya no es sólo un libro antiguo, sino un libro que él leyó, tocó y quiso marcar de alguna manera.
Sus poemas son sencillos, ingenuos, llenos de humor y de una sinceridad absoluta. Hablan del amor, del honor, de los chismes, de los padres de una muchacha y de las pequeñas tragedias de la vida cotidiana, sin pretensión alguna de parecer más importantes de lo que son.
Tal vez por eso este libro sobrevivió. Sin pastas, roto, descosido, partido en dos, pero todavía vivo.
Llegó a las manos de mi abuelo, luego a las mías, y hoy consiguió exactamente lo que su autor quería: volver a ser leído.
Qué joya.

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