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Pobrecismo: la copia barata de un fracaso
Por Carolina Restrepo Cañavera
Hoy leí un comentario que me hizo una persona desde México que me sorprendió. Eduardo.
Decía que, aunque escribo sobre Colombia en su mayoría, parecía que hablaba de México.
Y sí, porque el pobrecismo no es exclusivo de un país. Es una plantilla repetida, una copia mala y barata de un fracaso que se ha instalado por toda América Latina con distintos nombres, pero con el mismo fondo: una élite política disfrazada de redentora que vive del Estado mientras dice representarlo todo.
Lo llaman justicia social, pero no es más que una maquinaria de renta ideológica. Se ancla en mapas del siglo XIX, en fronteras coloniales, en rencores heredados, en discursos manidos. No produce. No innova. No crea. Solo exige.
Exige en nombre de los pobres, pero usa a los pobres como pretexto, como escudo moral, como herramienta de poder. No los emancipa, los instrumentaliza. Los reduce a cifra, a bandera, a causa ajena. Porque para el pobrecismo, los pobres no son ciudadanos libres, sino excusas permanentes.
Hablan del salario mínimo vital, de renta básica, de redistribución. Pero quienes más gritan esas consignas nunca han generado empleo, nunca han arriesgado capital, nunca han producido valor. No conocen el peso de una nómina, ni la dificultad de sostener un negocio, ni la angustia de pagar impuestos en un país que castiga al que trabaja y premia al que pide.
Lo más revelador es que, pese a su discurso de austeridad, gobiernan con derroche. Gastan sin freno, se rodean de contratistas, reparten burocracia como si fueran becas, destruyen confianza institucional, y encima acusan al empresariado formal de ser el problema. Es decir: quien produce, estorba. Quien parasita, manda.
El pobrecismo no es izquierda. Es un negocio. Es el arte de administrar el fracaso para mantenerse en el poder. Es el socialismo del siglo XXI con estética de ONG, lenguaje de activismo global, y prácticas de vieja politiquería local.
Y lo más grave: no saben hacer. Solo saben señalar. Han vivido del Estado, de la universidad pública, de la cooperación internacional, de los contratos, de las ONG, de los foros, de la burocracia. Han vivido de todo, menos para algo.
Ese es el pobrecismo.
Una maquinaria de poder disfrazada de causa.
No libera a los pobres: los administra.
No redistribuye la riqueza: la disfraza.
No gobierna: se reparte el Estado.
Y lo peor es que se creen originales.
Pero no son más que una copia barata de un fracaso repetido.
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