El oficio que se nos escapa:
Me detengo frente al ventanal de un restaurante de moda. La estética es impecable: luces led de diseño, plantas colgantes y un código QR que ha silenciado la calidez de la voz humana. Observo a los cocineros a través de una cocina abierta; se mueven con una precisión mecánica. casi robótica, en un escenario donde todo brilla, pero nada parece arder. Al otro lado del cristal, mi memoria me devuelve el eco de los años 80, una década donde la hostelería no era una “experiencia de usuario” diseñada en un laboratorio de marketing, sino un oficio con alma.
Esa alma es la que hoy busco y me cuesta encontrar. Estos días, caminando por las calles de República Dominicana, he mantenido conversaciones que revelan una realidad compartida a ambos lados del océano. Hablo con cocineros locales que guardan en sus cajones el recuerdo agridulce de una aventura europea. Me cuentan cómo cruzaron el Atlántico cargados de ilusión por aprender de los mejores, buscando la esencia y el rigor del maestrazgo. Sin embargo, regresaron con la mirada un poco más apagada. Me confiesan que, tras meses fuera, lo que más obtuvieron fue un certificado bajo el brazo; ese "visado de oro" que acredita que pisaron una gran cocina, pero que a menudo es un papel que no refleja un aprendizaje real del oficio. Es el símbolo de una era donde lo que importa es haber estado, el prestigio del sello, aunque el conocimiento técnico se haya quedado por el camino. El resultado es el que experimento hoy: un sector lleno de acreditaciones, pero cada vez más huérfano de profesionales que dominen el verdadero arte de servir.
En aquellos ochenta, entrar en una cocina o en una sala era aceptar un rito de iniciación. No se buscaba un operario desechable, se buscaba un aprendiz. Recuerdo a aquellos jefes de cocina que te enseñaban a entender el punto exacto de un guiso solo por el aroma. En la sala, los camareros portaban el uniforme con una dignidad casi militar. No es que aquellos tiempos fueran idílicos —las jerarquías eran de hierro—, pero había una mística. Se enseñaba a leer al cliente antes de que este abriera la boca, a anticipar el deseo, a entender que servir era, por encima de todo, un acto de orgullo profesional. Había maestros que volcaban su vida en que tú aprendieras la suya.
Hoy, la hostelería se ha transformado en una industria de ensamblaje rápido. El problema es que hemos prostituido el aprendizaje en el altar de la rentabilidad inmediata. Ya no se enseña porque formar se considera un gasto "caro". Preferimos contratar a alguien que simplemente necesita un empleo y soltarlo en el ruedo tras una charla de diez minutos sobre dónde está el botón de la máquina. Hemos sustituido el maestrazgo por un manual de procesos en PDF que nadie lee. Se buscan manos, no profesionales, y el resultado es un servicio que cada día es menos, porque no todo el mundo sirve para servir.
Pero este declive no es solo responsabilidad de quien cocina o sirve; el cliente también ha cambiado drásticamente y, con él, ha muerto la empatía. El comensal de los 80 buscaba su sitio de confianza, establecía un vínculo con el camarero y valoraba el oficio. El cliente de hoy, a menudo, busca la foto perfecta para sus redes sociales antes que el sabor del plato o la calidad de la atención. Somos comensales de paso, más impacientes y menos empáticos, protegidos por el anonimato de una reseña en Google que puede hundir un negocio porque el camarero "no sonreía", sin detenernos a pensar que ese empleado quizás nunca tuvo a nadie que le enseñara el valor de su sonrisa. Al perder el respeto por el profesional, hemos provocado que el profesional pierda el respeto por su oficio. Ya no buscamos una conexión humana, exigimos una coreografía perfecta y rápida, premiando el decorado "instagrameable" por encima de la calidez.
La crisis de la hostelería es, en esencia, una crisis de identidad. Hemos pasado del arte de recibir al negocio de despachar.
Vaig sentir parlar a la @Bego_Rodrigo_ una cosa que es meravellosa.
Que cada dia, tenim algu que ens dona les gracies per fer el que fem.
I això, no es paga amb doblers.
-Llegas al poder en una comunidad autónoma.
-Le quitas impuestos a los ricos.
-Le das pasta a toreros y viejos cantantes fachas.
-Eliminas servicios de emergencias.
-Se te quema o se te inunda la comunidad.
-Exiges ayuda al Gobierno y te pones farruco.
Mintieron con Irak, con la crisis, con las preferentes, con el rescate a la banca, con el Prestige, con el Yak-42, con el Metro de Valencia, con el Alvia de Galicia, con las 7.291 personas abandonadas en las residencias de Madrid, con la DANA y mienten ahora con los incendios.
Porque saben que cambiar bomberos por toreros es tan criminal como todo lo anterior.