Álvaro Salto retweetledi

Viernes tarde. Cafetería llena.
Silvia, 34 años, soltera, desliza el dedo por Tinder, aburrida:
—Los hombres de hoy son unos flojos.
Ya no se acercan a ligar. Parecen críos asustados.
Le doy un sorbo al café y contesto:
—Normal que no se acerquen. Llevamos años castrándolos.
Cara de ofendida.
—Yo no he castrado a nadie. Solo pido que tengan iniciativa.
Dejo la taza en la mesa y le digo:
Si hablan, están “invadiendo”.
Si miran, “cosifican”.
Si insisten una vez, “acosan”.
Han agachado la cabeza, te dejan en paz…
y ahora lloras porque te aburres.
Silvia se queda pensando.
—Hombre, pero hay cada pesado que tela…
—Claro que los hay. Y babosos. Y tíos peligrosos.
Pero nos hemos cargado por el camino al tío normal.
A ese que se arma de valor y te dice que le gustas,
y se va si no hay interés.
Apunto directo a la doble moral:
—Fíjate en la hipocresía.
Si tú te acercas a un chico se va a casa sintiéndose Brad Pitt.
Cero traumas.
Pero si lo hacen ellos es casi un delito.
Silvia se queda mirando la mesa.
Jaque mate.
Hemos convertido el flirteo, el juego más antiguo e instintivo de la humanidad,
en un campo de minas legal y social.
A los tíos se les ha enseñado a pedir perdón por existir y a reprimir su naturaleza.
¿El resultado?
Mujeres aburridas mirando el móvil en los bares, preguntándose dónde están los hombres valientes.
Están donde les dijimos que estuvieran:
A dos metros de distancia.
Sin molestar.
Y cagados de miedo.
Queríais hombres deconstruidos.
Enhorabuena.
Disfrutad de la obra.
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