
El sobadísimo Bolaño. Muchos leímos a Bolaño en la primera década de este siglo porque alguien (ese alguien que puede ser un lector exagerado, una editorial, una fajilla exultante) nos dijo que era bueno y había que leerlo. Esa promesa viva, impasible en un principio (por lo menos en mi caso), se fue apagando libro a libro, a veces con la ráfaga de un bostezo inmenso. Veo que hay algunos que quieren seguir manteniendo esos rescoldos.




















