Ana Teresa Fabbri

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Buenos Aires Katılım Şubat 2013
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«En 1977, el general Ibérico Saint-Jean (1922-2012) declaraba "Primero, mataremos a todos los subversivos, luego a todos sus colaboradores y simpatizantes, luego a los indiferentes, y finalmente a los indecisos". La frase del ministro del Interior de la provincia de Buenos Aires durante la última dictadura militar (1976-1983) se interpreta a menudo como una provocación o una manifestación de arrogancia de los jefes militares argentinos, responsables en ese momento de una "guerra sucia" contra sus oponentes, réplica de la guerra de Argelia en varios sentidos. Sin embargo, esa frase parece más un programa, en perfecta coherencia con el de la DGR. Porque, al exigir la adhesión de la población, esta no puede limitarse a la pasividad obtenida mediante el terror, ya que no debe haber lugar para los "indiferentes" ni los "indecisos". Para que el general argentino pueda expresarse con ese nivel de claridad delante de un cenáculo de oficiales en 1977 sin preocuparse en absoluto por disimular sus intenciones, es necesario que su auditorio también esté fuertemente impregnado de la gramática de la DGR. De otro modo, esta frase es sencillamente inaceptable, incluso para un poder autoritario y sanguinario. Si es aceptable en ese entorno y en ese momento, es porque resulta coherente con lo que piensan aquellos oficiales, con su lógica de guerra.»
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«En septiembre de 1975 se realiza una reunión secreta del alto mando militar argentino, a la que son invitados asesores militares estadounidenses y franceses, para decidir, entre otras cuestiones, la forma que deberá tomar la represión en Argentina. La pregunta fundamental es si la represión debe ser principalmente oficial y pública o clandestina. Los militares franceses y estadounidenses señalan los inconvenientes de la represión clandestina: en todas partes observan (debido a sus respectivas experiencias en Argelia y en Vietnam) una tendencia muy fuerte a la autonomía y a la corrupción de los grupos encargados de esta represión (puesto que siguen una jerarquía paralela que ya no reconoce la autoridad formal). Sin embargo, los oficiales argentinos optan por la represión clandestina. Con el objetivo de subsanar los problemas de corrupción y de autonomía, prevén, luego del período de fuerte represión clandestina, una fase de saneamiento, que nunca ocurrirá. Sabiendo que esta decisión representa un gran riesgo para la cohesión interna del ejército, ¿por qué la alta oficialidad argentina prefiere la clandestinidad antes que una represión abierta? En 2012, cuando reconoce ante un periodista parte de los crímenes de su gobierno, el primer jefe de la junta, el general Jorge Rafael Videla (1925-2013), responde: "Pongamos que eran 7000 u 8000 las personas que debían morir para ganar la guerra contra la subversión. Para no provocar protestas dentro y fuera del país, sobre la marcha se llegó a la conclusión de que esa gente desapareciera. Cada desaparición puede ser entendida como el enmascaramiento, el disimulo de una muerte." Por lo tanto, ¿se trataría esencialmente de una cuestión de aceptabilidad por parte de la sociedad? No obstante, esta explicación minimiza el papel fundamental que desempeña en el arsenal represivo la práctica de la desaparición forzada en la lógica de la DGR, por el tipo de terror que genera. Este terror se basa principalmente en la incertidumbre en cuanto al destino de las víctimas y en la frontera invisible entre lo que convierte o no a cada uno en objetivo de la represión. Con esta doble incertidumbre, se abre un abismo de horror. Para los familiares de los desaparecidos: al no tener información, cualquier posibilidad es imaginable. Para el resto de la población: haber sido testigo o haber oído hablar de un secuestro en la calle, en la oficina, en la fábrica implica esa posibilidad. Además, los secuestros no se realizan de manera discreta, sino, por el contrario, con un impresionante despliegue de violencia que interrumpe la "normalidad". Nadie en el vecindario puede ignorar el operativo y es así cómo se difunde el terror en el tejido social. La gran mayoría de las personas son conscientes de que existe una suerte de Inframundo que puede "chuparlas" por razones intencionalmente poco claras. Porque, aunque la propaganda señala a los enemigos, su definición sigue siendo bastante imprecisa y siempre amenaza con extenderse. Finalmente, la cultura de la DGR se difunde más allá de los círculos de oficiales, a través de productos culturales que hacen su apología. De este modo, volvemos a encontrar el producto clave de la DGR: 'Los centuriones', de Jean Lartéguy. En 1966, los argentinos ya pudieron ver en el cine su versión edulcorada, con la adaptación de Hollywood 'Lost Command' ('Talla de valientes'). Y, dos años más tarde, la prestigiosa editorial Emecé publica una traducción argentina de la novela (ya traducida en España en 1965) en su colección "Grandes novelistas", que incluye a los más célebres escritores, de modo que Lartéguy figura junto a Albert Camus y a Graham Green. Los efectos de esta difusión masiva de la cultura de la DGR no son cuantificables pero sí imaginables. Ya no influye solamente a los oficiales, sino que llega también a los soldados y se producen efectos concretos en la justificación (y autojustificación) de los crímenes más atroces, como las violaciones.»
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«Los militares de la DGR no actúan sin antes haber seducido a los poderes civiles que les brindan un marco legal para la represión. En Argentina, ese primer marco legal, directamente inspirado en la DGR, es el Plan Conintes (acrónimo de Conmoción Interior del Estado) adoptado en marzo de 1960 por el presidente Arturo Frondizi (1908-1995). Los militares ya gozaban de un marco legal particularmente complaciente desde su primer golpe de Estado en el siglo XX, el de 1930, que derrocó a Hipólito Yrigoyen (1852-1933). La Corte Suprema ya había avalado todas las decisiones del gobierno militar a través de un razonamiento jurídico circular que afirmaba que estas emanaban "de un gobierno de facto, cuyo título no puede ser judicialmente discutido, [...] en cuanto ejercita la función administrativa y política derivada de su posesión de la fuerza como resorte de orden y seguridad nacional". Es así como todos los regímenes originados en golpes de Estado durante los cincuenta años que siguieron (hasta 1983) gozan de un marco legal de gobierno. Además, una ley de 1948 (durante la primera presidencia de Perón) que regula el "estado de guerra interna" permite someter a las autoridades civiles a la jurisdicción militar "en caso de riesgo mayor" (es decir, incluso en tiempos de paz) y otorga poderes, a la vez administrativos y judiciales, prácticamente ilimitados a los comandantes de las "zonas operativas" (las provincias intervenidas por comandos militares). Es con ese marco que, durante el gobierno de Arturo Frondizi (1958-1962), se adopta el Plan Conintes. Los documentos citados por el historiador argentino Esteban Pontoriero demuestran una gran continuidad entre la posición del coronel Antoine Argoud en Argelia y la de la oficialidad argentina tres años después en favor de una justicia de excepción que dependa exclusivamente de los militares. En nuestra opinión, la oposición entre maximalistas y "moderados" sobre el alcance de los poderes judiciales del ejército versa, en el fondo, sobre las formas de difusión del terror. Sin duda, lo que desean los maximalistas (Argoud en 1957 o los militares argentinos en 1960) es una "justicia" capaz de infundir temor en función de su celeridad procesal y de la severidad "ejemplar" de sus penas (generalmente la muerte). En su perspectiva, la "justicia" está concebida como un arma psicológica: para ellos, lo importante radica en la publicidad de la decisión "judicial", que logrará aterrorizar a amplios sectores de la población. Pero, en ambos casos (Argelia en 1957 y Argentina en 1960), esta publicidad ha sido negada, tanto por el Estado mayor francés como por el poder civil argentino. Por lo tanto, se impuso una represión en gran parte soterrada. Pero la discusión está lejos de terminar aquí, ya que la adopción y aplicación del Plan Conintes solo fue la primera manifestación de la DGR en Argentina. Y esta habrá permitido organizar al país en zonas militares, según un esquema calcado de la división francesa en Argelia. Y en especial, introdujo leyes de excepción para profundizar la idea de suspensión de los derechos individuales en nombre de la seguridad interior.»
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Ana Teresa Fabbri@atfbb·
En la página 243 de la investigación de Jérémy Rubenstein «Terror y seducción. Genealogía colonial y expansión de la contrainsurgencia francesa en el mundo», publicado recientemente por la editorial Tinta Limón, se lee: «El objeto "DGR" ingresó directamente en el ámbito académico francés durante los años 1990, con los trabajos del politólogo franco-argentino Gabriel Périès. Muy precisas y por lo tanto generalmente extensas, sus investigaciones versan esencialmente sobre la documentación militar, con especial cuidado en el lenguaje utilizado, y culminaron con una tesis, que defendió en 1999. Paralelamente, en 1997, en una óptica de análisis estratégico, el historiador François Géré publicó un libro que comparte características con la literatura internacionalmente críptica de algunos teóricos militares publicados por Economica, editorial que se propuso reeditar en los años 2000 los principales manuales de la doctrina de la guerra revolucionaria, entre ellos los de Roger Trinquier y David Galula. Mucho más moderados que Périès a la hora de utilizar la expresión "DGR", los historiadores Paul y Marie-Catherine Villatoux publicaron en 2005 un libro de referencia sobre el tema (cuyo título, significativamente, no retoma el término) basado en su tesis defendida en 2002, que no se centra en la DGR, sino en el arma psicológica.» «
Ana Teresa Fabbri@atfbb

Fragmento extraído de la investigación de Jérémy Rubenstein «Terror y seducción. Genealogía colonial y expansión de la contrainsurgencia francesa en el mundo» (pp. 188-189), publicado recientemente por la editorial Tinta Limón: «Un esquema con un fundamento esencialmente racista. Así, según Argoud (uno de los oficiales torturadores más conocidos de la guerra de Argelia, con la particularidad de que nunca pretendió disimular sus crímenes), el "pueblo musulmán" reclamaría una "justicia severa, inmediata, ejemplar". Es precisamente el argumento que había regido la instauración del "monstruo jurídico" que fue el derecho colonial francés. Este sistema subvertía los principios del derecho metropolitano mediante procedimientos expeditivos que justificaban la supuesta inferioridad cognitiva de los "autóctonos", que no tendrían la capacidad de entender el interés de los procedimientos garantes de la justicia occidental, lo que explicaba plácidamente Jules Ferry a comienzos de la expansión colonial: "El régimen representativo, la separación de poderes, la Declaración de los Derechos Humanos y las Constituciones son fórmulas vacías de sentido en aquellos lugares. Allí se desprecia al amo que permite que le discutan". Para un autóctono, el crimen era inmediatamente seguido de una sanción, sin la cual no estaría en condiciones de comprender la acción de la justicia. En esta tradición se inscribe la concepción de la "justicia" del coronel Argoud, columna vertebral de su acción psicológica sobre la población que busca restablecer la confianza en la autoridad francesa. Dicho de otro modo, el terror —presentado como procedente de una autoridad justa y comprensiva— sería el medio para obtener la adhesión de la población.»

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Cuantas IPA
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«Como hemos visto, el politólogo Mathieu Rigouste demostró cómo, a comienzos de los años sesenta, la DGR es, a la vez, oficialmente desterrada del ejército francés e integrada por la policía metropolitana. Este movimiento de la DGR hacia los aparatos policiales vuelve a aparecer en el plano internacional. Lo cierto es que, además de su implantación en numerosos ejércitos de todo el mundo, el mayor éxito de la difusión de la contrainsurgencia es su inserción dentro de numerosas fuerzas policiales. En consonancia con los lineamientos de la DGR y, más precisamente, con las primeras fases de la guerra revolucionaria —las cinco fases que imaginó Lacheroy (ver capítulo 5)—, surge la necesidad de atacar a las organizaciones consideradas subversivas antes de que estas hagan uso de la violencia. Por lo tanto, estas primeras fases corresponden esencialmente a un trabajo policial. El general Maxwell Taylor, jefe de Estado Mayor de Kennedy, fue uno de los artífices del giro estratégico hacia la contrainsurgencia por parte de Estados Unidos. En 1963, declaraba: "Sabemos de ahora en más que los países del Tercer Mundo deben estar permanentemente en situación de alerta para detectar síntomas que, si se los deja desarrollarse de forma inmoderada, conducirán a una situación desastrosa como la de Vietnam. Hemos aprendido que es necesario tener una poderosa fuerza de policía y un potente servicio de inteligencia para poder identificar a tiempo la aparición de una situación subversiva." Ahora bien, el discurso del general Taylor no se dirigía a militares en ese momento: estaba hablando en la Academia Internacional de Policía (Internacional Police Academy, IPA) de Washington, delante de becarios provenientes del Tercer Mundo, en particular de América Latina. Esta academia, que se encontraba en las instalaciones de la Universidad de Georgetown, tenía la función de otorgar "a los dirigentes y futuros dirigentes de las policías del mundo libre [...] conocimientos policiales en materia de mantenimiento del orden, de lucha contra las insurrecciones subversivas inspiradas o explotadas por los comunistas y de mejora de la imagen de las fuerzas con el fin de reforzar los vínculos con su comunidad". Curiosamente, la academia no dependía de un organismo militar, sino de la USAID, la agencia para el desarrollo de Estados Unidos fundada el 3 de noviembre de 1961. Esta agencia era el fruto de una nueva forma de concebir la Guerra Fría que se había introducido en la Casa Blanca junto con Kennedy. La Guerra Fría ya no se concibe como un enfrentamiento entre ejércitos, sino como un conflicto esencialmente contrainsurgente, en el que la conquista de las poblaciones es más importante que la potencia de fuego.»

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Ana Teresa Fabbri
Ana Teresa Fabbri@atfbb·
«Como hemos visto, el politólogo Mathieu Rigouste demostró cómo, a comienzos de los años sesenta, la DGR es, a la vez, oficialmente desterrada del ejército francés e integrada por la policía metropolitana. Este movimiento de la DGR hacia los aparatos policiales vuelve a aparecer en el plano internacional. Lo cierto es que, además de su implantación en numerosos ejércitos de todo el mundo, el mayor éxito de la difusión de la contrainsurgencia es su inserción dentro de numerosas fuerzas policiales. En consonancia con los lineamientos de la DGR y, más precisamente, con las primeras fases de la guerra revolucionaria —las cinco fases que imaginó Lacheroy (ver capítulo 5)—, surge la necesidad de atacar a las organizaciones consideradas subversivas antes de que estas hagan uso de la violencia. Por lo tanto, estas primeras fases corresponden esencialmente a un trabajo policial. El general Maxwell Taylor, jefe de Estado Mayor de Kennedy, fue uno de los artífices del giro estratégico hacia la contrainsurgencia por parte de Estados Unidos. En 1963, declaraba: "Sabemos de ahora en más que los países del Tercer Mundo deben estar permanentemente en situación de alerta para detectar síntomas que, si se los deja desarrollarse de forma inmoderada, conducirán a una situación desastrosa como la de Vietnam. Hemos aprendido que es necesario tener una poderosa fuerza de policía y un potente servicio de inteligencia para poder identificar a tiempo la aparición de una situación subversiva." Ahora bien, el discurso del general Taylor no se dirigía a militares en ese momento: estaba hablando en la Academia Internacional de Policía (Internacional Police Academy, IPA) de Washington, delante de becarios provenientes del Tercer Mundo, en particular de América Latina. Esta academia, que se encontraba en las instalaciones de la Universidad de Georgetown, tenía la función de otorgar "a los dirigentes y futuros dirigentes de las policías del mundo libre [...] conocimientos policiales en materia de mantenimiento del orden, de lucha contra las insurrecciones subversivas inspiradas o explotadas por los comunistas y de mejora de la imagen de las fuerzas con el fin de reforzar los vínculos con su comunidad". Curiosamente, la academia no dependía de un organismo militar, sino de la USAID, la agencia para el desarrollo de Estados Unidos fundada el 3 de noviembre de 1961. Esta agencia era el fruto de una nueva forma de concebir la Guerra Fría que se había introducido en la Casa Blanca junto con Kennedy. La Guerra Fría ya no se concibe como un enfrentamiento entre ejércitos, sino como un conflicto esencialmente contrainsurgente, en el que la conquista de las poblaciones es más importante que la potencia de fuego.»
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Ana Teresa Fabbri
@EnzoNAcosta Olvidé qué fue exactamente lo que me impulsó a postear eso años atrás, se me ocurre que debido a una cuestión de gustos personales prefiero no abordar esos temas de recurrencia y contingencia sin las hipótesis del inconsciente de Lacan
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Ana Teresa Fabbri
Ana Teresa Fabbri@atfbb·
Me saqué un enorme peso de encima y aunque en varios momentos de este desafío estético descomunal corrí serios riesgos de que el aburrimiento terminara conmigo, fui yo en cambio quien terminó de leer "Recursividad y contingencia". Qué alivio, no lo voy a volver a abrir nunca más.
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Ana Teresa Fabbri
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Ana Teresa Fabbri
«La razón por la que los "marxistas" contemporáneos odian el concepto de lumpenproletariado es porque no son marxistas en absoluto: son reaccionarios pequeñoburgueses que lo defienden precisamente por ser reaccionarios. Por la misma razón, desprecian el concepto de proletariado (moderno, industrial y asalariado), ya sea desestimándolo por completo o desmembrándolo en base a criterios raciales y otros prejuicios identitarios o sectarios: o bien el proletariado es solo un grupo de hombres blancos heterosexuales privilegiados y, por lo tanto, no realmente revolucionario, o bien los hombres blancos no son verdaderos proletarios, sino que solo, por ejemplo, las mujeres transgénero discapacitadas de color son las verdaderas proletarias.» 🤔
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Ana Teresa Fabbri
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Ana Teresa Fabbri
«El FMI no está discutiendo solamente metas fiscales, reservas o inflación. Está evaluando capacidad de disciplinamiento político y social. El problema central ya no aparece únicamente como económico. Aparece como electoral. El informe repite varias veces la misma idea: la incertidumbre política de 2025 ralentizó el programa. La dolarización previa a las elecciones legislativas provocó salida de reservas, tensó el mercado cambiario y obligó a endurecer las condiciones monetarias. El Fondo directamente atribuye el incumplimiento de la meta de reservas a la cobertura electoral de empresas y ahorristas antes de las elecciones de medio término. Ahí aparece el núcleo político del documento. El Fondo no describe las elecciones como parte normal del funcionamiento democrático. Las describe como un factor de inestabilidad económica. El calendario electoral aparece tratado casi como una anomalía del programa. El texto es explícito. Dice que “las incertidumbres políticas antes de las elecciones presidenciales de 2027 podrían provocar salida de capitales y ralentizar o revertir el impulso reformista”. No es una interpretación. Está escrito así. La definición tiene un trasfondo delicado. Porque si las elecciones son consideradas un riesgo sistémico para el programa, entonces la propia lógica democrática empieza a ser vista como una amenaza para la estabilidad financiera. El problema deja de ser la macroeconomía. El problema pasa a ser la posibilidad de que la sociedad vote otra cosa. El Fondo incluso reconoce que la continuidad del programa depende de “mantener apoyo social y político”. Otra vez: el centro ya no es económico. El verdadero interrogante es cuánto ajuste puede tolerar la sociedad argentina antes de que aparezca una reacción política que altere el rumbo. La deuda del gobierno de Milei, la más grande de la historia argentina, se volvió impagable. Ni siquiera es posible afrontar la cuarta parte de los intereses que devenga y todo parece indicar un inevitable rumbo al default. La inconmensurable deuda.»
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Old fashioned Marxist 🗽
Old fashioned Marxist 🗽@laborrepublican·
The reason contemporary "Marxists" hate the concept of lumpenproletariat is because they aren't Marxists at all: they are petty bourgeois reactionaries who embrace the lumpenproletariat precisely because they are reactionaries.
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Old fashioned Marxist 🗽
Old fashioned Marxist 🗽@laborrepublican·
For the same reason, they are contemptuous of the concept of the (modern, industrial, wage-laboring) proletariat, either dismissing it altogether or dismembering it on racial and other identitarian/sectarian bases: either the proletariat is just a bunch of privileged straight white men and hence not really revolutionary, or white men aren't real proletarians, only e.g. disabled transgender women of color are the real proletarians.
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Ana Teresa Fabbri
¿Hay mucha felicidad por estos resultados electorales en la facultad de ciencias sociales de la universidad de buenos aires?
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FSZaffi
FSZaffi@FSZaffi·
@TomasRMM @atfbb @realjuanruocco Digamos que Ruocco carreaba, hacia sentido, tenia el marco teorico del podcast y éste otro hacía los comentarios graciosos o medio tontos.
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