Sabitlenmiş Tweet

No tengo partido ni aparato, y escribo desde ese lugar incómodo del centro que no figura en las encuestas pero existe en la vida cotidiana: el de quien trabaja, paga impuestos, lleva a sus hijos al colegio y ve la política como un ruido que casi nunca lo nombra. Miro la escena de estos días y lo que más me inquieta no es quién gana la próxima elección, sino cómo se está jugando el partido. Cuando escucho a Mauricio Macri decir que el kirchnerismo no está muerto y que van a estar ahí para impedirlo, entiendo el cálculo: mantener vivo un enemigo útil para ordenar la propia tropa y, a la vez, recordarle al gobierno de Milei que el PRO no se disuelve, que quiere completar el rumbo, no cuestionarlo. Es una frase eficaz para la interna, pero peligrosa para el país, porque consolida un tablero donde el adversario perfecto de Milei es, justamente, el kirchnerismo, y donde el PRO se ofrece como garante institucional de ese mismo juego. El problema es que cuando todos aceptan que el antagonismo es el eje, terminan necesitándose mutuamente: el oficialismo libertario necesita un kirchnerismo fuerte para polarizar, el kirchnerismo necesita a Milei para revivir su épica, y el PRO necesita a ambos para justificar su papel de adulto responsable. Así se arma una trampa en la que el centro, los independientes, los que no odian a nadie pero exigen resultados, quedan fuera de la conversación. Jugar con fuego tiene consecuencias concretas: la primera es que la política deja de hablar de cómo se convierte la estabilidad en progreso —empleo, inversión, seguridad, educación— y se dedica a administrar el miedo al otro; la segunda es que cualquier renovación real se vuelve amenazante para todos, porque un candidato nuevo sin mochilas del pasado desordena el negocio de la grieta; la tercera, y la más grave, es que si la estrategia falla y la polarización se rompe por el lado equivocado, el espacio que hoy se siente ganador puede terminar abriéndole la puerta a quien dice combatir. No escribo para pedir moderación por estética, sino por eficacia: si el objetivo es que el kirchnerismo no vuelva, la manera no es mantenerlo como fantasma permanente sino volverlo irrelevante con gestión que mejore la vida cotidiana; si el objetivo es que el peronismo crezca, no alcanza con rearmar siglas, hace falta una oferta que hable de futuro sin culpas ni nostalgias; si el objetivo del PRO es no quedarse a media máquina, tiene que animarse a competir sin canibalizar al aliado circunstancial. Yo no voy a anunciar candidaturas ni nombres, porque no se trata de personas providenciales sino de reglas de juego: dejemos de medirnos por el tamaño del enemigo y empecemos a medirnos por la capacidad de resolver problemas. Eso es lo que falta en 2027, y lo que, desde afuera del aparato, muchos estamos esperando para volver a creer.
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