
Hay escenas que desconciertan. Rafael Correa -con una sentencia en firme por corrupción en Ecuador- pasea por Montevideo como si nada. Se hospeda en un buen hotel, da entrevistas, opina y pontifica. Lo último: que ‘Ecuador es un país marginal’. No es solo una frase. Es una actitud. Esa mezcla de arrogancia y desconexión que le permite mirar al Ecuador por encima del hombro, como si no tuviera nada que ver con lo que hoy critica. Y mientras tanto, Uruguay mira -o decide no mirar- cómo un sentenciado hace turismo político sin mayor problema. En fin. ¿En qué momento normalizamos lo que claramente no es normal?

























