Pablo Munoz Iturrieta@PMunozIturrieta
Que el diputado "Bertie" Benegas Lynch vaya a llorarle a Satanás, porque Argentina nació católica.
Argentina nació católica, en el sentido histórico y cultural profundo, y eso es un hecho innegable. El catolicismo no fue una importación tardía, sino el cimiento mismo de la formación del territorio que hoy es Argentina.
Desde la Gobernación del Río de la Plata (1534), las ciudades se fundaban con iglesia matriz en la plaza principal (Santiago del Estero 1553, Córdoba 1573, Buenos Aires 1580, etc.). Órdenes religiosas (franciscanos, jesuitas, dominicos, etc.) evangelizaron y organizaron la vida social, educativa y cultural.
El movimiento emancipador fue profundamente católico. De hecho, de los 29 firmantes del Acta de Independencia de 1816, 11 eran sacerdotes, entre ellos mi tío tataratatarabuelo, el dominico Fray Justo Santa María de Oro. El clero participó activamente hasta el punto que en Argentina muchos religiosos y sacerdotes son "padres de la patria".
Si retrocedemos a 1810, la Revolución de Mayo se justificó en gran medida con argumentos de teología escolástica y lealtad al rey católico frente a la invasión napoleónica (que amenazaba la fe). La idea de "nación católica" fue central en el imaginario de la época.
Luego veamos el dicho anti constitucional de este diputado de LLA: La Constitución de 1853, en el artículo 2, dice claramente:
"El Gobierno federal sostiene el culto católico apostólico romano".
Esto no significa que se declara al catolicismo como religión oficial del Estado (se rechazó esa propuesta), pero le da un estatus preferencial: sostenimiento económico, patronato (hasta reformas posteriores), requisito de ser católico para presidente/vice (eliminado en 1994), y promoción de la conversión de indígenas. Al mismo tiempo, el artículo 14 garantiza que "todos los habitantes de la Nación... profesen libremente su culto".
Esta dualidad de sostenimiento católico más libertad de cultos refleja el espíritu de los constituyentes: poblar el país con inmigrantes europeos (muchos no católicos) sin romper con la identidad histórica católica mayoritaria. Por eso Argentina alberga la séptima comunidad judía más grande del mundo, así como a 7 millones de evangélicos y 1 millón de musulmanes.
Argentina es, desde hace más de 170 años, uno de los países más tolerantes de Hispanoamérica en materia religiosa, precisamente porque combinó su raíz católica con apertura práctica.
La identidad argentina se forjó en plazas con cruces, procesiones, devociones marianas (Luján es central) y un calendario cultural católico. Negar eso sería como negar el idioma español o el derecho romano en nuestra tradición jurídica. Al mismo tiempo, el liberalismo argentino (con Alberdi, mi tío tatarabuelo Domingo F. Sarmiento, y otros) incorporó la libertad religiosa como herramienta de progreso y poblamiento.
Es legítimo criticar abusos o malas intervenciones políticas de ciertos obispos, pero desconocer que "Argentina nació católica" es borrar la historia. La grandeza del país ha sido poder ser católico en raíz y plural en práctica. Eso es lo que la Constitución intentó equilibrar, con más éxito que fracasos.