Edgardo Rovira@EdgardoRovira
Trump: "Tengo derecho a interrumpir cualquier comercio, puedo destruir el país, incluso tengo derecho a imponer un embargo devastador a un país extranjero. Puedo hacerles lo que quiera. Tengo derecho a destruir el país, pero no puedo imponerles una simple tasa"
Esta declaración de Trump trasluce una visión del mando que prescinde de los equilibrios del Estado y de cualquier límite ético. La pretensión de que la capacidad de destruir una nación o actuar según el propio arbitrio define la política exterior sitúa el ejercicio del poder en un vacío legal, distanciándose de los marcos jurídicos que regulan el comercio y las sanciones. Se percibe un intento de presentar el diseño institucional como un decorado prescindible frente a una autoridad que busca proyectarse de manera absoluta.
La trampa discursiva resulta evidente al analizar la supuesta limitación para aplicar una tasa aduanera frente a la jactancia de ejecutar embargos o invasiones. Esa asimetría funciona como una ficción política diseñada para exhibir frustración ante los controles democráticos. Trump magnifica el poder militar con el fin de señalar una contradicción inexistente, ocultando que carece de facultades para realizar cualquiera de esas acciones sin el aval del Congreso. Al agitar la capacidad de destrucción bélica, se busca deslegitimar los frenos que la Justicia y el Legislativo imponen en materia económica.
El uso de un lenguaje orientado a la aniquilación de naciones rompe los estándares de la diplomacia y liquida la previsibilidad del sistema. Los actores económicos y los aliados perciben estas señales como pura discrecionalidad, lo cual genera un escenario de volatilidad y desconfianza. La planificación a largo plazo se vuelve imposible cuando las reglas dependen del humor de quien ocupa la presidencia y la legalidad se trata como un estorbo para el ejercicio de la fuerza.
Trump pretende que el mundo lo reconozca como un emperador. Nadie pone en duda su narcisismo, su egocentrismo ni sus delirios de poder, pero la percepción global dista mucho de esa imagen de omnipotencia. Se lo concibe apenas como un viejo delirante, teñido de naranja, un pedófilo al que le queda poco tiempo tanto en el ejercicio del mando como en libertad. Esa insistencia en la capacidad de destrucción no es más que el estertor de una figura cuya impunidad tiene fecha de vencimiento.