Sabina Berman@sabinaberman
Hernán Cortés suele ser considerado en España como un estratega brillante que derrotó al Imperio Mexica con unos cientos de hombres. El otro lado de esa épica es más oscuro y lo conocemos los mexicanos: Cortés fue un conquistador impulsado por la codicia, que usó el terror como arma. Ejecutó matanzas ejemplares y la destrucción sistemática como instrumentos políticos.
Esta es en breve la historia.
Desde que desembarcó en las costas de México en 1519, Cortés entendió que no podía imponerse solo por fuerza militar. Necesitaba provocar miedo. Muy pronto ordenó castigos públicos, mutilaciones y ejecuciones contra indígenas acusados de conspirar o resistirse. Su mensaje era simple: cualquier desafío sería aplastado sin misericordia.
Los cronistas españoles —incluido Bernal Díaz del Castillo, soldado bajo su mando y su admirador— describen escenas de aldeas incendiadas, cuerpos despedazados por perros y ejecuciones masivas.
Uno de los episodios más brutales ocurrió en Cholula.
Cortés había sido recibido por las autoridades cholultecas con ceremonias y alojamiento. Poco después reunió a nobles y guerreros en el patio principal de la ciudad y dio la orden de asesinarlos. Durante horas, los soldados españoles asesinaron a miles de personas. Las cifras varían —de 3 mil a más de 6 mil muertos—, pero todas las fuentes coinciden en que fue una masacre.
Cortés justificó después la matanza diciendo que había descubierto una emboscada indígena. Hasta hoy, historiadores discuten si esa amenaza existió realmente o si fue un acto deliberado de terror preventivo.
La violencia continuó durante el sitio de Tenochtitlan.
Cortés ordenó cortar el suministro de agua y alimentos de la ciudad. Durante meses la población quedó atrapada entre el hambre, las epidemias y los ataques constantes. Bernal Díaz narra calles cubiertas de cadáveres. Y las crónicas indígenas recogidas después por fray Bernardino de Sahagún describen canales llenos de cuerpos y un olor insoportable a muerte.
Cuando la ciudad cayó en agosto de 1521, Tenochtitlan estaba prácticamente destruida.
Tras la caída mexica, Cortés mandó torturar a Cuauhtémoc —el último tlatoani mexica— para obligarlo a revelar el supuesto tesoro escondido de Moctezuma.
Según las crónicas, los pies de Cuauhtémoc fueron quemados. Se le acostó con las plantas de los pies embadurnadas de aceite y próximas a brasas encendidas. Cuauhtémoc resistió sin hablar.
Años después, en 1525, durante una expedición hacia Honduras, Cortés ordenó ahorcarlo.
Tras la conquista llegaron las encomiendas: un sistema en que comunidades indígenas fueron asignadas a españoles, bajo el compromiso de ser convertidas al catolicismo mientras eran obligadas a trabajar para sus nuevos señores.
Aunque legalmente la Corona decía que los indígenas eran vasallos y no esclavos, en la práctica millones fueron explotados como esclavos en minas, campos y construcciones bajo condiciones brutales.
En palabras de Bartolomé de las Casas: "la conquista ha sido impulsada por la codicia y la matanza”.
Las epidemias traídas de Europa fueron la principal causa del colapso demográfico indígena, pero la guerra, el hambre, el trabajo forzado y el desplazamiento multiplicaron la catástrofe. En apenas un siglo, la población indígena de lo que hoy es México pasó de alrededor de 20 millones de personas a cerca de 2 millones.
Dejemos que las cifras resuenen en el silencio durante un minuto: de 20 millones, quedaron 2 millones de indigenas.
Por si faltara alguna atrocidad, varios cronistas relatan que Cortés asesinó con sus propias manos a su esposa española, Catalina Juárez, tras años de conflictos y acusaciones de violencia. La versión nunca pudo probarse judicialmente, pero la sospecha de que la estranguló lo acompañó toda su vida.
La ultra-derecha española hoy intenta construir el mito de un Cortés amoroso, Padre de la Patria Mexicana. Por ejemplo, @IdiazAyuso ha venido a México a decir que la Conquista y la Colonia fueron “cinco siglos de puro amor”. El suyo es un intento peleado con los hechos. Dios le guarde el intelecto a la dama: podría ser que por momentos crea su propia propaganda.
¿Quiere España acercarse a México?
Qué bueno.
Pero el camino no pasa por imponernos a un Hernán Cortés ficticio Padre de México, ni por pedirnos olvidar la violencia fundacional de la Conquista y la Colonia, esa larga herida.
El único terreno fértil entre ambos países es el de la igualdad presente y el aprecio mutuo de los tesoros de cada cultura.