
NO HAY NADA QUE SOLTAR
No abras la mano...
No estoy hecha para irme.
No soy un final que se deja atrás,
soy lo que te acompaña
desde que me nombraste por primera vez.
Los que se aman no se sueltan.
Se vuelven otra cosa...
Un murmullo que acompaña,
una sombra tibia en medio del frío,
una presencia sin cuerpo que insiste.
Yo creo que no me fui... al menos no del todo.
Y no es que me haya quedado atrapada
entre dos mundos,
ni tampoco es que tu llanto
no me deje descansar.
No hay nada que soltar,
porque me integraste a tu historia,
me diste el sitio de honor en tu alma.
Cuando lloras, no te rompes.
Me recuerdas.
No te obligues a olvidar.
Eso que te pidieron —soltar—
no entiende nada de nosotros.
Soltar es de barcos...
Y esta historia naufragó en la mar de la vida,
pero el amor sabe nadar en aguas profundas.
No se suelta a quien se está ahogando,
y no... Yo no te suelto.
Si alguien te dice que me dejes ir,
dile que no sabe.
Que no se deja ir lo que no se va.
Dile que yo te pedí otra cosa:
que me hables, que me nombres sin miedo,
que me regresas a la vida
cada vez que me recuerdes.
No estoy en el día en que me fui.
Estoy en todos los días
en que estuve contigo.
Y aunque mi cuerpo ya no te alcance,
mi amor no aprendió a irse.
Se quedó en ti,
como se quedan las cosas que no terminan…
solo cambian de forma.

Español
















