
Gotham. Hay ciudades que se pudren desde dentro. No por un terremoto, ni por un enemigo externo, ni por una guerra que lo arrase todo, sino por un veneno lento que se filtra en los cafés de las mañanas, en las discusiones de sobremesa, en las bromas que dejan de ser graciosas para volverse desprecio. Esas ciudades no se incendian de golpe, se oxidan. No se derrumban, se agrietan. Y lo más trágico es que siguen creyéndose funcionales mientras se descomponen. Gotham, esa ciudad ficticia donde todos luchan y nadie gana, dejó de ser un cómic hace mucho. Hoy está justo aquí, donde tú y yo vivimos. No hace falta buscarla. La estamos respirando cada día. Vivimos entre bandos, trincheras, etiquetas y slogans prefabricados. Aquí no se escucha, se responde. No se pregunta, se sentencia. La guerra ya no se hace con armas, se hace con opinión. Y no hay tregua posible, porque en esta versión de Gotham, todos se creen justicieros. Cada uno con su verdad absoluta, apuntando con el dedo y exigiendo purgas. La discusión ha sido sustituida por la lapidación pública. Los debates, por duelos de barro. Y detrás de ese barro hay un sistema que se alimenta de nuestra furia. En lo alto del engranaje está la aristocracia del cinismo, esa élite política-mediática que juega a dos bandas, que un día defiende una causa y al siguiente la traiciona, si eso le reporta poder. No gobiernan, agitan. No construyen, administran la rabia. Son el Pingüino en versión colectiva. No necesitan ensuciarse las manos, ya tienen a miles de ciudadanos enfadados dispuestos a hacerlo por ellos. Son los que ponen la semilla del caos con cara de tecnócrata, los que firman pactos detrás de las cámaras y se insultan delante, como si la verdad dependiera del horario de máxima audiencia. No se trata de que creas en ellos. Se trata de que odies a los otros más. Un peldaño más abajo habita el carnaval del nihilismo, bufones enchaquetados, streamers, cuentas anónimas, humoristas baratos, tertulianos del grito fácil. Todos cortados por la misma tijera. Son la versión moderna del Joker, no porque sean genios del crimen, sino porque han entendido que el caos entretiene más que la razón. No creen en nada, y precisamente por eso se vuelven peligrosos. No tienen programa, solo sarcasmo. No buscan cambiar las cosas, solo que los mires. Son la gasolina del incendio emocional, cada burla, cada fake news disfrazada de ironía, cada zancadilla retórica, es una cerilla más. Mientras tú discutes con rabia en la mesa del trabajo o en la comida de Navidad, ellos miran las estadísticas de visualizaciones y piensan, “va bien”. Y cuando el caos lleva suficiente tiempo reinando, aparece la voz que promete orden. Firme, segura, sin matices. El eco colectivo del miedo que busca un brazo fuerte que lo salve. Y ahí entra la fuerza bruta, la demagogia musculada. El personaje que recuerda a Bane, no uno solo, sino muchos. Portavoces de lo autoritario, de la fuerza sobre el acuerdo, del castigo sobre la empatía. Visten de justicia, pero dentro solo hay resentimiento. Recogen lo que sembraron los demás, la decepción, la desesperanza, la fractura. Ofrecen paz, pero es la paz del sometimiento. Y muchos aplauden porque han olvidado cómo se construye la verdadera. Gotham no se sostiene solo por los villanos. Se sostiene porque todos estamos jugando el mismo juego. Cada insulto en redes, cada “tonto” que sueltas porque alguien no piensa como tú, cada “rojo”, “facha”, “progre”, “nazi” dicho con desprecio, es un ladrillo más en esta ciudad rota. Porque nos han convencido de que odiar está bien si lo haces en nombre de algo superior. Pero lo único superior aquí es el negocio de la división. Hay empresas, partidos y medios que viven exclusivamente de ese río revuelto. No buscan soluciones, buscan engagement. Y para eso necesitan que tú sigas cabreado. Lo más oscuro es que muchos de nosotros creemos estar luchando por causas justas, cuando en realidad solo estamos siendo instrumentalizados. No estás defendiendo un ideal, estás participando en un espectáculo. No estás cambiando nada, estás generando clicks. Te han dado una escopeta emocional y te han dicho que dispares al otro lado, que no pienses, que no mires a los ojos. Y tú lo haces. Porque te han enseñado que el que no dispara, desaparece. Pero luego llega el silencio. Y en el silencio descubres que el enemigo no era el otro. Era el juego. Y mientras tanto, las calles se llenan de ruido. La ciudad se vuelve invivible no por su arquitectura, sino por la tensión en los gestos, por las discusiones sin fin, por las miradas cruzadas en el metro, en el colegio, en el trabajo. Y cuando todo se llena de ruido, uno empieza a añorar lo más básico, poder tomar un café sin hablar de política, poder leer sin que todo tenga carga ideológica, poder ser alguien sin tener que explicar a cada rato de qué lado estás. Todo eso sería soportable si no estuviera ocurriendo dentro de cada uno de nosotros. Pero el verdadero crimen no está en los despachos, ni en los platós, ni siquiera en las calles. Está en la mente. Nos han entrenado para odiar. Para simplificar. Para reaccionar en vez de pensar. Nos han hecho adictos a la indignación, dependientes del conflicto. Cada día, un nuevo enemigo. Cada semana, una nueva razón para despreciar a alguien. Y no te das cuenta, pero te están domesticando con odio. Te están modelando la conciencia. Y tú, como si nada. Nos creemos críticos, pero solo somos predecibles. Nos creemos justos, pero solo somos vengativos. Nos creemos valientes, pero solo estamos gritando porque tenemos miedo. Gotham no está tan lejos. Gotham es esto. Es aquí. Es ahora. Cada vez que compartes una humillación con una risa. Cada vez que celebras la derrota del otro como una victoria tuya. Cada vez que le explicas a alguien por qué su opinión lo convierte en escoria. ¿Te das cuenta? El odio ya no es ideológico. Es estructural. Y no. Esto no termina bien. No hay redención en el horizonte. No hay esperanza al final del túnel. Hay túnel, y sigue. Porque lo más triste de todo es que ya no hace falta que los villanos ganen. Nos hemos convertido en ellos. Y ni siquiera nos hemos dado cuenta. En fin, este es otro lunes de mierda. Haz algo para cambiarlo, no seas perro. pobremillenial.substack.com












