Alberto Capella@kpya
Hay dos cosas que Morena difícilmente podrá quitarse de encima.
La primera, la percepción nacional e internacional de haberse convertido, en demasiadas regiones del país, en un partido permanentemente salpicado por señalamientos, investigaciones, personajes incómodos, gobernadores imputados, alcaldes detenidos, candidatos bajo sospecha y gobiernos bajo la sombra de la relación criminal.
No importa cuántas campañas de propaganda hagan; el daño reputacional ya cruzó fronteras.
La segunda, su obsesión enfermiza por las encuestas. Gobernar parece haberse vuelto secundario frente a medir popularidad, controlar narrativa, fabricar percepción y administrar emocionalmente a la opinión pública. Viven más pendientes del aplauso estadístico sustentado en la mentira que de la realidad nacional.
Y el problema para ellos es que ambas cosas ya se mezclaron.
Mientras más escándalos aparecen sobre la relación política narco, más necesitan refugiarse en encuestas para sostener su narrativa de fortaleza. Y mientras más intentan manipular la percepción, más crece la sospecha social de que algo profundamente grave se intenta esconder detrás de esa incongruente actitud.
Hay partidos que pierden elecciones.
Hay gobiernos que pierden legitimidad.
Pero lo más peligroso para una fuerza política es perder credibilidad moral después de haberla cacareado tanto.
Y eso, cuando ocurre, no lo arregla ninguna mañanera, ninguna encuesta amiga y ningún ejército de sicarios digitales.