Daniel Kiper@kiperdaniel
El mercado de la ilusión y el balance de la realidad.
Por Daniel Kiper.
Los hinchas de River venimos escuchando la misma promesa: que el próximo mercado de pases resolverá lo que el anterior no pudo. Pasó en 2023, en 2024 y en 2025. Hoy nos vuelven a anunciar una "reconstrucción profunda", instalando una expectativa ficticia para tapar los problemas acumulados.
Sin embargo, hay un patrón alarmante en esta repetición. Durante años, cada frustración deportiva encontró un culpable distinto. Nunca los directivos. Jorge Brito y Stefano Cozza Di Carlo han sido intocables para la prensa hegemónica.
Los intermediarios —esos que solo defienden su propio bolsillo— son promocionados en la euforia de las compras y protegidos a la hora de las críticas. Lo mismo ocurre con los asesores de la Secretaría Técnica: Enzo Francescoli, Leonardo Ponzio y David Trezeguet continúan ahora apalancados por un Director Deportivo que viene de un fracaso en Europa.
El mecanismo de supervivencia oficialista siempre busca un fusible. Primero responsabilizaron a los entrenadores: pasó con Martín Demichelis y pasó incluso con Marcelo Gallardo. Agotadas esas excusas, y ante la imposibilidad de atribuirle a Eduardo Coudet una herencia que él no construyó, el dedo acusador se desplaza ahora hacia los futbolistas.
Pero esos jugadores no llegaron solos.
Fueron seleccionados, contratados y presentados como piezas estratégicas por esta misma conducción. Demandaron inversiones millonarias y nos los vendieron como los salvadores que devolverían a River al protagonismo perdido. Hoy, esos mismos "salvadores" son los culpables de turno.
Mientras tanto, los responsables de diseñar la política deportiva y de dilapidar los recursos del club siguen sentados en sus sillones, blindados de toda critica y sin la menor autocrítica.
Es imperativo corregir errores, pero es imposible esperar resultados diferentes si quienes deciden son los mismos, si los que eligen son los mismos y si los criterios comerciales están por encima de la identidad del club.
A este panorama se suma una alarmante torpeza comunicacional y financiera. Anunciar públicamente que River necesita desprenderse de quince futbolistas equivale a colocarles un cartel de liquidación antes de sentarse a negociar.
Ningún vendedor obtiene un buen precio cuando confiesa su urgencia, y ningún club fortalece su posición cuando le avisa al mercado que sus jugadores ya no tienen lugar en su proyecto.
River de este modo ha perdido dos veces: en la cancha y en el patrimonio.
De hecho, el promocionado superávit del balance 2025 tuvo dos soportes que hoy quedan al desnudo: la venta de Franco Mastantuono y el valor asignado en el activo a los mismos futbolistas que hoy entran en remate. Destruir el valor del plantel para después liquidarlo es, lisa y llanamente, un daño patrimonial.
¿Quién se hará cargo?
River se hizo grande cuando tuvo una idea institucional definida. Cuando las divisiones inferiores fueron el corazón del proyecto. Cuando los dirigentes condujeron el fútbol sin gerentes externos y las decisiones respondieron al interés socio futbolístico del club, no a los negocios de los representantes.
En estos últimos años se confundió cantidad con calidad. Se amontonaron nombres sin construir una identidad, cambiando figuritas para tapar fallas estructurales.
Por eso, el debate no debe centrarse únicamente en los quince jugadores que se van, sino en el modelo que los trajo.
¿Se va a terminar la influencia de los empresarios e intermediarios en el fútbol de River?
¿Van a asumir su responsabilidad quienes diseñaron este fracaso deportivo?
¿Volverá River a construir desde sus inferiores y desde su propia filosofía de juego?
¿O simplemente asistiremos a otro mercado de pases presentado como "extraordinario" para escuchar, en un año, exactamente el mismo diagnóstico?
Los grandes clubes se recuperan recuperando su identidad.
El verdadero desafío institucional consiste, simplemente, en volver a ser River