Daniel Kiper

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@kiperdaniel

Abogado. Socio y simpatizante de River. “Yo soy yo y mi circunstancia”. Ortega y Gasset. Meditaciones del Quijote. 1914

Nuñez, Buenos Aires, Argentina Katılım Haziran 2011
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En febrero escribí esto:
Daniel Kiper@kiperdaniel

River no está en crisis por un resultado. Está en crisis porque perdió el rumbo. Cambiar solo al técnico puede descomprimir. Cambiar el modelo, salva. Porque si no cambia el modelo, todo seguirá igual. Cuando los errores se repiten —mercados incoherentes, superposición de perfiles, falta de identidad, empresarios influyendo— el problema no es circunstancial: es estructural. Por eso las preguntas no pueden seguir esquivándose: ¿Quién define la política de fútbol? ¿Quién controla a los gerentes y con qué evaluación? ¿Quién mide resultados más allá del relato? ¿Quién asume el costo institucional cuando las decisiones fallan? River necesita volver a creer en sus inferiores: que vuelvan a ser el corazón del proyecto, no una vidriera para intereses ajenos. River necesita terminar con la lógica en la que los empresarios condicionan decisiones dirigenciales. Y necesita dirigentes que conduzcan el fútbol y se hagan responsables, sin delegar y sin excusas. No se trata solo de nombres. Se trata de proyecto. River fue grande cuando tuvo identidad, autoridad y planificación. Eso es lo que debemos recuperar. Porque River no es un shopping. River es el club de fútbol más grande de la Argentina, con una historia que exige seriedad. Este es el momento: de asumir responsabilidades, de ordenar el área, de transparentar cada decisión, de volver a las inferiores como eje estratégico, y de recuperar conducción real. River necesita proyecto. Necesita identidad. Y el socio merece conducción, no excusas.

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River necesita recuperar su identidad. Por Daniel Kiper. Desde 2019 hasta hoy, River disputó veinticinco competencias oficiales de relevancia nacional e internacional. En ese período obtuvo apenas dos ligas locales: la Liga Profesional 2021 y la Liga Profesional 2023. El resto del recorrido expone una sucesión de eliminaciones, frustraciones y objetivos incumplidos: Superliga 2019/20, Copa Libertadores 2020, Copa DAM, Copa de la Liga 2021, Copa Argentina 2020/21, Copa Libertadores 2021, Copa de la Liga 2022, Copa Libertadores 2022, Copa Argentina 2022, Liga Profesional 2022, Copa Argentina 2023, Copa de la Liga 2023, Copa Libertadores 2023, Copa de la Liga 2024, Copa Argentina 2024, Copa Libertadores 2024, Liga Profesional 2024, Torneo Apertura 2025, Mundial de Clubes 2025, Torneo Clausura 2025, Copa Argentina 2025, Copa Libertadores 2025 y Torneo Apertura 2026. El dato no admite maquillaje: River pasó de discutir la supremacía continental a naturalizar campañas irregulares, eliminaciones prematuras y frustraciones repetidas. Pero lo más grave no es solamente la cantidad de títulos perdidos. Lo verdaderamente alarmante es la pérdida progresiva de identidad futbolística. River fue reconocido históricamente por su juego, por su talento individual y colectivo, por su vocación ofensiva, por sus inferiores y por una idea estética del fútbol. River no sólo buscaba ganar: buscaba jugar como River. Incluso en la derrota, conservaba personalidad. Hoy, demasiadas veces, aparece un equipo fragmentado, sin rebeldía, sin funcionamiento estable y sin la jerarquía colectiva e individual que distinguió al club durante generaciones. La política futbolística merece una revisión profunda. El proyecto deportivo fue reemplazado por un proyecto mercantil y burocrático. Se venden jóvenes antes de consolidarlos. Se compra cantidad antes que calidad. Se incorporan futbolistas sin un criterio rector claro. Se arman planteles extensos, desbalanceados, con superposición de nombres en algunos puestos y carencias evidentes en otros. A esa confusión deportiva se suma una burocracia futbolística que multiplica cargos y diluye responsabilidades: gerencia de fútbol, secretaría técnica, dirección deportiva, embajadas, asesores, intermediarios. Demasiadas oficinas para tan poca claridad futbolística. River no necesita elegir entre empresarios. Necesita sacar a los empresarios del centro de las decisiones. Ninguno debe condicionar el destino deportivo de nuestro club. El hincha de River exige algo más profundo que ganar todos los partidos: carácter, protagonismo, pertenencia y una idea futbolística reconocible. River puede perder. Lo que nunca debería perder es su esencia. La historia del club no fue construida desde la resignación ni desde el conformismo estadístico. Fue construida desde la excelencia, la ambición y el inconformismo permanente. Por eso hacen falta cambios urgentes: en la planificación deportiva, en los criterios de incorporación, en la relación entre inferiores y Primera División, en la estructura de conducción del fútbol profesional y en la defensa de un modelo propio. River necesita volver a pensar primero en el fútbol. Recuperar su identidad. Volver a formar, volver a jugar, volver a competir, volver a emocionar. Porque River no atraviesa simplemente una mala racha: comienza lentamente a dejar de parecerse a River. Pero también sabemos algo más profundo: River siempre vuelve. Vuelve cuando su gente se levanta. Vuelve cuando el socio exige. Vuelve cuando la camiseta pesa más que los negocios. Vuelve cuando la historia deja de ser recuerdo y se convierte otra vez en mandato. River tiene memoria, hinchada, inferiores, estadio, pasión y grandeza. Tiene todo lo necesario para reconstruirse. Sólo falta una decisión: poner nuevamente al fútbol en el centro. Y cuando River vuelva a jugar como River, cuando recupere su identidad y su coraje, no volverá solamente a ganar partidos. Volverá a emocionar. Volverá a ser River.
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Comparto mi nueva columna de opinión: “El casino en el bolsillo”. Una reflexión sobre apuestas online, adolescencia, fútbol y la cultura del dinero rápido en la Argentina contemporánea. Hoy el casino ya no tiene puertas ni horarios: vive dentro del teléfono celular de millones de adolescentes. ¿Qué ocurre cuando el azar comienza a reemplazar al esfuerzo como horizonte cultural? ¿Qué sociedad construimos cuando millones de jóvenes crecen rodeados de apuestas, algoritmos y promesas de riqueza instantánea? Nota completa: elteclado.com.ar/nota/31102/el-…
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¡Feliz Día de la Patria! 🇦🇷 La Patria no es una idea abstracta: son millones de argentinos que cada día producen, estudian, emprenden, enseñan, curan e investigan. Es cada persona que sueña y trabaja por un país más justo, desarrollado y unido. Ninguna nación se construye desde el odio o la resignación. Los grandes países se levantan con unión, esfuerzo y una esperanza compartida. Con esa convicción, celebremos hoy el legado de la Revolución de Mayo. ¡Viva la Patria!
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125 años de una identidad inquebrantable. Ser de River no es sólo mirar un partido. Es una forma de entender el fútbol y la vida. Es la exigencia permanente de superarse. Es el respeto por el paladar negro y el fútbol bien jugado. Ganar, gustar y golear: nuestra filosofía y nuestro contrato de honor con la historia. Es un legado que atraviesa generaciones: el hilo invisible que une la emoción de nuestros abuelos con la voz de nuestros hijos en la tribuna. Y es, sobre todo, resiliencia. La certeza de que la grandeza no se destruye: se defiende, se reconstruye y se agiganta en cada generación. Las derrotas duelen. Y deben doler en un club que nació para competir en lo más alto. Pero la historia de River enseña que los tropiezos jamás definieron nuestra identidad: siempre nos definió la forma de levantarnos. A un siglo y cuarto de su nacimiento, River sigue siendo mucho más que un club deportivo. Es escuela de vida, faro social y orgullo popular. River es nuestra historia, nuestra identidad y nuestro futuro. Felices 125 años al más grande de todos. Daniel Kiper
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//continuación. Y esa factura hoy se le adjudica sucesivamente a Demichelis, a Gallardo, a Coudet o al entrenador circunstancial. Pero la responsabilidad principal es dirigencial. Pertenece a quienes diseñaron este modelo: la conducción política del club, la gerencia de fútbol, la secretaría de fútbol, la embajada futbolística y el recientemente designado director deportivo. La caída ante Belgrano es apenas la fotografía de un paisaje mucho más complejo. Mientras el fútbol profesional de River siga bajo el mando de una burocracia que no comprende el juego y analiza la pasión desde la comodidad de una oficina, los resultados seguirán siendo espasmódicos y las frustraciones, recurrentes. Lo venimos advirtiendo desde hace tiempo. River necesita una profunda autocrítica institucional. Necesita recuperar conducción futbolística real. Necesita devolverle el fútbol a quienes entienden el juego, sienten la historia del club y comprenden que River es, antes que nada, excelencia deportiva, identidad popular y carácter competitivo. De lo contrario, seguiremos pagando en el verde césped las consecuencias de un modelo que confundió gestionar un club con administrar una sociedad anónima. Y River no distribuye ganancias. Distribuye alegrías. River es un club de fútbol. El más grande. Dale River
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La herencia de Jorge Brito. Por Daniel Kiper. La derrota frente a Belgrano duele. Era una final. Y toda final perdida admite distintos niveles de análisis. Podemos hablar de la alarmante previsibilidad del equipo. De un River de posesión estéril, que acumula pases hacia los costados pero carece de profundidad, agresividad y fuego sagrado. Podemos señalar errores individuales, discutir decisiones del entrenador de turno o incluso revisar fallos arbitrales. Pero quedarse únicamente en el reproche táctico, en el error puntual de un defensor o en la responsabilidad inmediata del técnico sería incurrir en una miopía peligrosa. El análisis verdadero debe raspar la superficie. Lo que el socio y el hincha presenciaron en Córdoba no fue un hecho aislado. Fue la consecuencia de una crisis estructural gestada desde 2021 en los despachos dirigenciales. Es el costo de una herencia que transformó el manejo del fútbol profesional de River en una estructura burocrática, mercantil y cada vez más alejada de nuestra historia. River dejó de pensar el fútbol desde el fútbol. La gestión de Jorge Brito consolidó un modelo en el que la conducción deportiva quedó desplazada por una burocracia ejecutiva. Se reemplazó el ojo clínico de la vieja escuela dirigencial —capaz de formar futbolistas, comprar jerarquía y defender una idea de equipo— por una lógica de marketing: pagar caro para generar expectativas y vender rápidamente a los mejores talentos como si esa operatoria constituyera, por sí misma, un éxito institucional. Ese es el error de matriz. El fútbol no es un banco. No se gana incidiendo artificialmente sobre el mercado ni comprando caro para hacer subir una cotización simbólica. En la cancha son once contra once. Allí no juegan los balances, los anuncios ni las presentaciones de mercado. Allí triunfan el talento, el temple, el juego colectivo, la personalidad y la conducción. Y River, desde hace tiempo, carece de una política futbolística profunda. Quienes toman las decisiones centrales en el armado del plantel parecen desconocer las leyes no escritas del juego. No alcanza con detectar “oportunidades de mercado”. Hay que saber cómo se construye un vestuario, cómo se complementan las características de los jugadores, qué puestos necesitan jerarquía real y qué tipo de personalidad exige vestir la camiseta de River. El resultado está a la vista: un plantel costoso, desbalanceado, cargado de nombres, pero sin una estructura futbolística sólida. Se gastaron millones. El equipo no apareció. El juego bonito tampoco. Y los títulos importantes quedaron lejos. La pérdida de mística es evidente. Históricamente, los grandes ciclos de River combinaron paladar negro con líderes de fuerte temperamento. Jugadores capaces de plantarse en cualquier cancha. Pero también dirigentes con autoridad para defender a River en AFA, en Conmebol y frente a cualquier poder externo. Dirigentes capaces de conducir incluso a los caudillos del plantel. No les temían: los conducían. Eso también se perdió. Al delegar la conducción del fútbol en gerentes, tecnócratas y estructuras impersonales, el club se fue despersonalizando. River no puede ser administrado como una corporación que prioriza palcos, recitales y agenda comercial por encima del espíritu deportivo. Tener superávit financiero y un estadio moderno es valioso. Por supuesto que lo es. Pero las copas no se levantan con balances contables. El éxito económico no juega a la pelota. El superávit del último ejercicio resulta elocuente: nació, en gran medida, de la venta de Mastantuono. Ganaron dinero. Perdieron fútbol. Cuando la prioridad se invierte, cuando el escritorio desplaza al potrero y la planilla reemplaza la sensibilidad futbolística, el equipo termina pagando las consecuencias en el césped. //continúa
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Lo ocurrido hoy en los accesos para la parcialidad de River en Córdoba fue consecuencia de un operativo deficiente y desproporcionado de la Policía de Córdoba . Los embudos, vallados y retenciones generaron situaciones de enorme peligro, con empujones, desmayos y familias enteras atrapadas en medio del caos. La presencia de policía montada, infantería y perros frente a miles de hinchas sólo agravó la situación. Y, una vez más, ningún dirigente estuvo presente para poner límites, defender a los socios e intervenir frente a los abusos. El fútbol debe ser una fiesta popular, no un escenario de violencia y maltrato para quienes simplemente intentan ingresar a una cancha.
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Comparto mi nueva columna de opinión: “Mi marciano favorito”. A veces las metáforas políticas revelan más de lo que intentan explicar. El reciente “marciano” imaginado por Javier Milei sirve para pensar una pregunta más profunda: ¿qué ocurre cuando las estadísticas dejan de dialogar con la vida concreta de las personas? Mientras los números celebran superávits y curvas descendentes, gran parte de la sociedad continúa enfrentando angustias mucho más terrenales: salarios deteriorados, incertidumbre, desigualdad y pérdida de horizonte colectivo. Sobre esa distancia entre la abstracción económica y la experiencia humana trata esta reflexión. Nota completa: elteclado.com.ar/nota/31080/mi-…
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La suerte de campeón Anoche el Monumental respiró como respiran las viejas catedrales cuando el tiempo parece demorarse entre sus paredes. River empató. Pero no fue uno de esos empates que dejan únicamente fastidio o resignación. Hubo algo distinto, más difícil de explicar y acaso más cercano a esas supersticiones silenciosas que acompañan a los equipos destinados a pelear campeonatos. Porque existen noches en las que el fútbol abandona la lógica y comienza lentamente a parecerse a la literatura. River jugó mal. Conviene admitirlo sin demasiadas vueltas. El equipo apareció disperso, fragmentado, como si parte de sus futbolistas ya estuviesen viajando mentalmente hacia la final del próximo domingo frente a Belgrano. Eduardo Coudet, consciente de esa frontera invisible entre el desgaste y la ilusión, decidió poblar la cancha de apellidos alternativos. Entonces el partido adquirió desde el comienzo una atmósfera extraña. La pelota avanzaba con dificultad, como si el césped hubiese amanecido cubierto por una humedad espesa que ralentizaba las ideas. River intentaba asociarse, pero las jugadas morían antes de nacer. Bragantino, en cambio, comprendió rápidamente que enfrentaba a un gigante fatigado y perdió el miedo. A los 34’ ocurrió lo inevitable. Alix Vinícius encontró una desatención en la marca de la defensa riverplatense y convirtió el 1 a 0, alterando la tranquilidad general. El estadio quedó en un silencio relativo. No un silencio absoluto —porque el Monumental jamás calla del todo— sino ese murmullo incómodo de las noches donde la multitud empieza a sospechar que la última actuación frente a Rosario Central había sido una ilusión, y no realidad. A partir de allí, River caminó por una cornisa emocional. No encontraba fútbol. No encontraba claridad. Y durante largos pasajes, tampoco encontraba rebeldía. El partido parecía deslizarse lentamente hacia una derrota gris, de esas que dejan preocupaciones más profundas que el simple resultado. Pero el fútbol posee misterios que ningún analista táctico consigue explicar completamente. Coudet movió el banco y aparecieron los jóvenes. Santiago Lencina y Lautaro Pereyra ingresaron con esa valentía inconsciente que sólo tienen los muchachos que todavía no aprendieron a temerle al fracaso. Corrían como si ignoraran el peso histórico de la camiseta, y acaso por eso mismo lograban devolverle algo de oxígeno al equipo. River siguió empujando, más por orgullo y prepotencia que por claridad futbolística. Y cuando el partido parecía extinguirse entre centros desesperados y relojes enemigos, llegó el instante que modifica el humor de una hinchada entera. Se consumía el tiempo agregado. Lautaro Pereyra encontró la pelota dentro del área y convirtió el empate con la violencia emocional de los goles que no se piensan: simplemente suceden. Entonces el Monumental explotó. Pero no explotó de felicidad completa; explotó de alivio, de fe recuperada, de esa sensación antigua que los hinchas de River conocen demasiado bien y que suele aparecer en los planteles tocados por algo parecido al destino. Tiempo de alargue. Gol de River. Otra vez. Porque los campeones no siempre juegan bien. A veces incluso juegan mal y sufren. Pero poseen una extraña relación con los últimos minutos, con los rebotes improbables, con esos goles agónicos que parecen llegar desde una región secreta donde el fútbol todavía conversa con la fortuna. Y anoche, bajo las luces húmedas de Núñez, un River sin fútbol volvió a parecer un equipo acompañado por esa vieja y misteriosa bendición: la suerte de campeón.
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//continuación Los hombres, en cambio, vivimos encerrados en cuerpos. Y los cuerpos tienen necesidades vulgares, materiales, inevitables: alimento, abrigo, salud, descanso, educación, futuro. Deseo que la Argentina sea una potencia dentro de treinta años. Pero con todos nosotros habitándola en condiciones de dignidad y crecimiento humano. Ignoro si ocurrirá. El porvenir se parece siempre más a una biblioteca infinita que a una ecuación matemática. Pero sí sé algo. Una sociedad comienza lentamente a perder su alma cuando el sufrimiento concreto de millones de personas pasa a considerarse un detalle secundario frente a la perfección conceptual de un modelo económico. Entonces las cifras permanecen impecables. Y los hombres empiezan lentamente a volverse invisibles.
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Mi marciano favorito. Por Daniel Kiper. El presidente de la Nación ha incorporado recientemente a la discusión económica argentina un personaje inesperado: un marciano. No deja de ser apropiado. La Argentina suele parecer, incluso para quienes nacimos en ella, una región ligeramente ajena a las leyes ordinarias de la experiencia humana. Un territorio donde las palabras rara vez coinciden del todo con las cosas y donde los números, como los espejos, multiplican infinitamente las interpretaciones posibles de la realidad. La escena imaginada por Javier Milei posee cierta elegancia abstracta. Un ser venido de otro mundo aterriza en Buenos Aires y decide comprender el país. Lee el Boletín Oficial, estudia estadísticas fiscales, observa curvas descendentes de inflación, superávits e indicadores monetarios y concluye —según el Presidente— que la Argentina atraviesa una reconstrucción admirable y que acaso dentro de treinta años se convierta en una potencia. Luego el extraterrestre enciende la televisión, escucha periodistas, lee diarios y arriba exactamente a la conclusión contraria: el país se precipita hacia una catástrofe. La metáfora presidencial recuerda inevitablemente aquella antigua serie protagonizada por Bill Bixby, Mi marciano favorito, donde una criatura llegada desde otro planeta intentaba comprender, con perplejidad y torpeza, las costumbres humanas. Había en aquella ficción una inocencia entrañable: el extraterrestre observaba el mundo con asombro porque desconocía completamente la condición humana. El problema comienza cuando quienes gobiernan también parecen observar a los hombres desde esa misma ignorancia. Porque acaso allí resida el error. Los hombres no habitamos la economía como quien contempla desde lejos una figura geométrica. La padecemos físicamente. La atravesamos con hambre, enfermedad, miedo, esperanza o fatiga. Y entonces imagino otra continuación de la historia presidencial. Imagino que el marciano abandona finalmente las estadísticas y decide caminar. Descubre primero una singularidad biológica de nuestra especie: los seres humanos, a diferencia de los marcianos, necesitan comer todos los días. Varias veces. Descubre también que envejecen y que los cuerpos enferman con obstinada regularidad. Comprende que existen medicamentos para sanar, aliviar o apenas demorar el dolor, accesibles solamente para quienes pueden pagar su precio. La posición económica determina, muchas veces, la posibilidad misma de continuar viviendo. Aprende que los niños no poseen una erudición innata y que la educación constituye acaso la última frontera todavía capaz de oponerse a la pobreza. El visitante recorre hospitales públicos donde los médicos continúan trabajando con una dignidad silenciosa que ningún índice macroeconómico registra completamente. Observa jubilados calculando remedios como quien resuelve problemas metafísicos insolubles. Ve familias enteras desplazándose por supermercados con la misma perplejidad de un astrónomo frente a una galaxia desconocida. Y quizá entonces el marciano advierta algo elemental que ciertos economistas suelen olvidar. Que las necesidades humanas no fueron creadas para equilibrar planillas. Las planillas fueron creadas para satisfacer necesidades humanas. Existe en algunos discursos contemporáneos una secreta tentación escolástica: creer que la consistencia interna de una teoría basta para demostrar su verdad. Pero la realidad humana posee una desagradable costumbre: debe saciar el hambre, atender la enfermedad, equilibrar la desigualdad y ser factor de desarrollo social. La miseria nunca ha sido refutada por argumentos. Acaso por eso la metáfora presidencial resulte involuntariamente reveladora. Sólo un marciano, incapaz de sufrir físicamente las consecuencias de una política económica, podría analizar un país exclusivamente desde variables abstractas. //continúa
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Comparto la entrevista que me hicieron en Radio Gráfica, @adrianstopOK donde dialogamos a fondo sobre las distintas concepciones del deporte y diferentes visiones del sentido de los clubes. Escuchá la nota completa acá youtube.com/live/R6IvmUtEp…
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Comparto mi nueva columna de opinión: “El fin de la realidad. Tecnología, poder y percepción humana”. Vivimos una época en la que los algoritmos ya no sólo organizan información: comienzan a moldear la percepción humana, fragmentando la experiencia colectiva y debilitando la noción misma de verdad compartida. Las redes sociales ya no funcionan únicamente como medios de comunicación. También operan como estructuras de poder capaces de construir realidades paralelas, aislar individuos y alterar progresivamente el vínculo entre sociedad, verdad y democracia. ¿Qué ocurre cuando cada persona habita un universo informativo distinto diseñado por plataformas tecnológicas? ¿Qué consecuencias políticas, culturales y sociales produce esa transformación? Comparto esta reflexión sobre tecnología, poder y crisis de la experiencia común. Leer nota en elteclado.com.ar/nota/31072/el-…
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//continuación 2 La automatización industrial reemplazó fuerza física. La inteligencia artificial comienza a reemplazar parcialmente funciones cognitivas: lenguaje, análisis, creatividad y ciertos procesos de decisión. Por primera vez en la historia moderna, amplios sectores profesionales descubren que también parte de sus capacidades intelectuales podrían volverse parcialmente sustituibles. El problema no es solamente laboral. Es también existencial. Porque el trabajo nunca fue únicamente ingreso económico. También proporcionó identidad, reconocimiento y pertenencia social. Una sociedad donde millones de individuos perciban que su función humana pierde centralidad enfrentará inevitablemente tensiones culturales, psicológicas y políticas profundas. La pregunta ya no es sólo qué producirán las máquinas. La verdadera pregunta es qué lugar conservará el ser humano dentro de una civilización crecientemente automatizada. El manifiesto tecnológico. En 2023, Marc Andreessen publicó su Techno-Optimist Manifesto, donde sostiene que el desarrollo tecnológico constituye la principal fuerza de progreso humano y que limitarlo excesivamente representaría un riesgo para la civilización. La posición expresa con claridad la fe tecnológica dominante en buena parte de Silicon Valley. Y sería intelectualmente deshonesto ignorar que la tecnología efectivamente produjo avances extraordinarios: expansión del conocimiento, innovación médica, acceso masivo a información, mejoras productivas y nuevas posibilidades de comunicación humana. La tragedia contemporánea no reside en la existencia de tecnología poderosa, sino en la posibilidad que herramientas capaces de ampliar enormemente la libertad humana terminen utilizadas para administrar, predecir y condicionar conductas a escala masiva. Porque el problema nunca fue la herramienta. El problema siempre fue el poder. La defensa de la sociedad abierta. Toda innovación importante produjo simultáneamente emancipación y nuevas formas de dominación. La imprenta expandió conocimiento y propaganda. La radio difundió cultura y también totalitarismos. Internet democratizó información y al mismo tiempo concentró poder económico sin precedentes. La cuestión decisiva nunca fue tecnológica en sentido estricto. Siempre fue política e institucional: cómo impedir que cualquier concentración de poder se vuelva ilimitada. Ese es, en el fondo, el núcleo de toda filosofía democrática moderna: ningún poder debe quedar exento de crítica. Ni el Estado. Ni el mercado. Ni la tecnología. La humanidad ingresa en una transformación civilizatoria inédita. Por primera vez, sistemas artificiales pueden intervenir simultáneamente en la economía, la política, la cultura, el lenguaje y la construcción subjetiva de millones de personas. No enfrentamos simplemente una revolución técnica. Enfrentamos una disputa sobre la propia definición de lo humano. Y acaso la gran pregunta filosófica del siglo XXI no sea si las máquinas podrán pensar como nosotros. La verdadera pregunta es otra: si los seres humanos conservarán todavía la capacidad de pensar críticamente y deliberar libremente en un mundo organizado crecientemente por algoritmos, automatizaciones y sistemas invisibles de influencia. Porque las sociedades libres no desaparecen únicamente por la violencia. También pueden erosionarse lentamente cuando la realidad compartida se fragmenta hasta el punto de volver imposible la conversación democrática que las sostiene.
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//contunuación 1 La tesis puede parecer excesiva en algunos aspectos. Sin embargo, contiene una advertencia filosófica relevante: toda concentración de poder que escape al control público termina afectando inevitablemente la libertad. Karl Popper comprendió que la cuestión central de la democracia no era “quién debe gobernar”, sino cómo impedir que cualquier forma de poder se vuelva inmune a la crítica. Ese interrogante reaparece hoy bajo nuevas formas. Porque el problema contemporáneo no consiste simplemente en la existencia de nuevas herramientas digitales. El problema aparece cuando sistemas privados adquieren capacidad creciente para influir simultáneamente en la circulación de información, el debate público, la publicidad, el comercio, las relaciones sociales y parcialmente la percepción colectiva de la realidad. Allí donde el poder deja de encontrar límites institucionales adecuados, la libertad comienza lentamente a deteriorarse. La nueva fábrica invisible. La Revolución Industrial transformó el cuerpo humano en fuerza productiva. El capitalismo digital aspira a algo más ambicioso: convertir la atención humana en recurso económico. La antigua fábrica disciplinaba cuerpos. La nueva fábrica organiza percepciones, hábitos y conductas. Cada clic, búsqueda, conversación o reacción emocional produce datos que alimentan sistemas destinados a anticipar comportamientos futuros. No se trata únicamente de vender productos. Se trata también de influir decisiones y captar atención. La reflexión de Karl Marx sobre la expansión de la lógica mercantil parece adquirir aquí nuevas formas. El capitalismo industrial mercantilizaba principalmente trabajo y tiempo. El capitalismo digital tiende además a transformar en mercancía la atención, las preferencias, los vínculos, el lenguaje, los hábitos culturales y los datos personales. La materia prima decisiva del siglo XXI ya no es solamente el petróleo ni el acero. Son los datos humanos. Vigilancia y control. Michel Foucault explicó que las sociedades modernas evolucionaban desde formas visibles de coerción hacia mecanismos más sofisticados de vigilancia y normalización. El viejo poder castigaba. El nuevo poder observa, registra y clasifica. La arquitectura digital contemporánea parece llevar esa lógica a una escala inédita. Los individuos entregan voluntariamente información íntima sobre sus hábitos, sus recorridos, sus consumos, sus emociones, sus opiniones, y sus relaciones personales. Esos datos permiten construir sistemas capaces de anticipar comportamientos con una precisión creciente. El resultado no es únicamente vigilancia comercial. Es también una nueva forma de poder invisible, permanente y descentralizado que influye sobre deseos, percepciones y conductas. La erosión de la verdad. Hannah Arendt advirtió que los regímenes totalitarios necesitaban destruir previamente la frontera entre verdad y mentira. Allí donde los individuos dejan de distinguir entre hechos y ficción, la deliberación democrática se vuelve extremadamente frágil. El fenómeno contemporáneo presenta una particularidad inquietante: los algoritmos no necesitan perseguir deliberadamente la mentira para debilitar la verdad. Les basta con privilegiar aquello que genera mayor interacción emocional. La indignación, el miedo y el tribalismo suelen producir más tráfico que la reflexión racional. El sistema, entonces, tiende a amplificar automáticamente los contenidos más extremos, simplificados o emocionalmente intensos. No existe necesariamente una conspiración centralizada. Existe algo más complejo: una lógica económica que transforma la atención humana en mercancía y que encuentra enorme rentabilidad en la hiperestimulación emocional permanente. Inteligencia artificial y crisis del trabajo humano. La inteligencia artificial amplifica todavía más este fenómeno. //continúa 2
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El fin de la realidad. Tecnología, poder y percepción humana. Por Daniel Kiper. Toda sociedad abierta descansa sobre una condición elemental: la existencia de una realidad compartida. No se trata de que los hombres piensen igual. Por el contrario. La libertad sólo existe allí donde los individuos pueden discrepar, discutir y confrontar ideas sin miedo. Pero incluso el desacuerdo necesita un suelo común: ciertos hechos aceptados, ciertos lenguajes compartidos y cierta confianza mínima en que la verdad existe independientemente de nuestras preferencias o emociones. Cuando esa base comienza a fragmentarse, la democracia empieza lentamente a debilitarse. La primera gran consecuencia política de la revolución tecnológica contemporánea no es económica. Es cultural y, sobre todo, epistemológica: la erosión progresiva de una experiencia común de la realidad. Durante siglos, las sociedades construyeron instituciones destinadas precisamente a organizar esa experiencia compartida. La escuela, la universidad, los periódicos, el parlamento, la justicia e incluso ciertas expresiones culturales populares funcionaban como mecanismos imperfectos —pero indispensables— para producir una conversación colectiva sobre el mundo. Eran instituciones falibles. Pero permitían algo esencial: que los individuos discutieran dentro de un marco relativamente común de hechos y referencias. Ese equilibrio empieza a resquebrajarse. Las redes sociales y los algoritmos de personalización alteraron profundamente la forma en que percibimos el mundo. Ya no habitamos exclusivamente un espacio público homogéneo. Habitamos también sistemas de percepción parcialmente personalizados, organizados algorítmicamente según hábitos de consumo, emociones, temores y preferencias individuales. El célebre “diario de Yrigoyen” —aquel periódico supuestamente confeccionado para alterar la percepción del presidente argentino— ha dejado de ser una simple anécdota política para convertirse en una poderosa metáfora contemporánea. Cada individuo recibe ahora una selección distinta de noticias, imágenes, opiniones y estímulos diseñada por sistemas invisibles que jerarquizan aquello que debe ver, aquello que debe ignorar y aquello que probablemente captará más intensamente su atención. La consecuencia no es solamente la polarización política. Es algo más profundo: el debilitamiento gradual de las condiciones culturales necesarias para sostener una conversación democrática común. La sociedad del espectáculo permanente. Mucho antes de la inteligencia artificial, Guy Debord advirtió en La sociedad del espectáculo que las sociedades modernas tendían progresivamente a reemplazar la experiencia directa por representaciones. “La realidad surge en el espectáculo y el espectáculo es real”, escribió Debord en 1967. La frase parece adquirir hoy una nueva dimensión. Buena parte de la experiencia humana contemporánea transcurre mediada por pantallas, plataformas y algoritmos. La vida pública se organiza crecientemente alrededor de imágenes, tendencias, escándalos instantáneos y emociones fugaces. Pero el espectáculo digital contemporáneo posee una diferencia decisiva respecto de la televisión del siglo XX: ya no es uniforme. Cada usuario recibe una percepción parcialmente distinta del mundo. La fragmentación algorítmica no elimina completamente la realidad compartida, pero sí debilita progresivamente la posibilidad de una conversación democrática basada en experiencias comunes. El problema no es tecnológico. Es político. En The End of Reality, Jonathan Taplin sostiene que una nueva élite tecnológica —integrada por figuras como Elon Musk, Peter Thiel, Mark Zuckerberg y Marc Andreessen— impulsa un modelo de organización social donde los algoritmos y las plataformas digitales adquieren funciones históricamente reservadas a instituciones democráticas y espacios públicos tradicionales. //continúa 1
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Daniel Kiper
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Un ángel indiferente al dolor de Driussi. Por Daniel Kiper La semifinal entre River Plate y Rosario Central dejó una sensación extraña, incómoda, casi moral. Como si durante noventa minutos el fútbol hubiese ingresado en una región incierta donde la violencia comenzaba lentamente a confundirse con la normalidad y donde el sufrimiento ajeno parecía perder relevancia frente a ciertas conveniencias discursivas. Desde el comienzo se comprendió que aquella no sería una noche de juego limpio sino de permisividades peligrosas. Mientras River intentaba jugar al fútbol —ese antiguo arte de pensar con la pelota antes que con el golpe— Sebastián Driussi abandonaba el campo a los nueve minutos, llorando, después de una tijera brutal desde atrás que Nicolás Ramírez siquiera consideró infracción. El árbitro dejó seguir el juego con una serenidad desconcertante, como si el dolor del delantero fuese apenas una exageración privada y no una evidencia notoria. No hubo silbato. No hubo VAR. No hubo sanción proporcional a una acción que acaso haya dejado a River sin uno de sus futbolistas en el momento decisivo de la temporada. Y entonces ocurrió algo que los futbolistas comprenden antes que nadie. Rosario Central entendió rápidamente el mensaje tácito de la noche: ciertas violencias serían toleradas. El partido ingresó así en esa zona turbia donde las infracciones dejan de castigarse con rigor y comienzan a administrarse según criterios misteriosos, variables y muchas veces incomprensibles. Más tarde llegó el codazo de Gastón Ávila sobre Martínez Quarta. El golpe fue directo al rostro. Brutal. El VAR obligó finalmente a Nicolás Ramírez a observar aquello que 85.000 personas ya habían juzgado desde las tribunas. El penal fue correctamente sancionado. Pero otra vez apareció esa vacilación tan frecuente en ciertos arbitrajes argentinos: el miedo a aplicar la consecuencia completa de los actos. Porque el golpe había sido violento, temerario e impactó directamente sobre el rostro. En cualquier competencia seria donde todavía sobreviva alguna noción elemental de protección física al futbolista, la expulsión habría parecido inevitable. Sin embargo, Ramírez eligió nuevamente el camino ambiguo de la indulgencia: tarjeta amarilla y penal. River no solamente tuvo que jugar una semifinal. Debió sobrevivirla. Por eso resultó tan sorprendente —o acaso tan revelador— escuchar luego a Ángel Di María insinuar que el arbitraje había favorecido a River, con absoluta indiferencia frente al dolor evidente de otro futbolista. ¿Comprenderá que Driussi es un adversario, no un enemigo? ¿Que el fútbol es un juego y no una guerra? Las imágenes quedaron registradas ante millones: Driussi retirándose lesionado y llorando; Martínez Quarta golpeado en el rostro; Rivero terminando ensangrentado tras la patada temeraria de Copetti. Y aun así Ángel optó por instalar el relato del supuesto favoritismo. Es el Ángel de todos los argentinos por su historia en la Selección Nacional. Precisamente por eso sus palabras adquieren otra dimensión pública. Hay futbolistas que, aun después de retirarse, continúan representando algo más grande que ellos mismos: cierta idea de fraternidad deportiva, de respeto por el rival, de sensibilidad frente al dolor ajeno. Por eso sorprendió tanto verlo descender de ese lugar simbólico hacia una polémica menor, innecesaria y carente de empatía. Pero acaso exista un problema todavía más profundo que un mal arbitraje individual o una declaración desafortunada. Tal vez el verdadero conflicto resida en una cultura futbolística que demasiadas veces naturaliza la violencia cuando ésta perjudica al rival. Porque existe una diferencia decisiva entre permitir el juego físico y tolerar agresiones que ponen en riesgo carreras, rodillas y futuros profesionales. Y el fútbol argentino parece olvidar demasiado seguido esa frontera. Dale River
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Daniel Kiper
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Un sólido triunfo. El triunfo frente a Rosario Central por 1 a 0 exhibió un cambio profundo en la relación espiritual entre el equipo y su gente. River dominó claramente el primer tiempo. Hubo intensidad, movilidad y una decisión ofensiva que durante largos pasajes del semestre parecía perdida en alguna región incierta de la memoria futbolística. Recuperó rápido la pelota, ocupó el territorio rival y volvió a ejercer aquella antigua autoridad que tantos adversarios aprendieron a temer en otras épocas. El gol de Facundo Colidio, desde el punto penal, fue apenas la forma visible de una superioridad más extensa. Y aunque resulte extraño escribir que Gonzalo Montiel falló un penal —como si un viejo rito hubiera decidido interrumpirse por una noche— el partido nunca transmitió la sensación de escaparse de las manos de River. En el segundo tiempo, Rosario Central adelantó líneas y buscó el empate. Pero River comprendió que ciertos partidos exigen otra clase de sabiduría. Supo esperar. Supo resistir. Y, sobre todo, conservó el orden interior, esa forma invisible del coraje que evita la desesperación y el desorden. El rival tuvo la pelota durante algunos pasajes, aunque casi nunca consiguió transformar esa posesión en peligro verdadero. River defendió con concentración y mostró una firmeza emocional que semanas atrás parecía erosionada por las dudas y la impaciencia. Y acaso allí resida el sentido más profundo de esta victoria. El equipo escuchó. Escuchó el reclamo de la hinchada. Escuchó el desencanto de una multitud cansada de irregularidades, frustraciones y actuaciones sin alma. Y, en vez de quebrarse bajo el peso de esas voces, encontró fuerzas en ellas. Y la hinchada, acaso también necesitada de volver a creer, respondió. Apoyó, alentó y confía en la próxima victoria será la consagración. El fútbol habla demasiado de esquemas y demasiado poco de los estados del espíritu. Sin embargo, las grandes transformaciones suelen comenzar en regiones menos visibles que una táctica: comienzan en el ánimo colectivo. River recuperó el espíritu grupal que distinguió a sus mejores equipos. Se vio un plantel unido, dispuesto al esfuerzo compartido, consciente de que ciertos partidos no se ganan solamente con talento, sino también con solidaridad y sacrificio. También merece señalarse el aporte de los jóvenes. Santiago Beltrán no es Amadeo, pero por momentos lo evoca en su serenidad, en su confianza y en esa calma que transmiten los grandes arqueros cuando el partido exige firmeza. Y Joaquín Freitas —o los jóvenes que empiezan a afirmarse partido tras partido— representan esa renovación silenciosa que tantas veces salvó a River en los momentos difíciles. Porque cuando los grandes clubes atraviesan tiempos inciertos, suelen regresar inevitablemente a sus orígenes. Y River posee allí una de las tradiciones más nobles de su historia: sus inferiores. Los juveniles aportaron energía, intensidad y hambre competitiva. Jugaron como juegan quienes todavía entienden que vestir nuestra camiseta no constituye apenas una profesión, sino una forma de destino. Y quizá esa combinación entre experiencia y juventud esté devolviéndole al equipo algo esencial: convicción. Todavía quedan dificultades. Persisten errores y discusiones que aún deberán corregirse. Nadie razonable podría negar que este semestre tuvo sombras y momentos ingratos. Pero esta noche River volvió a parecerse, por instantes, a ese equipo que imponía respeto antes incluso del comienzo del partido. El próximo encuentro será una final. Y acaso las finales —como ciertas páginas decisivas de la historia— no se jueguen únicamente con fútbol, sino también con carácter, memoria y fe colectiva. Vamos por la victoria. Dale River.
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