Luisa Quintero retweetledi

Quiero dedicar el Premio José Ortega y Gasset de Periodismo que recibí hoy, a los más de 300 periodistas nicaragüenses que han sido forzados al destierro por la nueva dictadura familiar que oprime a mi patria. Una tiranía enemiga de la palabra, que ha cercenado el derecho a la libre expresión en el país, donde no existe ya ningún medio de comunicación independiente. Sesenta de esos medios, entre estaciones de televisión, radioemisoras, periódicos, portales de Internet, han sido clausurados o sus instalaciones confiscadas. Mientras tanto, el silencio se extiende sobre Nicaragua, mientras el mundo mira hacia otros lados, en un tiempo de conflictos e incertidumbres. Silencio y olvido.
En los tiempos finales de la dictadura de la familia Somoza, que igualmente reprimió la información libre, los periodistas llegaron a valerse del recurso de transmitir las noticias desde las iglesias, donde la gente se congregaba a escucharlas. Fue lo que se llamó entonces “el periodismo de las catacumbas”. Hoy los periodistas elaboran la información desde fuera de las fronteras, en Costa Rica, México, Estados Unidos, España, y llega a Nicaragua a través de las plataformas digitales. Es el periodismo de las catacumbas virtuales, apoyado por una red de corresponsales anónimos dentro del territorio, que trabajan en secreto.
Un periodismo clandestino que desafía al poder absoluto y se impone sobre el silencio y el miedo, para cumplir con el deber critico de informar. A esos hombres y mujeres que desde sus trincheras lo hacen posible, rindo mi homenaje, y en nombre de todos ellos recibo este premio que el diario @el_pais, tan ligado a mi vida, me otorga en su 50 aniversario de fundación, en la más envidiable de las compañías, la de dos grandes periodistas contemporáneos: Svetlana Aleksiévich, que ha hecho del reportaje un arte literario de una magnitud tal que merecido el Premio Nobel de Literatura; y Martin Baron, ejemplo del periodismo ético que investiga la verdad hasta el fondo, sin concesiones al poder. Estar en este estrado de honor al lado de ambos, es un premio en sí mismo.
Siento que este premio, al serme otorgado, busca en mí al columnista que he sido por décadas, sólo para recordar que mi primera columnas en El País apareció en 1985; sino también al periodista que siempre quise ser, entre el tecleo de las máquinas de escribir y el humo de los cigarrillos en el fragor de las salas de redacción, o reportero de guardia en el turno nocturno, como mi paisano Rubén Darío que a los veinte años cubría en Santiago de Chile los sucesos de la calle como cronista de la página roja.
Pero hay también otro oficio feliz, que es el del escritor de invenciones, que me lleva cada mañana a teclear con rigor de mecanógrafo y entusiasmo siempre juvenil, en la soledad de mi estudio, antes en Managua, ahora en Madrid; son los mismos dedos los que se mueven sobre las teclas: los de quien narrar hechos reales, y los de quien narra mentiras. Pero sabe que si de un lado la imaginación es más legitima mientras más libre, del otro no se puede se libre sino mientras se busca la verdad.
Puedo decir que este es el compromiso de toda una vida entregado a la escritura, bajo un compromiso irreductible con las palabras. En uno u otro oficio, escritor o periodista, son las mismas palabras. Muchas gracias entonces por premiar mis palabras, en su búsqueda sin concesiones por la libertad.



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