
Leticia Vargas
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Lo ocurrido no fue protesta cultural. Fue intolerancia. Fue la pretensión de expulsar al otro del espacio público por pensar distinto o por representar una determinada posición política. Y eso es precisamente lo contrario a lo que se espera de una sociedad democrática. Además, hubo allí una falta de respeto evidente hacia los artistas, hacia el equipo de la obra y hacia el público. Personas que habían ido a encontrarse con una pieza fundamental de nuestra memoria cultural terminaron siendo obligadas a presenciar una escena de hostilidad que nada tenía que ver con el arte la cultura y por cierto tampoco con la ciudadanía. Es legítimo discrepar de una autoridad. Es legítimo cuestionar decisiones políticas. Es legítimo manifestarse. Pero no es legítimo insultar, acallar, denigrar ni convertir cualquier espacio común en una trinchera de odio. Cuando aceptamos que el insulto reemplaza al argumento, perdemos todos. Pierde la política, pierde la cultura, pierde la ciudadanía y pierde Chile. Lo más grave es que este tipo de episodios se han ido haciendo frecuentes. Algunos parecen creer que la violencia verbal es una forma superior de compromiso político. No lo es. Es apenas la expresión de una democracia enferma, donde el adversario deja de ser alguien con quien se debate y pasa a ser alguien a quien se quiere humillar, expulsar o silenciar. No podemos acostumbrarnos. No podemos mirar para el lado. No podemos aceptar que en nombre de una causa, cualquiera sea, se pisoteen las reglas básicas de la convivencia. La Pérgola de las Flores nos recuerda un país de voces populares, de diferencias, de humor, de vida compartida. Justamente por eso duele tanto que su inicio haya sido ensuciado por la intolerancia. Chile necesita recuperar algo elemental: el respeto. No el respeto entendido como silencio frente al poder, sino como límite mínimo para vivir juntos. Se puede criticar sin insultar. Se puede protestar sin agredir. Se puede disentir sin destruir el espacio común. Quienes gritaron tal vez creyeron que estaban dando una lección. Pero no es así, nuestro país y su gente, de cualquier sector político, debemos impedir que Chile se convierta en un lugar un donde algunos se sienten con derecho a decidir quién puede estar, quién debe irse y quién merece ser tratado con respeto. No me resigno a eso. No me fui y me quede durante toda la obra y percibí la vergüenza de mis compañeros de fila que comparten las ideas de quienes gritaban pero no recurren al insulto para expresar su malestar. La democracia exige coraje. Pero también exige educación cívica, respeto y responsabilidad. Y hoy, más que nunca, quienes creemos en la libertad, en la convivencia y en la dignidad de las personas tenemos el deber de decirlo con claridad: la crítica es bienvenida; el odio: jamás! Ximena Rincon G.










