Luis Menchén
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Luis Menchén
@lamv50
Médico. @digestivoHGUGM y @CEIMIHGUGM, Hospital Gregorio Marañón / IiSGM - Prof. titular, @unicomplutense - Investigador, @CIBERehd. Madrid, Spain


Quien lea por primera vez la Odisea con un mínimo de atención descubrirá que no es la secuela de la Ilíada, sino más bien una subversión de ésta y de los engranajes de la épica tradicional. Por decirlo con cierta hipérbole, la Odisea es a la épica lo que el Quijote supuso a los libros de caballerías. Por eso ya preocupaba y desubicaba a los primeros lectores y estudiosos griegos. Y por eso nos parece tan "moderna". O, mejor, tan intemporal. En la Odisea no hay guerra ni asedio, sino viaje, regreso, hospitalidad. Odiseo ya no es el guerrero que fue antaño, sino el marino, el hombre que ha de recuperar su condición de padre, esposo y rey en tiempos de paz (que lo consiga o no con la matanza de los pretendientes ya es otro cantar: Homero nos muestra un escepticismo devastador al final). Sus armas no son ya la armadura y la lanza sino la astucia y la palabra, que emplea siempre para ponerse a salvo a sí mismo y a los suyos. De hecho, son muy contados los casos en que Odiseo y sus hombres se revisten de su armamento pesado, y Homero siempre da cuenta de ello de forma explícita. El pasaje más patético es cuando, en la proa de su nave, se blinda ante la inminencia del encuentro con Escila, cuando ya Circe le había prevenido de que nada podía hacer contra la criatura. Pero echa mano de aquello que conoce ante un mundo que le es ajeno y en que debe aprender a vivir. Es un largo proceso de desprendimiento. Y el símbolo evidente es cuando llega desnudo a la tierra de los feacios. Como un renacer. El mar, por supuesto, tiene una importancia esencial en el poema. Sin mar no hay viaje. Pero el mar muchas veces vuelve como evocación: el escenario que regresa en las conversaciones. Pláticas en un ámbito doméstico. De hecho, las conocidas aventuras (el cíclope, los lestrigones, Escila & Caribdis, las sirenas, etc.) las narra Odiseo en la larga cena (más bien sobremesa) con los feacios, donde la noche es "interminable", propicia para escuchar junto al fuego las largas historias. Podemos dudar (nosotros, los lectores, o incluso los feacios) de que tales aventuras fueran reales. En todo caso, pertenecen al tiempo pasado. Luego se las repetirá, en el lecho, a Penélope. Tal vez como otra forma más de desprendimiento, y de recuperar la identidad, de dejar de ser Nadie, un sueño.































