Cesar Pereira
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@JPMartinezBlog Es necesario rescatar el mensaje de Jesus, el mensaje de la Cruz
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«Yo soy cristiana. A mi no me tomen de modelo. Que si yo yo tomo, que si digo groserías. Pedro era peor y le dieron las llaves del reino…» Eso dijo una influencer en redes sociales en un video de reciente viralización.
Actualmente, hay una deficiencia pastoral importante. Por alguna razón se le ofrece una licencia a ciertas personas en la iglesia para que crean que su forma de vivir no es tan esencial como su declaración de fe. Con tal de que digan «la gloria sea para Dios» ante las cámaras, les está permitido comportarse con cierta tolerancia al pecado sin sentir convicción por el mismo; sin verse movido al arrepentimiento y a buscar someter todas las áreas de la vida a Cristo.
Fue precisamente Pedro, a quien se «se le dieron las llaves del reino», quien dijo: «como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia…sed también vosotros santos» (1 P.1:14-15). Pedro exhortó a los creyentes a «abstenerse de los deseos carnales que batallan contra el alma, manteniendo vuestra buena manera de vivir entre los gentiles» (2:11-12), y sobre la libertad de ser y hacer, fue puntual al decir: «sean libres, pero no como los que tienen la libertad como pretexto para hacer lo malo, sino como siervos de Dios» (v.16).
Para Pedro, el cristiano no debe vivir «el tiempo que resta en la carne, conforme a las concupiscencias de los hombres, sino conforme a la voluntad de Dios» (4:2). Para su segunda epístola rogaba vivir una vida «santa y piadosa» (2 P.3:11) considerando el fin próximo de todas las cosas.
No es que el cristiano sea perfecto. Tampoco que la salvación dependa de nuestra santidad. El punto es que comprendamos que estamos llamados a ser discípulos comprometidos con lo que Dios dice. La vida cristiana no crece ni madura haciendo concesiones entre los mandamientos divinos, sino sometiendo nuestra carnalidad a los deseos del Espíritu (Gál.5:16-17). Si por el contrario vivimos excusando nuestros pecados y trivializando nuestra carnalidad, no solo no estaremos haciendo lo que Dios quiere para nosotros, sino que los demás creerán que la muerte de Cristo en la cruz no tiene nada que ver con ser habilitados para cambiar nuestra vana manera de hablar, de actuar y de conducirnos.
Cierto. Todos fallamos. Pero también es verdad que no es «vida cristiana normal» el rendirse en la batalla contra el pecado y el normalizar conductas que distorsionan el llamado de la iglesia a no ser como el mundo.
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