guillermo maciel

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guillermo maciel

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@macielguillermo

Liberal, Demócrata y Republicano; Abogado; Consultor en Seguridad.

Montevideo, Uruguay Katılım Ekim 2008
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Alejo Schapire⚡️
Alejo Schapire⚡️@aschapire·
✍️ Hoy escribo sobre cómo intelectuales brillantes pudieron apoyar ciegamente sistemas responsables de algunas de las peores tragedias de la humanidad a partir del último libro del ensayista francés Samuel Fitoussi. Gracias por leer y compartir. seul.ar/intelectuales-…
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Javier Benegas
Javier Benegas@BenegasJ·
WSJ: EL DESMORONAMIENTO MORAL DEL PERIODISMO, Cuando el periodismo empieza a confundir la oposición a Trump con la virtud en sí misma, el problema deja de ser Trump. El problema es el periodismo. De mi puño y tecla en @disidentia disidentia.com/wsj-el-demoron…
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Julius Master N♱N
Julius Master N♱N@JuliusMasteroso·
Vivimos en las ruinas de una civilización superior
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🇺🇾 Franco
🇺🇾 Franco@FrancoBaci·
Uruguay, medios y poder: cómo el Frente Amplio ganó la batalla cultural sin ser dueño de todos los medios En Uruguay persiste una confusión que beneficia, sobre todo, al Frente Amplio. Se discute si la izquierda “es dueña” o no de los medios, como si la única forma de dominar la conversación pública fuera controlar acciones, licencias o antenas. Pero el poder contemporáneo no funciona así. El Frente Amplio no necesitó convertirse en propietario formal de la mayor parte del sistema mediático para avanzar sobre algo quizá más decisivo: el sentido de lo decible, lo legítimo y lo moralmente aceptable en la esfera pública. Esa es la verdadera historia de estos años. La propiedad siguió concentrada en viejos grupos privados; la hegemonía, en cambio, fue ocupada de manera creciente por una sensibilidad progresista que aprendió a condicionar el lenguaje político, el encuadre periodístico y la reputación pública de sus adversarios. La estructura material del sistema no nació con el Frente Amplio. La televisión comercial uruguaya sigue organizada, en su núcleo histórico, alrededor de los grupos asociados a Canal 4, Canal 10 y Canal 12, cuya formación remite a concesiones estatales otorgadas entre fines de los años 50 y comienzos de los 60 a familias cercanas a los partidos tradicionales. En radio, la concentración también persiste en torno a pocos polos empresariales. Y en televisión abierta, Canal 10 mantuvo en enero de 2025 el liderazgo de audiencia, con 38,1% de share promedio diario y 41,1% en primetime, según datos difundidos por la industria a partir de Kantar IBOPE Media. Es decir: el Frente Amplio no “copó” la propiedad formal de los grandes medios tradicionales. Pero esa constatación, lejos de absolverlo, permite ver con mayor claridad dónde estuvo su verdadera eficacia. La izquierda uruguaya entendió antes que nadie que en el siglo XXI no hace falta poseer todos los medios para disciplinar el ecosistema de opinión. Basta con articular un bloque cultural lo suficientemente amplio como para que periodistas, activistas, sindicatos, académicos, comunicadores, productores culturales, portales digitales, influencers y operadores de redes terminen empujando, con distintos tonos, en una dirección parecida. Así, el Frente Amplio logró algo más sofisticado que la toma directa de medios: consiguió instalar un clima en el que ciertas palabras vienen bendecidas de origen —“derechos”, “sensibilidad”, “equidad”, “democracia”, “memoria”, “diversidad”— mientras otras llegan ya contaminadas por sospecha moral —“orden”, “autoridad”, “liberalismo”, “seguridad”, “mérito”, “tradición”, “patria”. No es censura clásica. Es algo más moderno y, precisamente por eso, más eficaz: el control del marco moral desde el cual se juzgan los hechos. En ese esquema, la pauta oficial funciona como herramienta de influencia, aunque no sea el único mecanismo. Observacom señaló en 2024 que Uruguay carece de una ley integral específica sobre publicidad oficial y que la regulación es fragmentaria, con problemas de transparencia. Reporteros Sin Fronteras, por su parte, ubicó a Uruguay en el puesto 59 de su índice 2025 y marcó el factor económico como el más débil del entorno de libertad de prensa. En un mercado pequeño, con medios financieramente frágiles, la pauta pública no necesita “comprar” de forma burda una línea editorial para influir: alcanza con volver cautelosos a algunos, dependientes a otros y selectivamente audibles a los afines. En ese terreno, el Frente Amplio se mueve con ventaja histórica: entiende mejor que sus rivales que la economía de los medios también es política. El resultado no fue una prensa unánimemente frenteamplista. Fue algo más ambiguo y más útil para el FA: una esfera mediática donde la izquierda no siempre domina la propiedad, pero sí logra colonizar la legitimidad. De ese modo, los grandes medios privados conservan su estructura, pero el costo reputacional de apartarse demasiado del clima progresista se vuelve cada vez más alto. El mensaje no suele ser explícito; rara vez hace falta. Se internaliza. Se aprende. Se respira. El periodista entiende qué enfoques lo integran al consenso respetable y cuáles lo expulsan a la periferia, al escándalo o al estigma. Así se construye una hegemonía sin necesidad de cerrar diarios ni estatizar canales. Ese dispositivo resultó particularmente visible durante el gobierno de Luis Lacalle Pou. Entre 2020 y 2025, el Frente Amplio y su periferia social, sindical, militante y mediática desarrollaron una ofensiva persistente para transformar cada conflicto, cada error y cada escándalo en prueba de una descomposición moral integral del oficialismo. Los caceroleos y protestas en pandemia, la movilización continua contra la LUC, la campaña del referéndum, la amplificación del caso del custodio del presidente, la explotación del tema del pasaporte, los audios que precipitaron la caída de canciller, y la insistencia permanente sobre inseguridad, narcotráfico y deterioro ético del gobierno no fueron episodios aislados: fueron piezas de una misma estrategia narrativa. Sería ingenuo negar que varios de esos asuntos tenían alguna base real. Pero sería igual de ingenuo no ver cómo el Frente Amplio y sus aliados culturales los encadenaron con enorme eficacia para producir clima, saturación y desgaste moral. Allí radicó una de las mayores fortalezas del Frente Amplio y una de las mayores torpezas de la Coalición Republicana. Mientras el gobierno respondió muchas veces con cifras, tecnicismos o defensas parciales, la izquierda respondió con relato, tono, épica y sospecha. Mientras la Coalición confiaba en que la gestión hablaría por sí sola, el Frente Amplio entendió que en política contemporánea los hechos no hablan: se los hace hablar. Y quien define primero el sentido de un hecho suele quedarse también con su rédito político. El oficialismo administró; la izquierda interpretó. El gobierno explicó; la oposición cargó emocionalmente cada episodio. En un ecosistema saturado por redes, fragmentos y moralización instantánea, esa diferencia vale una elección. Por eso la victoria de Yamandú Orsi en 2024 no puede atribuirse exclusivamente a una operación mediática, pero tampoco puede leerse al margen de esa batalla cultural previa. Reuters reportó que Orsi ganó el balotaje con 49,81% frente a 45,90% de Álvaro Delgado. La distancia electoral no fue gigantesca, pero sí suficiente para mostrar que el Frente Amplio había logrado instalar un diagnóstico dominante del ciclo: el gobierno aparecía ya no como un proyecto con problemas, sino como una experiencia moralmente agotada. Esa transformación perceptiva fue política, mediática y cultural al mismo tiempo. Y en ella el FA jugó con dureza, constancia y una comprensión superior del terreno. Casi como consecuencia natural de ese proceso, varias voces incómodas para el consenso progresista fueron desplazándose hacia el ecosistema digital. No siempre se trató de “cancelación” en sentido formal; muchas veces fue pérdida de espacio, reducción de centralidad, penalización reputacional o saturación de hostilidad ambiental. Pero el patrón existió. Ignacio Álvarez anunció en 2025 un proyecto de streaming y declaró que “en muchos medios se bajan líneas”. Eduardo Lust consolidó presencia en formatos digitales y canales alternativos. Y figuras como Fernando Marguery, Juan Rodríguez Puppo o Graziano Pascale y otros comunicadores fueron encontrando en redes, podcasts y plataformas de nicho un espacio menos condicionado por el filtro moral de las redacciones tradicionales. Esa migración no fue sólo tecnológica: fue también política. Fue la respuesta de un disenso que comenzó a percibirse cada vez más tolerado de forma decorativa en el centro y más libre en la periferia digital. Mientras tanto, el propio campo progresista siguió fortaleciendo su infraestructura. En 2026, la diaria anunció su desembarco radial en la 97.9 FM de Montevideo, además de frecuencias en Maldonado y Colonia, tras la compra de las ex M24. Eso no constituye por sí mismo una anomalía. Pero sí confirma que la izquierda mediática no sólo aspira a influir desde la cultura: también quiere consolidar plataforma, distribución y presencia propia en el nuevo mapa multiplataforma. Sumado a la fragilidad económica general del sector, a la centralidad de la pauta y a la cercanía entre política y comunicación pública, el riesgo ya no es un “copamiento” burdo de manual. El riesgo es otro: que el pluralismo subsista en el papel mientras el disenso real quede progresivamente recluido al margen, caricaturizado o castigado por el clima dominante. La responsabilidad principal del Frente Amplio en este proceso no consiste, entonces, en haber comprado todos los medios, sino en haber contribuido decisivamente a degradar el ecosistema comunicacional uruguayo. Lo hizo al naturalizar la sospecha permanente como método, al convertir el escándalo en herramienta de acumulación, al validar una lógica de hostigamiento moral contra el adversario y al presentar su propia sensibilidad ideológica como si fuera la forma neutral, racional y democrática de mirar el mundo. En esa operación, el FA no inventó todos los problemas del país, pero sí ayudó a convertir la conversación pública en un terreno donde la indignación selectiva, la hipocresía moral y el disciplinamiento simbólico reemplazaron con demasiada frecuencia al debate serio. Eso enrareció la convivencia, empobreció la deliberación y volvió más tóxica la vida pública uruguaya. La oposición haría mal en responder copiando servilmente lo peor de esa lógica. Pero haría peor todavía si siguiera fingiendo que la batalla cultural no existe. Existe. Y hasta ahora la viene perdiendo. Porque en la política contemporánea no alcanza con tener argumentos, ni con administrar razonablemente, ni con denunciar sesgos. Hay que construir lenguaje, clima, legitimidad y relato. El Frente Amplio entendió eso antes, mejor y con menos escrúpulos. Y mientras sus adversarios no comprendan que el poder también se ejerce desde la interpretación, seguirán llegando tarde a una guerra que ya empezó hace años y en la que, por ahora, la izquierda uruguaya pelea con más inteligencia, más agresividad y bastante menos inocencia que el resto. — Franco Bacigalupo Montevideo — Marzo 2026 @FrancoBaci
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Maria Eugenia Talerico
Maria Eugenia Talerico@eugetale·
“De vez en cuando, aparece un discurso distinto, uno que no busca convencer a la audiencia del día, sino hablarle a la posteridad. Uno que no pretende ganar una elección, sino reordenar la manera en que una civilización se mira a sí misma”. “Trump fue el golpe contra el dogma globalista. Rubio es la formalización intelectual del nuevo paradigma. Y esto importa porque la historia no se sostiene con gritos. La historia se sostiene con ideas convertidas en instituciones”. Excelente análisis de @SimonLevyMx #MarcoRubio
Simón Levy@SimonLevyMx

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INDIGNADO
INDIGNADO@indignadoxd·
Este video debería tener un millón de RT: Cayetana destruyó en solo 2 minutos el verso del lenguaje inclusivo y el populismo. Subí el volumen y que exploten las redes. 🔥👏🏻 DE: @DEBORAHKAHAN1
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Washington Abdala
Washington Abdala@turkabdala·
Argentina demuestra: 1. Que la política no alimenta lo ambiguo 2. Que lo épico es ser frontal 3. Que el orden económico no es broma 4. Que la gobernabilidad se pide de frente 5. Que se suma o de un lado o del otro 6. Que hay que ir para adelante 7. Que los que no suman no entienden la política 8. Que la gente se pudre del boludeo 9. Que llega la hora de ser lo que se debe ser 10. Que cualquier otra aventura es jugar en cancha chica
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María Corina Machado
María Corina Machado@MariaCorinaYA·
En nombre del pueblo de Venezuela, GRACIAS.
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Cayetana Álvarez de Toledo
Cayetana Álvarez de Toledo@cayetanaAT·
MARÍA CORINA MACHADO, PREMIO NOBEL DE LA PAZ... Y DE LA LIBERTAD. BRAVÍSIMA AMIGA, QUÉ FELICIDAD.
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Orlando Petinatti
Orlando Petinatti@OPetinatti·
7 de Octubre de 2023.
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Javier García
Javier García@JavierGarcia_Uy·
El atentado contra la Dra Ferrero, no es uno más. No hay antecedentes en Uy atentar contra la vida del fiscal de Corte. Lo de hoy es gravísimo y decir que tiene “patrones comunes” con otros como dice el ministro del Interior, es falso e irresponsable institucionalmente.
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Washington Abdala
Washington Abdala@turkabdala·
Uruguay está alerta roja Listo. Estamos. Señal de alerta máxima. Los muertos por homicidios superan lo insoportable. Atentar contra la máxima autoridad fiscal es dramático y es la punta del iceberg. Seguirán con otros, ya no tienen miedo a nada. La droga sobra por todos lados. Es parte de la peste. El descontrol es de verdad, no retórico. El poder no conduce ante la crisis de seguridad. No con-du-cen. Es más: se preguntan y le preguntan a la gente que hacer. No es así. Para eso no los ungió el soberano. Las mesas de diálogo no escribirán el Corán. Es infantil ceer eso. Los delincuentes captaron el clima y están de fiesta. Y los pesados empiezan a mover sus fichas. Nada de esto es interpretación es lo que se vive. El riesgo de ser Latinoamérica pura y dura es total. No lo queremos ver. Somos un tren bala hacia allí. Seguimos diletando con soluciones mesiánicas o infantiles. El gobierno si no controla este caballo de Troya pagará caro eso. La gente, mejor dicho. La oposición no logra tener una articulación única que pese. Es previsible entonces que todo siga como está: mal y peor. Podemos estar ingresando en una fase patética. Como siempre en letanía: no lo queremos ver. Es poca la gente que sabe en serio de seguridad en Uruguay. Hablan muchos, pero saben pocos. Deberían hablar con ellos, oírlos y actuar rápido. O en pocos meses el país será un incendio. Miren bien, si no me creen, porque no es fácil revertir cuando el descontrol ganó. Lo sé porque trabajando en todo el continente vi como otros países ingresaban en este infierno y les llegaba la noche. Miren Ecuador hace pocos años... Miren varios países de centro América... algunos eran idílicos. Pregunte entonces el gobierno actual si hay miedo entre los uruguayos y verá la respuesta. Y basta de palabras: o actúan o nos regalan como ciudadanos.
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