
María Elena Arcia P
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María Elena Arcia P
@malarcia
Abogada, apasionada de la lectura, librepensadora y tímida nueva opinadora interesada en aportar ideas para el país en construcción!





#ÚLTIMAHORA | María Corina Machado critica al gobierno español por no ponerse "del lado del pueblo venezolano"


Para recordar: Meganálisis no hace encuestas, hace propaganda.






#AHORA Enrique Márquez: Quisiera una transformación de peurtas abiertas, no de cúpulas. Escuché al Pdte de la AN hablando de perdón, que él pedía perdón y perdonaba. Estoy dispuesto al perdón y convencido de que esa es la vía para encontrar el camino x.com/i/broadcasts/1…








#MientrasSeCuelaElCafé El sábado terminé, por invitación de un gran amigo, en una parrilla que resultó más constituyente que muchas mesas de diálogo televisadas. El lugar: una casa cualquiera. Los presentes: un opositor con pedigrí y carácter, un militar activo de alto rango, empresarios de los que han sobrevivido a todos los modelos económicos conocidos y por conocer, otros “empresarios” nacidos al calor de créditos generosos y comisiones invisibles en la letra menuda de SUDEBAN, carne, yuca, guasacaca, whisky… y este servidor. Mientras el parrillero oficiaba como maestro de ceremonias, porque en este país el verdadero poder siempre está en quien controla el fuego, el hielo y el alcohol hacían lo que no han logrado muchas cumbres internacionales: aflojar la lengua sin soltar la dignidad. El debate subía de tono y, como no estaba Jorge Rodríguez para ordenar el derecho de palabra, la sesión se levantaba a punta de: —“Prueba esta vaina.” —“Esa carne quedó brutal.” —“Estás seco, ponte más Whisky.” —“No me cambies el tema.” Paz parlamentaria a fuerza de ovejo. El opositor fue, como siempre, tajante con el chavismo. Pero lo suyo no es el grito histérico sino la crítica dentro de las rayitas de la ley. Eso, en este país, es casi un activo extraviado. Se ha ganado respeto incluso entre los duros del gobierno, porque discute de frente y no por Instagram. Ama este país con la terquedad de quien ha invertido, ganado, perdido y vuelto a empezar. Cocinero autodidacta que podría dejar en silencio a más de un chef caraqueño. Curiosamente, su crítica más feroz no es contra el gobierno sino contra el propio liderazgo opositor. Allí hay ruptura, desconfianza, fatiga acumulada. Un hastío que no se grita en tarima pero que se mastica en privado. Y sonó más grave que cualquier consigna. El militar, por su parte, no era caricatura. Era un tipo preparado, convencido del diálogo, firme cuando toca serlo. Cuando salió el tema de la amnistía, habló de aquellos días 29 y 30 de julio. Recordó cómo advirtió temprano: protesten, sí; destruyan, no. Ni instalaciones de seguridad, ni bienes públicos, ni personas. El acuerdo se rompió. Una turba en motos, los mismos muchachos que siempre escoltaban a cierta dirigente regional, tumbó la estatua del Cacique Coromoto, obra de la artista guanareña Belén Girard. La arrastraron cuatro kilómetros hasta dejarla destrozada frente a la gobernación, que también intentaron saquear. Hubo más de cien detenidos. Solo cuatro terminaron encausados. Los demás, liberados. Mientras hablaba, nadie lo interrumpía. No por miedo. Allí no había miedo. Había escucha. Que es más escasa. Yo tuve mis escarceos. Al opositor le rebatí cuando tocaba. En otras cosas le di la razón porque la verdad no tiene carnet. Un rato lo cayapeaba. Otro, él lo hacía conmigo. Uno aprende que hay batallas que no se ganan gritando sino sobreviviendo. Con los empresarios, los de verdad, fue donde más discutí sabroso. Tienen diagnósticos lúcidos sobre lo que necesita el país. Pero también tienen cuentas pendientes con la historia reciente. No todo fue culpa del Estado. No todo fue culpa de las sanciones. No todo fue culpa del otro. En algún punto habrá que asumir que también hubo comodidad, silencio selectivo y negocio oportuno. Se acabó la carne. Se derritió el hielo. Se levantó la sesión sin acta ni declaración conjunta. Pero me quedó algo claro: en esa casa, desde trincheras distintas, muchos compartían el mismo propósito. No el mismo relato. No la misma épica. El mismo propósito: que esto funcione. Si fuéramos capaces de aceptar que el otro no es un demonio sino alguien con razones, equivocadas o no, pero razones, quizá empezaríamos a construir algo propio. Sin tutores. Sin padrinos. Sin mesías. Al final, entre humo y guasacaca, quedó flotando una verdad incómoda: nos hemos pasado 27 años discutiendo quién tiene la culpa… y muy poco tiempo preguntándonos quién está dispuesto a hacerse responsable.



