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Hay algo peor que esta nueva vergonzante eliminación en la Libertadores: que el hincha haya asistido al papelón con resignación, sentimiento que aflora cuando los fracasos se apilan uno arriba del otro, como sucede con el segundo mandato de Riquelme. Algo altamente peligroso, porque se pierde la dimensión de cuándo se toca fondo.
Boca ni siquiera vendió cara su derrota ante la Universidad Católica en la Bombonera (primera caída en 18 partidos de local ante chilenos, tras 13 triunfos y 4 empates) y eso duele tanto como haberse quedado por tercer año consecutivo afuera del cuadro final de la Copa. Todo lo bueno que había conseguido el equipo desde el 3-0 en Lanús lo fue dilapidando desde el 0-1 con Cruzeiro en Brasil, cuando salió a pelear en vez de jugar, algo que repitió en el 0-1 con Barcelona en Guayaquil. Y cuando quiso darse cuenta ya se había metido en un quilombo del que nunca supo salir.
La eliminación es merecida, Boca hoy tiene un equipo de Sudamericana al que le pesó llevar la responsabilidad que conlleva vestir esta camiseta. Se rescata a Aranda, de 19 años, y Milton Delgado, de 20, que nunca se escondieron, las pidieron todas, fueron para adelante e intentaron hasta el último minuto.
Zeballos se quedó siempre a mitad de camino. Giménez exaspera cuando no hace un gol fuera de contexto (que casi lo hace de chilena). Paredes jugó tocado, con el Mundial a la vuelta de la esquina, y se notó el freno de mano puesto: su mapa de calor quedó muy lejos de donde marca diferencias con su jerarquía.
Nadie sabe por qué fue titular Herrera, a 39 días de su último partido (el 1-0 a River). Nadie sabe por qué Martegani volvió a ocupar un lugar en el banco: ¡no juega hace 15 meses! Velasco es el Castaño de Boca por valor y rendimiento: tuvo una hermosa contra desde mitad de cancha y se sacó la pelota de encima, abriéndola mal para un compañero, en vez de atacar el área rival. La defensa quedó en expuesta con un retroceso caótico que derivó en el golazo chileno. Y el árbitro Roldán tuvo el partido más visitantista en su particular historial localista. Nada nuevo.
Úbeda habló en conferencia como si hubiera perdido contra Banfield en la fecha 4: totalmente disociado de la realidad. Así como si la historia hubiera terminado con el exayudante de campo de Russo levantando la Libertadores (porque esto es fútbol), todos los elogios hubieran ido para Riquelme por semejante pleno; este triste final con un DT -una vez más- sin muñeca para revertir un trámite lo carga de responsabilidades al presidente: eligió para que dirija al club más grande de Argentina a un técnico que perdió más partidos de los que ganó en su carrera. Una táctica jugadorista y de subestimación constante al puesto de entrenador que volvió a fracasar. Y a la que asistimos resignados…

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