Alejandro Gaviria@agaviriau
Estamos ante el gobierno más corrupto de la historia reciente de Colombia. Cada día aflora un nuevo escándalo. Este fin de semana, por ejemplo, la revista Cambio publicó un reportaje sobre corrupción en el Fomag. Hace unos días, supimos de nuevas denuncias de corrupción en Findeter, la Fiduprevisora y RTVC. Los fuegos cruzados entre funcionarios se repiten casi a diario. El escándalo de hoy desplaza al de ayer. Paradójicamente, la corrupción parece tapar la corrupción.
¿Por qué no pasa nada?
Primero, el gobierno ha creado un relato eficaz. La corrupción propia se presenta como ajena. En este relato, el gobierno es víctima, no propiciador o protagonista. No importa quién sea el corrupto, el gobierno, con el presidente Petro a la cabeza, aduce siempre que fue infiltrado, engañado o traicionado.
Segundo, el presidente Petro ha logrado que incluso sus aliados políticos honestos, aquellos que no niegan cínicamente la corrupción, aprendan a tolerarla. El caso de Gustavo Bolívar es representativo. Aparenta estar indignado con los crecientes escándalos, pero prefiere la prudencia, incluso el silencio. Primero está el proyecto y la corrupción es un mal necesario, insinúa con obras y palabras. Al final, todos callan por interés, oportunismo o conveniencia.
Tercero, los organismos de control —la mayoría de estos no son más que arreglos institucionales orwellianos en los que políticos supervisan a los políticos— ni quieren ni pueden hacer mucho. Su diseño institucional hace que prevalezcan la tolerancia, el “hagámonos pasito que uno no sabe”, el tit for tat, la cooperación oportunista en un juego repetido.
Por último, el presidente aprendió (todos hemos caído) a controlar la agenda noticiosa y, de la mano de la televisión pública y un fuerte ecosistema digital, ha puesto en práctica una estrategia exitosa de distracción. La corrupción ha quedado sepultada en la avalancha noticiosa, en el teatro permanente: una “civilización del espectáculo” tan grotesca como eficaz.
Por supuesto, la impunidad (real y percibida) incrementa la corrupción. Estamos atrapados en un trágico círculo vicioso. Orwellianamente, de nuevo, los corruptos se defienden hablando de corrupción. Pero este equilibrio es inestable. Tarde o temprano, la sociedad colombiana abrirá los ojos ante lo evidente: la ubicuidad y dimensión de la corrupción de estos años. Las grandes estafas suelen derrumbarse ante el insoportable peso de sus contradicciones.