Noah Higón Bellver

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@nh487

Vivo más de lo que puedo, sueño aún como niña y sobrevivo a golpe de gotero. Jurista, politòloga i escriptora. #EERR 💜🦻🏼📩 [email protected]📗👇🏼

Katılım Aralık 2017
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Maria del Mar Milla
Maria del Mar Milla@marmies59·
@nh487 Ayer en Málaga estuvimos un ratito contigo y con tu madre. En el concierto de Luz Casal. Cantó la preciosa Canción que te dedica en su nuevo álbum. Pensamos en ti, ojalá te llegara un poquito de energía de aquí. 💜🐚🪸
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Cantaba Luz Casal que cuando ganase la derrota habría que volver a empezar. Durante años pensé que esa frase era una metáfora bonita, una de esas que se escuchan en una canción y se quedan flotando en el aire sin pedirte demasiado. Pero la vida, que tiene la costumbre de convertir las metáforas en carne, llega un día y te coloca exactamente ahí: en el momento en que la derrota parece haber ganado la partida. Y entonces lo entiendes. No hay música de fondo, ni luces suaves, ni una escena perfecta de película. Solo el silencio extraño que queda después de que algo se rompe. Solo la sensación de que todo lo que dabas por hecho se ha desordenado como una habitación tras una tormenta. Y, sin embargo, también ocurre otra cosa. Respiras. Miras alrededor. Y descubres que, aunque hayas perdido muchas cosas por el camino, todavía sigues aquí. Así que haces lo único posible. Recoger los pedazos que aún reconoces, dejar en el suelo los que ya no encajan, y empezar otra vez. No desde cero —porque nadie vuelve realmente a cero—, sino desde la versión de ti que ha sobrevivido a la caída. Porque a veces la derrota gana, sí. Pero incluso entonces, la vida insiste. Y aquí me tenéis. Empezando de nuevo. Noah Higón
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Noah Higón Bellver@nh487·
Mi padre es un lector voraz. De esos que leen con hambre, con paciencia y con una honestidad casi feroz. Por eso, cada vez que escribo algo, sé que tarde o temprano pasará por su criba. Y siempre lo ha hecho como lector, no como padre. Con la distancia necesaria para decirme la verdad, incluso cuando la verdad no es cómoda. Pero el otro día ocurrió algo distinto. Mientras hablábamos de lo último que había escrito, dejó de analizar el texto y me miró a mí. No como lector. Como padre. Me dijo que había algo que se repetía en todo lo que escribo. Un mismo génesis. Un mismo lugar de partida. Y también de llegada. El dolor. Según él, todo lo que escribo acaba convergiendo ahí, como si mis palabras recorrieran muchos caminos distintos solo para volver siempre al mismo sitio. Me quedé pensando. No porque no supiera que tenía razón, sino porque no encontraba una respuesta que pudiera aliviarle. Hay verdades que no se pueden maquillar para hacerlas más amables. Al final le dije lo único que podía decirle con honestidad: que esa es mi vida. Que no puedo huir de lo que soy ni de lo que me ha atravesado. Que lo único que he aprendido a hacer es transformarlo. Convertirlo en algo que respire fuera de mí para que no me asfixie dentro. Supongo que en el fondo él ya lo sabía. Los padres suelen saber más de lo que dicen. Pero también imagino que debe de ser duro aceptar que el mapa emocional de una hija tenga ese territorio marcado con tanta tinta. Intenté tranquilizarle. Le dije que no se preocupara, que he aprendido a transitar el dolor en todas sus formas. Que he aprendido a caminarlo, a nombrarlo, incluso a sentarme a su lado cuando decide quedarse un rato más de la cuenta. Y que, aunque a veces ha podido conmigo, aquí seguimos. Conviviendo. Al final el dolor y yo hemos terminado desarrollando una especie de pacto silencioso. No es exactamente amistad, pero sí algo parecido a un matrimonio bastante bien avenido. Hoy he abierto Instagram y me ha recordado que es el Día Mundial del Riñón. O de la salud renal. Ya no sé muy bien cómo lo llaman. A este paso, pensé, no me van a quedar días en el calendario para celebrar. Y aun así me hizo gracia. Porque cuando la vida se empeña en recordarte ciertas cosas con tanta insistencia, el humor termina siendo la forma más digna de contestarle. Así que nada. Feliz jueves. Y, sobre todo, feliz vida. Noah Higón
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Hace apenas un mes me era imposible dar dos pasos seguidos sin que mi propio cuerpo se convirtiera en el origen (aún más) del dolor más agudo. Cada movimiento era una frontera, cada intento de avanzar terminaba en el mismo sitio: el límite. Y, sin embargo, hoy. Hoy, quince días después de salir del quirófano con un riñón menos, doy mis primeros paseos. Despacio. Con cuidado. Como si volviera a aprender algo tan simple y tan milagroso como caminar. Miro las calles, los árboles, las casas de mi pueblo como si todo tuviera una luz distinta, como si el mundo hubiera decidido quedarse un poco más conmigo. La gente me para y me pregunta: —¿Cómo estás? Y siempre pienso que debería decir algo más elaborado, algo más preciso, algo que explique lo que ha sido todo esto. Pero no me sale. Solo sonrío —de oreja a oreja— y digo una palabra que lo contiene todo: Viva. Viva, como quien ha atravesado el dolor y ha encontrado al otro lado una especie de claridad. Viva, como quien entendió hace años que respirar, caminar o mirar el cielo no son gestos automáticos, sino privilegios. Viva, de esa forma un poco salvaje, un poco indomable, con la que vuelve la vida cuando ha estado demasiado cerca de romperse. Así estoy. Bestialmente viva. Noah Higón
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Soy todas las mujeres que mi piel ha habitado. De todas he aprendido. A todas las he llorado. A algunas las he reído, y a otras tantas les he suplicado clemencia. No sé si soy la mujer que siempre quise ser, porque vivo en constante mudanza. Habito un limbo tan frágil que a veces dudo qué es realidad y qué es, simplemente, vida latiendo. Soy la mujer de todas mis vidas. La que se planta un labio rojo y un tacón como quien se pone una armadura, o un pijama azul cuando el mundo pesa demasiado. La que va llena de cables y aun así se mancha las manos de su propia sangre, porque cree —con una fe casi obstinada— que lo que hoy duele mañana será memoria. También soy la que sonríe. Siempre. Siempre. Siempre. La que todavía no sabe del todo cómo quererse. O peor aún, cómo quererse bien. La que mira el pasado de reojo, con un desprecio aprendido, por miedo a volver a caerse dentro de él. La que, de buena, a veces es tonta. Pero aun sabiéndolo elige seguir siéndolo. La que observa despacio, como si el mundo fuese un acertijo. La que siente demasiado. La que quiere en exceso. La que nunca supo desnudarse del todo… o tal vez a la que la vida desnudó sin pedir permiso. Soy también la que, de vez en cuando, se siente una carga torpe. Un cajón sin fondo. Una armadura sin nadie que la sostenga. La que se cree capaz aunque todavía no lo sea, y se lo repite cada mañana cuando se mira al espejo como si fuera un conjuro. La que muestra sin pudor sus cicatrices, porque el mundo siempre ha sabido juzgar mejor que limpiar lo que ha señalado. Soy esa. Soy todas. Soy el reflejo tibio de la mirada de mi yaya, el carácter indomable de mi abuela, la protección silenciosa de mi madre, el abrazo infinito de mi amiga. Soy ellas. Soy todas. Soy el canon que nunca existió. La que insiste en habitar lo imposible. Y joder… qué difícil es vivir en lo imposible. Soy mujer. Soy yo, aunque me pierda, aunque me encuentre, aunque a veces no. Aunque a veces sí. Soy mujer. Soy ella. Soy Noah. Soy todas. Noah Higón
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Dove 
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@nh487 es una de las personas que mejor transmite sentimientos con palabras. Aprovecho sus letras para desearos que tengáis un buen día ☕
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Tu siempre recuerdas mis primeros pasos, como si la vida tuviera metrónomo y tu corazón marcara el compás. Los recuerdas incluso antes de que yo pudiera nombrarlos, antes de que mi memoria aprendiera a sostener imágenes, antes de que yo supiera que era yo. Como si hubieras estado ensayando mi existencia mucho antes de que mis pies tocaran el suelo. Me has visto “aprender a andar” tantas veces que ya no sé si hablo de la infancia o de todas las caídas que vinieron después. Porque crecer, mamá, ha sido tropezar en distintas edades con el mismo miedo a no poder. Y tú, siempre tú, mirando cada intento como si fuera el primero. Nunca es igual, es verdad. Ni la emoción, ni el camino, ni la meta. Pero siempre hay algo que se repite: tu mirada sosteniéndome cuando el paso duda. He cruzado pasillos que parecían interminables, he llegado a ventanas que daban a paisajes desconocidos, he sentido mis pasos desordenados, arrítmicos, como si la vida olvidara la música. Y, sin embargo, avanzaban. Lentos, sí. Pero firmes. Porque cuando camino contigo al lado, el suelo deja de ser amenaza y se convierte en posibilidad. Contigo, mamá, hasta un campo de minas sería apenas un jardín lleno de advertencias, porque tu mano convierte el peligro en cuidado y el miedo en impulso. Tú no solo recuerdas mis primeros pasos. Has sido la razón por la que siempre encuentro el valor para dar el siguiente. Noah Higón
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Se ve mi Valencia dormida. O casi. Qué bonita es cuando calla. (Y siempre) Cuando el ruido se pliega sobre sí mismo y la ciudad parece latir despacio, como si también necesitara coger aire. Aquí nada es del todo silencio. Aquí las cabezas no descansan: piensan, sobrepiensan, dibujan futuros posibles en el techo mientras la noche avanza sin hacer preguntas. Las ventanas son nuestra única conexión con el mundo exterior. Rectángulos de luz donde el mundo sucede sin tocarnos. Cristales que nos devuelven un reflejo que a veces no reconocemos. Desde aquí todo parece lejano: las risas que suben desde la calle, los pasos que cruzan la acera, la vida que continúa aunque el cuerpo pida pausa. Y, sin embargo, en esta quietud forzada también hay una forma de esperanza. Una espera suave, casi invisible, como la promesa de un amanecer que aún no vemos pero sabemos que llegará. Ojalá pronto otro reflejo. Otra imagen en el cristal. Otra versión de mí mirando la ciudad no desde la distancia, sino desde la vida. Noah Higón
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Que no daría yo por no empezar de nuevo si empezar de nuevo significara un mundo donde tú no fueras mi madre. No cambiaría ni una sola grieta de mi historia si al hacerlo corriese el riesgo de cambiarte a ti. Porque incluso en el dolor, incluso en esta vida que a veces pesa más de lo que cabe en el pecho, estás tú. Y eso lo sostiene todo. Que no daría yo por verte sonreír cada mañana sin miedo, sin el teléfono aferrado a la mano como si fuera un salvavidas, sin esa alerta permanente que te roba el descanso y te deja la preocupación habitando en los ojos. Ya te lo he escrito alguna vez, aunque escribirlo duela: tu hija enferma apenas convive con la vida, la negocia. La sobrevive. La intenta sostener con dedos cansados mientras tú la sostienes a ella. Yo daría todo —todo lo que he sido, lo que soy y lo que pudiera llegar a ser— por elegirte en todas las vidas, en todos los universos posibles, en cada versión del mundo que exista o pueda imaginarse. Porque sin ti, yo no. Y sin nosotras, nuestro pequeño universo tampoco tendría sentido. No me llores. No me sufras. Si pudiera, te arrancaría la pena del pecho como quien quita una espina clavada. Si pudiera, cambiaría el peso de tus noches por la ligereza de una risa limpia. Pero mientras tanto, déjame quererte así: con esta intensidad que nace del miedo y se convierte en certeza. Eres mi casa. Mi principio. Mi lugar seguro incluso cuando todo carece de sentido. Y si algo no cambiaría jamás de mi vida, aunque me dieran la oportunidad de reescribirla entera, serías tú. Te quiero ma. Noah Higón
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“Si la duda es la esperanza de los locos, prefiero no saber cuánto nos queda”.
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A pesar de todo no pienso morirme. No mientras me quede una brizna de aire atascada en los pulmones. No mientras el corazón, testarudo, siga marcando el ritmo aunque le hayan explicado mil veces que sería más fácil rendirse. No pienso morirme aunque el miedo se siente a los pies de la cama y pronuncie mi nombre en voz baja. Aunque el cuerpo duela, aunque las cicatrices aprendan mi geografía mejor que yo. No pienso morirme porque no he terminado de mirar el cielo como si fuera la primera vez. Porque aún me queda risa guardada en los bolsillos. Porque todavía hay abrazos que no saben que existen. Que la vida haga lo que tenga que hacer. Que me desafíe. Que me empuje contra sus paredes. Que me canse. Pero que no espere que me entregue. A mí tendrá que matarme la vida, si es que puede. Porque yo, mientras tanto, voy a vivir con los dientes apretados, con los ojos abiertos y con el alma en pie. Y es que a pesar de todo no pienso morirme. La vida tendrá que matarme. Noah Higón
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No es 28. Pero nosotras seguiremos luchando los 365 (0 366) días del año, los 12 meses del calendario, los 7 días de la semana, las 24 horas del día. Cada minuto, cada segundo. Nosotras también contamos. No somos invisibles. Y sí, la #investigación es nuestra única esperanza.
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Hoy, 28 de febrero, el mundo señala en el calendario el Día Mundial de las Enfermedades Raras. Un día que nació de la mano de distintas organizaciones para recordarle a la sociedad que existimos. Pero para muchas de nosotras no es un día de celebración. Es un recordatorio. Un recordatorio de que seguimos teniendo que explicar lo inexplicable. De que aún mendigamos dignidad. De que hay medicamentos que existen, pero no llegan. De que hay diagnósticos que tardan años. De que todavía hay consultas donde se duda de lo que vivimos en nuestra propia piel. Mientras haya familias suplicando tratamientos que en otros países ya son una realidad, mientras la sanidad pública no abrace con la misma fuerza a todas las patologías, mientras haya profesionales que miren hacia otro lado por desconocimiento o desinterés, hay poco que celebrar. No somos estadísticas. No somos expedientes clínicos. No somos una inversión de dudosa rentabilidad. Somos personas. Personas que quieren vivir. No sobrevivir. Vivir. Vivir con igualdad de oportunidades. Con acceso a tratamientos. Con investigación. Con respeto. Con escucha. Con humanidad. Vivir sin que cada avance sea una batalla. Vivir sin sentir que nuestra enfermedad tiene que justificarse para merecer atención. Si tú estás en el lado amable de la vida, en ese lugar donde las enfermedades raras son solo una noticia fugaz o una palabra difícil de pronunciar, te pedimos algo sencillo y enorme a la vez: míranos. Escúchanos. No nos juzgues. Ayúdanos a hacer visibles nuestras realidades. Porque lo que no se ve, no existe. Y lo que no existe, no se protege. Llevo 27 años luchando por la misma causa. Veintisiete años aprendiendo que la resiliencia no es una elección romántica, sino una necesidad. Veintisiete años entendiendo que mi calendario no marca solo un día señalado en febrero, sino 365 días de resistencia. Me seguiré dejando la piel. Por mí. Por los que ya no pueden. Por los que vendrán. Y seguiré hasta que llegue el día en que no haga falta “celebrar” que existimos. Hasta que la igualdad no sea una reivindicación, sino una realidad. Porque nuestro día no es hoy. Nuestros días son todos. Y también es día de agradecer porque en medio de la reivindicación, de la lucha y del cansancio acumulado, también hay nombres propios que sostienen la vida. Hoy me acuerdo especialmente de Ricardo. Del Dr. Ricardo Gil. Le conocí cuando él era residente y yo era solo una niña a la que “le pasaban cosas”. Cosas sin nombre claro. Cosas que dolían. Cosas que confundían. Cosas que a veces otros no sabían —o no querían— mirar de frente. Él sí miró. Miró con atención. Con respeto. Con esa mezcla de ciencia y humanidad que no siempre se enseña en las facultades, pero que cambia destinos. Sin él, probablemente hoy no estaría aquí. Y no lo digo desde la exageración, sino desde la certeza tranquila que dan los años. Hay médicos que diagnostican, y hay médicos que sostienen. Que se implican. Que investigan cuando nadie más lo hace. Que no se rinden cuando el caso es complejo. Que entienden que detrás de cada informe hay una vida entera. Ricardo fue —y es— de esos. En un mundo donde muchas veces las enfermedades raras parecen estorbar al sistema, encontrar profesionales que luchan por nosotras es encontrar luz en mitad del desconcierto. Es recordar que la vocación existe. Que la medicina, cuando se ejerce con conciencia, es un acto profundo de amor hacia la vida. Gracias por no rendirte. Gracias por creer. Gracias por dedicar algo tan valioso como tu vocación a quienes más lo necesitamos. Hoy, en este día que tantas veces pesa, también celebro eso: que existen médicos que no miran hacia otro lado. Qué se quedan. Qué estudian. Que preguntan. Qué acompañan. Porque a veces sobrevivimos gracias a tratamientos. Pero muchas veces vivimos gracias a personas. Noah Higón
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El dolor esta vez no camina de puntillas. No es ese huésped discreto que se sienta a mi lado sin hacer ruido y me susurra al oído su presencia constante. No. Esta vez el dolor tiene voz. Y la voz atraviesa paredes. Se oye en el pasillo, en la respiración entrecortada de otros, en los gritos que no son solo gritos, sino súplicas. Es una comparsa amarga: cada quejido se suma al siguiente, como si todos estuviéramos agarrándonos a la misma cuerda, deshilachada, mientras la vida tira del otro extremo con una fuerza casi cruel. La vida tensando. Nosotros resistiendo. No os puedo mentir: el dolor aprieta. Aprieta hasta dejar marca. Aprieta hasta hacerte dudar de cuánto cuerpo cabe dentro de un cuerpo. Te muerdes la lengua. Te la muerdes para que tu quejido no se mezcle con el coro. Te la muerdes para que tu madre —que lo sabe aunque no lo nombres— no lea en tu rostro ese desespero que intentas maquillar con entereza. Porque hay dolores que se sufren en voz baja por amor. Para proteger. Para no añadir otra grieta en el corazón de quien ya carga demasiado. Qué triste tener que sobrevivir a tanto para mendigar un poco de vida. Un poco. Solo un poco. No pedimos milagros. Pedimos treguas. Pedimos días sin guerra en la sangre. Pedimos mañanas en las que el cuerpo no sea enemigo. Y aun así, aquí estamos. Resistiendo. Apretando los dientes. Sosteniendo la cuerda aunque queme las manos. Porque incluso en medio del pasillo lleno de ecos, incluso cuando el dolor aprieta tanto que parece que va a partirte en dos, hay algo que no cede: la voluntad mínima, obstinada, casi invisible de seguir. Ojalá los días venidos sean más suaves. Ojalá el dolor no sea en vano. Ojalá tanta batalla tenga sentido algún día. Y si no lo tiene, que al menos quede claro esto: hemos luchado por cada centímetro de vida. Noah Higón
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Iba cantando “Palabras para Julia” mientras el mundo se estrechaba a la medida de un pasillo blanco. “Tú no puedes volver atrás”, decía la letra, y yo tampoco. Ni mi cuerpo. Ni mi historia. Las ruedas de la camilla marcaban el compás de una canción que no habla de quirófanos, pero entiende de heridas. “La vida es bella, ya verás”, y yo la cantaba como quien firma un pacto con lo incierto. Había luces frías en el techo —pequeños cielos artificiales— y aun así pensé: siempre habrá un cielo azul, aunque ahora sea fluorescente. Otros esperan que resistas. Lo decía la canción. Y yo sentí que no solo me esperaba mi madre, ni mi padre con su amor intacto, ni los que me quieren entera. Me esperaba también la mujer que seré después de esto. La que habrá cruzado otra frontera. La que sumará una cicatriz a su mapa de supervivencia. Canté para no ser solo paciente. Canté para seguir siendo voz. Canté porque nadie puede quitarle dignidad a quien entra en quirófano cantando. Y mientras la anestesia iba apagando la luz del pasillo, la canción quedó suspendida en el aire, como una promesa: que la vida empuja, que el dolor no es el destino, que incluso hacia el miedo se puede avanzar entonando esperanza. Noah Higón
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Podría haberlo dicho en seco: me han quitado un riñón. Pero yo no sé vivir sin traducir el dolor en palabras. Me han arrancado una parte que creí inmortal, un compañero silencioso que pensé que vendría conmigo hasta el día en que criase malvas. Ilusa. El destino —ese bromista cruel— decidió que fuese ese síndrome de nombre bonito, evocador, el mismo que nombré para RTVE como recuerdo de 2025, el que se lo llevara. Ay, Noah… qué caprichosa es la vida. Ahora mi piel guarda nuevas constelaciones, cicatrices que brillarán bajo el sol del verano, y mi cuerpo es un mapa torcido que aprende a sobrevivir a base de hostias y milagros pequeños. Podría quedarme llorando lo perdido. Pero prefiero contar lo que aún late. Porque sigo soñando. Y sé —con esa fe testaruda que me habita— que a mi riñón derecho le queda mucho camino, mucho amor, mucha lucha bonita, mucho mundo por ver. La vida será distinta. Más frágil. Más intensa. Más real. Lo único que me pesa de verdad no es la ausencia, sino no haber podido regalarla. Que ese riñón no haya servido para salvar otra vida me deja una espina clavada en el pecho. Por eso os lo digo bajito pero firme: sed donantes. Cuando ya no lo necesitéis, alguien estará esperando seguir viviendo. Conforme pasan los años me van despojando de partes de mí, como a una muñeca antigua a la que le quitan piezas pero nunca el alma. Ahora, además de coleccionar diagnósticos, además de ser sorda, además de cargar nombres raros en el cuerpo, también camino con un riñón menos. Así, sin dramatismos. Versión reducida, edición especial. Y sí, está bien reírse de una misma. Porque la risa también es medicina clandestina, porque burlarme del desastre es mi manera elegante de seguir viva. La vida no sale como la soñamos. Pero aquí sigo. Aprendiendo a que no siempre gane ella. Noah Higón
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Antes de cruzar una puerta tan grande como la que hoy me espera —esa que huele a hospital, a luz blanca y a silencio contenido— he sentido, una vez más, la necesidad de dejarlo todo dicho. Benditas publicaciones programadas. Bendita la posibilidad de hablar incluso cuando el cuerpo está ocupado resistiendo. Siempre, antes de cada batalla, me gusta ordenar por dentro. Doblar los miedos. Colocar las esperanzas en su sitio. Y repetir “te quiero” tantas veces como sea posible, por si acaso. Porque nunca hay que dejarse nada en el tintero. Nunca. Hoy estoy en paz. En paz con cada cicatriz que me ha enseñado a pronunciar mi nombre con más fuerza. En paz con lo luchado, con lo construido a pulso, con lo que dolió y aun así floreció. En paz, sobre todo, con lo vivido. Sé que el camino que viene no es sencillo. Habrá piedras que no avisan. Habrá baches que no pedí. Habrá días en los que el cansancio pese más que la esperanza. Pero también habrá instantes robados a la vida. Pequeños destellos. Un refresco compartido. Una risa inesperada. Un mensaje que llega justo cuando hace falta. Y qué bonito es —y será siempre— robarle momentos a la vida, incluso cuando ella parece empeñada en ponernos a prueba. Siempre os dije que me asustan los momentos de felicidad. No porque no los quiera, sino porque en mi historia casi siempre vienen acompañados de una caída después. Así es mi vida. Cíclica. Cambiante. Intensa. Pero profundamente vivida. No he sabido hacerlo de otra manera. Si ahora mismo estoy en quirófano, quiero que sepáis algo: no entro desde el miedo, entro desde la valentía aprendida. No entro rota, entro consciente. No entro sola, porque me llevo cada abrazo, cada palabra, cada gesto. Espero veros al otro lado del miedo. Al otro lado del dolor. Al otro lado de esta puerta que hoy se cierra para abrir otra. Cuidaos mucho, pequeños viandantes. De verdad. Y hoy, vivid un poquito más. Por mí. Por vosotros. Y por todos los que no pueden hacerlo. Que la vida, incluso cuando duele, sigue siendo un regalo inmenso. Quirófano número 22, ¡allá vamos! Noah Higón
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Jordi Sabaté Pons
Jordi Sabaté Pons@pons_sabate·
Estoy pensando en ir a las fallas de Valencia. Nunca he ido y quiero llorar de emoción ya que soy un amante de la pirotecnia. No sé si hay algunos sitios para ver una mascletà con mi severa discapacidad. Si alguien conoce algún sitio pagando que contacte conmigo por favor.
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