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⭕️ @AlTiempoDgo | Un carnaval en medio de la guerra. @FelipeCorrea_1.
El Carnaval de Mazatlán se llevará a cabo del 12 al 17 de febrero. Una festividad que, por su historia y simbolismo, es uno de los grandes íconos de la ciudad; sin embargo, este año se desarrollará en un contexto marcado por la violencia, la sangre, las desapariciones y un prolongado silencio institucional, en medio de una narco-guerra que parece no tener fin tras casi 17 meses de enfrentamientos constantes.
El festejo se realizará dentro de una especie de burbuja de “pacificación”. De manera oficial, las autoridades han informado que se desplegarán más de 10 mil elementos del Ejército, la Marina, la Guardia Nacional, policías estatales y municipales, además de fuerzas especiales, con el objetivo de garantizar un carnaval sin hechos violentos.
Mientras los representantes de los sectores restaurantero y hotelero emiten mensajes de confianza y optimismo, en Mazatlán se vive una tensa calma. Sus habitantes conocen mejor que nadie la realidad que se respira en las calles: una realidad que aparece en los discursos oficiales, pero que no ha sido transformada por las acciones anunciadas, las capturas mediáticas ni las estrategias de seguridad que, hasta ahora, no han logrado mitigar lo que se vive a diario.
Organizar un carnaval en medio de una guerra entre distintas facciones del crimen organizado es una decisión compleja. De ninguna manera puede calificarse como valiente o audaz; resulta, más bien, difícil de comprender. La alegría, el festejo y la diversión no pueden sustituir el silencio ensordecedor de las familias que buscan a sus seres queridos desaparecidos, ni el llanto de las madres que rastrean fosas con la esperanza de encontrar a sus hijos.
Mazatlán tendrá, quizá, el carnaval más vigilado del que se tenga memoria y se colocará inevitablemente en el epicentro de la atención mediática nacional. La expectativa es alta, pero aún mayor es la exigencia de justicia, de acciones contundentes y de una paz largamente anhelada, arrebatada durante años a punta de balas y sangre. A este escenario se suma, además, la presencia del sarampión en Sinaloa, una amenaza silenciosa que avanza sin distinción entre la población más vulnerable.
La paz en Sinaloa no dependerá del Carnaval, ni de consideraciones económicas, ni de decisiones coyunturales. La pacificación es un proceso largo, que se construye con acciones diarias, honestas y sostenidas. Inicia, sobre todo, con políticas públicas que respeten el dolor de quienes han sido golpeados por la violencia, una realidad que debió ponderarse con mayor profundidad antes de apostar por la celebración.

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