
«Siempre estaba enojado y sentía un gran vacío en mi corazón. Nada me hacía feliz. Entonces me casé con una mujer muy devota, y en casa ella leía la Biblia todas las mañanas. Al cabo de un tiempo me preguntó: “¿Quieres que te lea en voz alta?”. Así que me senté y ella empezó a leerme la Biblia en voz alta cada mañana. Finalmente le dije: “Bueno, déjame leerla yo”, y así comencé a leérsela en voz alta. Y entonces fue como si el Señor me dijera: “Chuck, es hora de volver a casa. Ya ha pasado suficiente tiempo”. Y ahora mi corazón está lleno de nuevo».
