
“Se le metieron al patio de la casa”, dicen ahora los mismos que llevan años convirtiendo el miedo en estrategia política. Pero las distancias existen. Las vías públicas existen. Y Google Maps también. Qué tragedia para la ficción uribista. El mural fue pintado sobre un muro ubicado en plena vía pública (ver imagen 1), no dentro de ninguna propiedad privada. Desde ese punto hasta el PRIMER anillo de seguridad hay aproximadamente 300 metros (ver imagen 2). Y no estamos hablando de una tranquera cualquiera: justo al frente funciona una subestación de Policía. Para llegar realmente a la casa hay que pasar tres filtros de seguridad, recorrer cerca de 1 kilómetro y atravesar controles donde no entra nadie “porque sí”. (ver imagen 3). Entonces no. Nadie “irrumpió” en ninguna casa. Nadie “violó” la seguridad. Nadie estuvo siquiera cerca del comedor donde se toman el tinto familiar que ahora usan como escenario de victimización nacional. Lo que realmente pasó fue otra cosa: Pintaron un número que persigue políticamente al uribismo porque representa una verdad histórica que jamás han podido borrar del imaginario colectivo: 7837. Y ahí fue cuando apareció el séquito completo: políticos, escoltas, cámaras y hasta el gobernador, montando una escena casi cinematográfica alrededor de un mural hecho sobre espacio público. Qué curioso. Cuando las víctimas reales denunciaban masacres, desplazamientos y desapariciones, les pedían pruebas, silencio y “no polarizar”. Pero para un mural a cientos de metros de distancia sí alcanzó el Estado entero. Colombia, ese lugar donde un grafiti genera más reacción institucional que miles de campesinos asesinados.



























