Karim A Nesr@karimanesr
23 cosas que los hijos hacen solo por un tiempo… y luego desaparecen para siempre.
Un día dejan de correr hacia ti en cuanto se despiertan.
Ese ruido de pasitos en el pasillo, el salto a tu cama, las manos frías buscando calor…, sin darte cuenta, se transforma en silencio… y en una puerta que ya no se abre.
Dejan de decir: “¡Mami, papi, mira!”
Ya no hay piedras mágicas ni dibujos urgentes que mostrar.
Su mundo se vuelve más grande… y tú, poco a poco, ya no eres el centro.
Un día dejan de tomar tu mano al caminar.
Primero la sueltan por segundos… luego para siempre.
Y aunque siguen a tu lado, algo invisible ya empezó a alejarse.
Dejan de dormirse en tus brazos.
Ese peso cálido, esa respiración que se acompasa con la tuya…
un día desaparece sin despedirse.
Dejan de creer que tu beso lo cura todo.
Las heridas ya no están en las rodillas…, y empiezan a doler en lugares donde no puedes soplar.
Dejan de traerte sus “tesoros”.
Hojas secas, palitos, papeles arrugados…, ya no necesitan compartir cada pequeño hallazgo contigo.
Un día dejan de pedirte que les leas un cuento.
Las voces, los personajes, las noches compartidas…,
son reemplazadas por pantallas y silencios propios.
Dejan de buscar tu cama en mitad de la noche.
Ya no hay pies fríos ni abrazos improvisados.
Solo el eco de lo que fue rutina.
Dejan de abrazarte sin motivo.
Antes lo hacían por impulso, sin pensar.
Luego, el abrazo se vuelve más escaso… y más medido.
Dejan de llamarte para todo.
Antes eras la respuesta a cada duda.
Ahora aprenden a resolver… sin mirarte primero.
Dejan de reírse a carcajadas contigo por cualquier tontería.
La risa cambia… se vuelve más contenida, más selectiva.
Dejan de necesitar que los ayudes a vestirse.
Tus manos dejan de abrochar botones…, y de ser imprescindibles.
Dejan de sentarse en tu regazo porque “ya no caben”.
Pero en realidad… lo que cambia no es el tamaño.
Dejan de despedirse con besos exagerados.
Los “mil besos” se convierten en un gesto rápido… o en un “luego nos vemos”.
Dejan de contarte todo lo que les pasa.
Sus pensamientos empiezan a tener puertas… y no siempre tienes la llave.
Dejan de buscar tu mirada para aprobar lo que hacen.
Y empiezan a buscarla… en otros.
Dejan de necesitar tu compañía constante.
Antes eras su refugio.
Después… solo una opción más.
Dejan de hacerte preguntas sin fin.
El “¿por qué?” se apaga… y con él, una parte de su asombro compartido contigo.
Dejan de creer que eres invencible.
Un día descubren que también dudas, también te cansas… y ya no te miran igual.
Dejan de pedirte que juegues con ellos.
Los juguetes cambian… y tú ya no estás en ese juego.
Dejan de buscar consuelo en tus brazos automáticamente.
Aprenden a sostenerse solos… aunque a veces aún lo necesiten.
Dejan de ser pequeños sin que te des cuenta.
No hay un día exacto.
Solo un cúmulo de momentos que ya no vuelven.
Y un día… dejan de vivir contigo.
La casa sigue en pie… pero ya no suena igual.
Y entonces entiendes que todo aquello… era irrepetible.
La infancia no avisa cuando se va.
No hace ruido al marcharse.
Se disuelve en los días cotidianos… mientras tú crees que aún hay tiempo.
Y por eso, mientras todavía corren hacia ti,
mientras aún buscan tu mano,
mientras todavía eres su mundo entero… míralos, escúchalos, abrázalos más de lo necesario.
Porque un día, sin darte cuenta…
será la última vez.