Salvador Cruz Quintana@boroscq
Irene Montero y la resignación incendiaria de la Izquierda
El hundimiento de Podemos no ha sido solo electoral. En menos de una década ha pasado de disputar la hegemonía cultural a moverse en los márgenes, perdiendo millones de votos, su implantación territorial y la capacidad de condicionar la agenda de España.
Cuando una fuerza política pierde el marco social desde el que interpretaba el país, suele pasar algo previsible. El partido deja de cuidar el lenguaje. Deja de medir consecuencias y empieza a hablar para sí mismo.
Ahí se entiende mejor la deriva de Irene Montero. Sus declaraciones recientes sobre el voto de los inmigrantes no parecen el inicio de un debate serio sobre la ciudadanía o la soberanía. Parecen otra cosa. Una resignación incendiaria. Como si el marco social ya estuviera perdido y solo quedara tensarlo al máximo, aunque eso implique dinamitar los restos del consenso.
No hay construcción. No hay propuesta articulada. Hay provocación moral. El mensaje implícito no es “vamos a convencer”, sino “ya no importa convencer”. Quien no está dentro de su marco queda fuera del campo de lo decente. La política deja de ser persuasión y pasa a ser un desmarque total.
Ese clima se ha filtrado a la cultura. El caso de Óscar Jaenada es revelador porque no habla como un activista marginal, sino como alguien integrado en el sistema cultural.
Cuando él afirma en su última entrevista en El Mundo que “el artista de derechas no existe”, no está defendiendo una estética ni una tradición intelectual. Está estableciendo una frontera moral. La sensibilidad deja de ser una cualidad humana y se convierte en un atributo exclusivo.
La afirmación no busca convencer a nadie. Busca cerrar el campo. El que discrepa no se equivoca, queda deslegitimado como artista, como sujeto sensible y, en última instancia, como interlocutor válido.
Ese tipo de declaraciones no amplían el espacio cultural. Lo encogen. Y cuando el espacio se encoge, la cultura deja de integrar y empieza a expulsar.
Algo parecido ocurre en el terreno de la memoria histórica. La retirada de David Uclés de un acto sobre la Guerra Civil organizado por Arturo Pérez-Reverte no se explica por una discrepancia concreta.
Se explica por no querer compartir espacio con determinadas figuras políticas. El pasado deja de ser un terreno incómodo que se discute y se convierte en un territorio vigilado.
La lógica es peligrosa. Si solo pueden hablar los moralmente certificados, la historia deja de ser una disciplina crítica y se transforma en relato identitario.
Ya no importa qué se diga sobre la Guerra Civil, sino desde dónde se dice y con quién se coincide. El resultado no es más memoria, sino más silencio.
Ese mismo encierro se refleja en el clima de ciertos eventos culturales. Los Premios Feroz, presentados por Samantha Hudson, funcionan cada vez más como rituales de reafirmación interna. El lenguaje, las referencias y las bromas están pensadas para un público que ya está dentro. No buscan traducir la experiencia común, sino confirmar pertenencias.
Se enumeran tragedias ideológicas globales con solemnidad mientras se omiten problemas inmediatos que afectan a millones de personas. No es falta de información. Es desacople. Cuando la cultura pierde la capacidad de leer el clima social y se limita a reproducir su propio código moral, deja de ser un espejo y se convierte en una burbuja.
Todo esto ocurre en un contexto económico que erosiona cualquier discurso progresista si no se afronta con honestidad.
Desde 2018, el poder adquisitivo real ha caído. La electricidad se ha encarecido más de un 50%, la cesta de la compra cerca de un 40% y el combustible alrededor de un 30%. La vivienda se ha convertido en un cuello de botella vital.
El ciudadano medio es hoy más pobre en términos reales, aunque se le repita lo contrario.
Frente a ese desgaste, la respuesta no ha sido reconstruir un proyecto convincente, sino subir el volumen moral. Más consignas, más gestos y más advertencias. El ciudadano ya no es un interlocutor. Es un sospechoso. Ya no se le habla para enriquecerlo, sino para clasificarlo.
Aquí está la clave. Esta izquierda no se radicaliza porque crea que va a ganar así. Se radicaliza porque asume que ha perdido el marco social. Y cuando se pierde el marco social, algunos optan por quemarlo para que nadie más lo use.
El problema es que ese fuego no intimida al adversario político. Quema al ciudadano corriente. A quien no se siente facha, pero tampoco se reconoce en un discurso que lo examina, lo corrige y lo desprecia.
Y cuando ese ciudadano se va, el espacio no queda vacío. Lo ocupa quien, con más o menos acierto, habla sin desprecio.
El problema no es la derrota electoral. El problema es confundir la pérdida de credibilidad con una traición moral del país.
Porque cuando una izquierda deja de cuidar lo que dice, no demuestra valentía, demuestra que ya no espera convencer a nadie.