𝗺𝘂𝗻̃𝗲𝗰𝗼.
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Tuvo que acariciarse una de las sienes tras presenciar la escena, cerrando momentáneamente los ojos al mismo tiempo que suspiraba con resignación; siempre tenía que ser en su turno. — ¿Necesitas sangre o eres una especie de androide? Preguntó. Qué más le quedaba.

No lo hará, no está tan urgida como para manosear muñecos, aunque puede ponerle algún vídeo cochino y dejarlo a solas en su habitación.

Efectivamente se encontraban disponibles, pero, ¿qué buscaba con exactitud? ¿Aprender medicina con ella o solo matar el tiempo? Como sea, cualquiera de ambas razones le servían.

También se puede pajear con ellas, aunque de ser así no las quiere de regreso.

Pues, podría lavarlas y regresarlas, ella estará muy agradecida.

Incluso se las puede regalar, si quiere.

Uh claro, que la acompañe. Salma lo lleva al sitio donde vive. Un departamento, o más bien cuarto, que se compre de tres espacios: sala/habitación (la cama aparece nada más al entrar), cocina y baño. —¿Que le pasó a tu ropa? —pregunta quitándose los zapatos.

¿Se quiere poner un vestido? Bueno, ella no juzga fetiches ajenos. Tiene varios en el armario.









