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Mi jefe me mandó un mensaje un domingo a las 10 de la noche.
Solo decía: "Necesito hablar contigo mañana. Algo importante."
Nada más. Sin contexto. Sin explicación.
Intenté contestarle. No respondió.
Me quedé despierto hasta la una pensando. Repasé todo lo que había hecho en el último mes. Los proyectos. Los correos. Una reunión donde quizás hablé de más. Un informe que entregué un día tarde.
A las 6 de la mañana ya estaba duchado y listo, ensayando mentalmente cómo defenderme de algo que todavía no sabía qué era.
Llegué a la oficina antes que nadie. Me senté. Esperé.
Mi jefe entró a las 9, me vio, y dijo: "Ah, ya llegaste. Ven."
Me llevó a la sala de juntas. Cerró la puerta.
Respiré hondo.
"Mira", dijo, "sé que esto es de repente, pero la empresa decidió abrir una nueva oficina en Medellín. Necesito a alguien de confianza liderando el equipo. Quiero que seas tú. Doblaría tu sueldo."
Me quedé callado un momento.
"¿Por eso no podías escribirme eso en el mensaje?", le dije.
Se encogió de hombros.
"No sé mandar buenas noticias por WhatsApp. Siempre suenan raras."
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