Valenking
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@valentinconh
Standing on the shoulders of giants. Ateo militante, adicto a los mazapanes, diletante. Sonríe, la vida es bella.






Padrastro que casi mata a pequeño de 6 años ofrendó sangre del niño a la ‘Santa Muerte’ El hombre de 34 años colectó un poco de la sangre de las heridas del niño D. A. H. V., su hijastro, con sus dedos para untarla luego sobre un altar a la ‘Santa Muerte’ así como en un tatuaje del mismo personaje en su brazo zocalo.com.mx/padrastro-que-…



Dios, Alá, Cristo, Spiderman y El Quijote existen en la medida en que estos personajes ficticios se encuentran en el imaginario colectivo. Y lo siento pero es así.



Dios, Alá, Cristo, Spiderman y El Quijote existen en la medida en que estos personajes ficticios se encuentran en el imaginario colectivo. Y lo siento pero es así.



Catalina Giraldo Silva, psicóloga colombiana de 30 años, lleva más de una década viviendo un infierno clínico: trastorno depresivo mayor refractario, trastorno límite de la personalidad y trastorno de ansiedad. Ha probado 40 esquemas farmacológicos distintos, nueve hospitalizaciones psiquiátricas, tres ciclos de electroconvulsiva, terapias, ketamina… todo. Nada funciona. En octubre de 2025 solicitó a su EPS el suicidio médicamente asistido —no eutanasia, sino el procedimiento donde un médico le entrega el medicamento y ella misma lo administra— para morir con dignidad y acompañada de su mamá y su hermana. Y ella, con una honestidad que duele, lo dijo claro en entrevista con Noticias Caracol: “Espero que no me vayan a hacer una misa. No tengo a Dios, pero tengo a mi familia”. Añadió que quizá todo sería más fácil si creyera en un dios y en una vida eterna, pero que no le sirve. Punto. Ella no tiene dios, es atea. Tiene familia. Y tiene un sufrimiento que ya no aguanta. Entonces, como era previsible, las redes se llenaron de la habitual caterva de mojigatos. “Busque a Dios”, “Entregue su vida a Cristo”, “Solo Jesús cura la depresión del alma”, “Ore, hermana, Dios tiene el milagro”, “No ha intentado a Dios”. El mismo copy-paste de siempre. La misma falta de empatía disfrazada de “preocupación”. La misma grosería disfrazada de amor. Primero: imagínense que le dicen a un creyente que está sufriendo una enfermedad terminal o una depresión profunda: “¡Busque a Dios! ¡Péguese a Dios! ¡Ruegue a Dios!”. ¿Qué respondería el creyente si es honesto? “¡Obvio, idiota! ¿Crees que no lo estoy haciendo ya? ¿Crees que necesito que me lo recuerdes un millón de veces como si fuera un niño de cinco años que se olvidó de rezar? Gracias por recordarme lo que ya sé, genio”. Sería ofensivo, redundante, paternalista y absurdo. Porque asumir que un creyente no está buscando a su dios en medio del dolor es tratarlo de estúpido o de tibio. Ahora multipliquen esa grosería por mil y aplíquenla a una atea declarada como Catalina. Le repiten “crea en Dios”, “busque a Dios”, “invóquelo” como si Dios fuera un genio de la lámpara que solo aparece si lo frotas con fe suficiente. ¿Acaso Dios es tan débil, tan impotente, tan condicionado que necesita que la persona crea en él para actuar? ¿Un ser omnipotente, omnisciente y bondadoso solo ayuda si le ruegan y le creen? ¿Y si no, se queda cruzado de brazos viendo cómo sufre una persona que ya intentó todo lo humano? Peor aún: ¿dónde estaba ese mismo Dios cuando miles de creyentes devotos —católicos, evangélicos, pentecostales— han muerto de cáncer, depresión, enfermedades terminales o se han suicidado a pesar de haber orado, ayunado, ido a misa, leído la Biblia y “pegado” a Dios hasta el cansancio? ¿No se supone que la fe mueve montañas? Pues las montañas siguen ahí, y los cementerios están llenos de creyentes que murieron sufriendo exactamente lo mismo que Catalina, o peor. Decirle a una atea que “busque a Dios” no es ayuda. Es insulto. Es aprovechar el dolor ajeno para hacer proselitismo barato. Es la típica arrogancia religiosa que no soporta que alguien diga “no creo” y lo deje en paz. Es la mojigatería que no tolera que una mujer adulta, consciente y exhausta ejerza su autonomía sin que le metan por la garganta su dios particular. Catalina no pidió oraciones. Pidió respeto a su decisión. Pidió no lastimar más a su familia con un suicidio violento y solitario. Pidió morir con dignidad, acompañada. Y en vez de eso, recibe sermones de gente que nunca ha vivido su infierno, pero que sí vive con la certeza de que su fe es la solución universal. Esa es la verdadera imprudencia, la verdadera grosería y la verdadera estupidez de una sociedad mojigata: usar el sufrimiento humano como vitrina para vender creencias que, objetivamente, no han demostrado ser la panacea que prometen. Catalina tiene familia. No tiene dios. Y eso debería bastar. El resto es ruido. Ruido irrespetuoso, ruidoso y, sobre todo, inútil.




















