Venus 66
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Fidel Castro, el abogado que nunca ganó un juicio.
El soldado que nunca mostró ni tuvo heridas de guerra.
El supuesto libertador que cambió una dictadura por otra más larga, más sucia y más criminal.
El apestoso de Birán se graduó de Derecho en 1950 y jamás dejó rastro de una victoria jurídica real en los tribunales de la República.
Ni una sentencia emblemática, ni un caso ganado que merezca archivo. Mucha toga y poca ley. Lo suyo no fue el Código Penal sino el micrófono ensalivado, la consigna hueca y el tumulto de acólitos fanatizados. Cuando intentó jugar al abogado tras el fallido asalto al cuartel Moncada el 26 de julio de 1953, al que llegó tarde, terminó preso y salvado no por su genio legal, sino por una amnistía política en 1955 que le cayó del cielo como caen las cosas en Cuba, sin merecerlas.
Después vino el soldado de utilería. Mucha guerrilla contada y poca metralla comprobable. Ninguna marca de guerra documentada, ningún balazo en el cuerpo, ninguna cicatriz que no fuera la del ego. Mientras otros morían en la Sierra Maestra entre 1957 y 1958, él administraba el relato, la muela y el teque; cuidando el pellejo y preparando la foto. El uniforme verdeolivo no olía a pólvora sino a teatro. Cada vez que aparecía un periodista extranjero, él, tan jinetero como siempre, lucía planchado, almidonado, con un tabaquito sin estrenar.
Ganó poder, no batallas. Entró en La Habana el 8 de enero de 1959 montado en una épica inflada y, desde ahí, convirtió la revolución en propiedad privada. El abogado sin juicios montó tribunales revolucionarios sin garantías. El soldado sin heridas mandó a fusilar desde tarimas, con La Cabaña funcionando como matadero político en 1959, mientras el populacho aplaudía y bajaba la cabeza, cómplice y eufórico.
Prometió pan y dejó libreta de racionamiento. Prometió soberanía y entregó el país a Moscú en 1962, llevándolo al borde del exterminio nuclear durante la Crisis de los Misiles en octubre de ese año. Prometió dignidad y exportó miseria. Prometió al hombre nuevo y produjo colas, chivatazos y mucho miedo.
Nunca fue abogado de la ley, sino fiscal del odio. Nunca fue soldado del frente, sino general del balcón. Nunca fue estadista, sino caudillo eterno.
Su única batalla ganada fue contra la libertad del cubano, y esa la sostuvo durante décadas gracias al silencio, la propaganda y la obediencia de una masa que prefirió sobrevivir antes que plantarse.
Y todavía hay quien lo llama líder, cuando lo correcto, lo mínimo decente, es llamarlo por lo que fue. El coma-andante del desastre.
El revolucionario que nunca respetó la vida
El libertador que prohibió salir del país
El antiimperialista que le mendigó a Moscú
El estadista que destruyó la economía
El moralista que fusiló sin juicio
El patriota que convirtió Cuba en una cárcel
El líder del pueblo que le tuvo miedo al pueblo
El enemigo del capitalismo que vivió como rey
El educador que adoctrinó en vez de enseñar
El internacionalista que exportó muerte y fracaso
El mito que solo sobrevivió a fuerza de propaganda
Yo me cago hasta en tu muerte, que fue demorada y extendida.


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