Salvador Cruz Quintana@boroscq
El wokismo no es simplemente un hijo degenerado de la "French Theory", como si las ideas viajaran solas por el aire y conquistaran universidades por seducción literaria.
Las ideas no mueven la historia por sí mismas. Las ideas se insertan en las instituciones, universidades, editoriales, departamentos, tribunales, partidos, ministerios, fundaciones, empresas, medios de comunicación...
El problema no es Foucault escribiendo en París. El problema es Foucault convertido en aparato administrativo.
El wokismo no es sólo una enfermedad intelectual. Es una ideología funcional de sociedades políticas en descomposición, especialmente en imperios satisfechos que empiezan a perder confianza en su propia estructura histórica.
No es una mera estupidez, es una tecnología de poder. La deconstrucción funciona como una trituración de formas históricas objetivas.
Tritura la nación, la familia, el sexo, la religión, la escuela, la autoridad, el mérito, la continuidad histórica, la idea de verdad, la idea de herencia...
Pero no lo hace desde una crítica racional superior, sino desde una sospecha universal que deja intacto un nuevo dogma.
Porque cuando se destruye una institución real, no aparece el vacío. Aparece otra institución.
Si se destruye la familia, aparece el Estado terapeuta.
Si se destruye la escuela como transmisora, aparece la escuela como laboratorio ideológico.
Si se destruye la nación, aparecen las identidades fragmentarias.
Si se destruye la verdad común, aparece la verdad gestionada por comités, expertos, sensibilidades y censores.
Es decir, la deconstrucción no libera al individuo. Lo entrega a otros poderes menos visibles.
Y no todo es poder, no porque el poder intervenga en las ciencias, en las instituciones o en los discursos.
La geometría no es verdadera porque la imponga una clase dominante. La cirugía no funciona porque la bendiga una institución burguesa. Un puente no se sostiene por consenso discursivo. Un antibiótico no cura por hegemonía cultural.
Hay verdades que no dependen de opiniones, identidades ni relatos, porque están operatoriamente ancladas en la realidad.
Una técnica funciona o no funciona. Un misil alcanza o no alcanza. Una presa resiste o se rompe. Un diagnóstico acierta o mata.
Por eso el relativismo posmoderno vive de una trampa. Niega la verdad en teoría, pero depende de ella en la práctica. Nadie quiere un cirujano deconstructivo cuando le abren el pecho.
El wokismo es una especie de religión política secularizada, pero de baja calidad doctrinal.
Tiene pecado original, que ya no es Adán, sino Occidente.
Tiene culpa hereditaria, que ya no viene por la caída, sino por raza, sexo, clase o nación.
Tiene confesión pública, que son las disculpas rituales.
Tiene herejía, que es la incorrección política.
Tiene inquisidores, que son activistas, burócratas, periodistas y departamentos universitarios.
Tiene salvación, que nunca llega, porque siempre aparece una nueva opresión que purgar.
Pero a diferencia del cristianismo, que al menos construyó catedrales, hospitales, universidades, órdenes, liturgias, calendarios y una idea fuerte de persona, esta religión política produce sobre todo lenguaje administrativo, culpa flotante y vigilancia moral.
No crea una civilización. Administra su resentimiento. Este fenómeno encaja con la izquierda indefinida, aquella que ya no sabe cuál es su sujeto político real.
La vieja izquierda podía equivocarse, pero hablaba de obreros, salarios, producción, propiedad, industria, soberanía, Estado, sindicatos, clases sociales...
La nueva izquierda habla de identidades, heridas, símbolos, sensibilidades, lenguaje inclusivo, privilegios invisibles y subjetividades vulnerables.
Ha pasado de la fábrica al seminario. Del conflicto económico al expediente psicológico. De la organización política a la liturgia moral. De transformar la realidad a fiscalizar el lenguaje. Ya no construye abundancia, gestiona la culpa.