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CARTA ABIERTA DE UNA RANITA
A la sociedad que observa, decide… y a veces olvida.
Señores todos:
No sé exactamente en qué momento mi existencia se volvió un detalle prescindible. Tal vez fue cuando alguien trazó una línea sobre un mapa sin notar que ese trazo cruzaba un hogar. O cuando un bosque dejó de ser un ecosistema para convertirse en “superficie disponible”. O quizás cuando ustedes, con admirable eficiencia, aprendieron a mirar sin ver. Algo tan vuestro al día de hoy.
No los culpo del todo. Comprendo que, en medio de sus urgencias —tan legítimas, tan humanas—, lo pequeño tienda a desdibujarse. Después de todo, ¿qué peso puede tener una vida diminuta frente a la promesa de crecimiento, de energía, de progreso? Es una pregunta razonable… si uno acepta, claro, que el valor de las cosas se mide únicamente por su utilidad inmediata.
Yo no tengo esa ventaja. No produzco, no consumo, no voto. No figuro en indicadores ni en balances. Mi existencia no mueve mercados ni titulares. Y, sin embargo, he estado aquí mucho antes de que alguien pensara en domesticar el paisaje. He resistido lluvias, sequías, depredadores y silencios. He sobrevivido, incluso, a ustedes.
Porque sí, aunque suene incómodo, sobrevivir al ser humano se ha vuelto una forma de resistencia.
He visto cómo los lugares que alguna vez fueron refugio se transforman en territorios fragmentados, cómo el murmullo del agua es reemplazado por el zumbido constante de lo que llaman desarrollo. He sentido cómo el aire cambia, cómo el suelo pierde memoria, cómo la vida —esa red invisible que los sostiene también a ustedes— se vuelve cada vez más frágil.
Y lo más desconcertante no es la transformación en sí, sino la indiferencia que la acompaña. Esa serenidad con la que algunos aceptan que todo esto es, simplemente, el costo de avanzar. Como si la desaparición de lo irrepetible pudiera amortizarse en cuotas.
Permítanme una pequeña ironía: han logrado algo extraordinario. Una especie capaz de: alterar el clima del planeta, rediseñar continentes, extinguir formas de vida, contaminar los océanos y llenar el espacio de basura… y, al mismo tiempo, convencerse de que nada de eso es realmente su problema. Es una hazaña intelectual notable: la de separar el poder de la responsabilidad con una precisión quirúrgica. No cabe duda, son una raza superior.
Pero hay algo que quizás no han considerado del todo. Cada vez que una vida como la mía desaparece, no sólo se pierde una especie. Se pierde una historia, una función, un equilibrio. Se pierde, también, una parte de ustedes mismos, aunque no lo perciban de inmediato. Porque no están fuera de este sistema. Nunca lo han estado.
No escribo esto desde el reproche —sería inútil—, sino desde una forma más sutil de incomodidad. Esa que aparece cuando uno sospecha que pudo haber hecho algo distinto. Esa que no se resuelve con argumentos, sino con conciencia.
A quienes han defendido, protegido, cuidado incluso lo que no conocen, gracias.
Han demostrado que la sensibilidad no es debilidad, sino una forma de inteligencia. Han entendido que la grandeza de una sociedad no se mide por lo que conquista, sino por lo que decide no destruir.
A los demás —a quienes aún creen que todo esto es exagerado, secundario o simplemente ajeno—, no tengo mucho que ofrecerles salvo una invitación incómoda: intenten imaginar un mundo donde el silencio no sea paz, sino ausencia. Donde lo que hoy consideran insignificante ya no esté, y nadie quede para recordarlo.
Tal vez entonces comprendan que nunca se trató de mi, una ranita.
Se trataba de ustedes.
Con una persistencia que aún resiste, se despide y les saluda Atte.,
La Ranita de Darwin.
Un diminuto anfibio de una especie amenazada de extinción. @MisColumnas

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