ทวีตที่ปักหมุด

Tengo en mano el documento notarial que acredita mi dominio total sobre un piso sito en la calle Juncal, en esquina. Este documento pone fin a 32 meses de disputas legales y patrimoniales derivadas de la muerte de mi abuela, y luego, de mi padre.
El precio sufragado, de 300 mil dólares por las cuatro cuartas partes del mismo, no fue dispuesto por libre acuerdo, sino por imposición judicial. Este valor de referencia, en mi opinión, no coincidía con su precio de mercado respectivo y se ubicó al menos un 10% por encima de lo que hubiera correspondido. Sin embargo, convalidé este capricho contencioso.
Podría haber desistido y rubricado otro documento que permitiese a una inmobiliaria comercializarlo (por un monto menor), tal como querían otros condóminos, pero decidí oblar la suma por muchas razones. La más importante es la historia familiar que arrastra este piso.
Mis abuelos vivieron acá. También mi padre, tía y prima. Todos muertos. Hay muchas vidas y pertenencias personales que todavía hoy no terminé de dilucidar; múltiples pequeños y grandes elementos de familias patricias, de mundos que ya no existen. Puede ser una colección Espasa-Calpe, pueden ser unos impertinentes de nácar, o una carta firmada por Perón. También un reconocimiento comunal español, o un cable clasificado de la Embajada Argentina en Perú.
De algún modo, este piso es una heterotopía: un naufragio en el tiempo donde convergen mundos contingentes, como si fuera una cápsula del tiempo que condensa las vidas de varias generaciones. Todo colapsa en armarios, exhibidores, bibliotecas, y cajas.
Algunas cosas tienen la caligrafía de mi abuela. Referencias escuetas en centenares de fotos, en objetos, en cuadernos. Hay decenas de recuerdos de familias amigas que ya se han extinto. Yo mismo heredé dos bóvedas en el cementerio de Ezpeleta, de ellas, una correspondiente a otra familia con la que jamás tuve relación alguna.
Encontré anotaciones de mi abuelo en libros de masonería, su colección de trenes, y la de negativos y positivos fotográficos. Están las fotos del casamiento (y posterior divorcio) de mi padre, las cartas con su ex-mujer, parte de los trabajos y memorabilias de su vida. Tengo las pinturas de mi prima, sus libros y sus fotos en tetas. También tengo la casa de muñecas de su hija huérfana, todo esto pienso entregarle cuando decida indagar sobre sus orígenes.
¿Puedo decir que soy dueño? ¿Puedo decir que esta es mi casa? ¿O sólo oficio de custodio, de arqueólogo de historias? Pensar en el valor comercial del inmueble alivia la carga, después de todo, esto es vendible, es modernizable, de hecho, estoy tirando paredes y renovando todo. Llevo la cápsula al siglo XXI.
Si quisiera, podría liquidarlo todo, invertir en bonos del Tesoro Americano y no trabajar nunca más. Logré ordenar, mejorar, optimizar, renegociar, y administrar los recursos de tal forma que, incluso sin vender, podría vivir de rentas sin mover un dedo. Pero, ¿qué honor hay en eso?
Todos estarán muertos, sí, pero todavía creo en el futuro. Yo mismo me estoy esperando al final del camino, y jamás fui miserable ni un mimado. Tiene que haber más historia que construir. Dueño o custodio, el fuego sagrado del ímpetu es innegociable.
Más que todo pretendo construir un clan, poblar. La fantasía es similar a la del Antiguo Testamento. Para mí, para la familia que fue, es un nuevo inicio. El único comienzo, el último final.

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