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No soy fanática, es convicción: amo a mi patria y muestro gratitud al incansable luchador Andrés Manuel López Obrador y a nuestra presidenta, la Dra. Claudia Sheinbaum Pardo.
La historia no la escriben los tibios ni la forjan los oportunistas. La historia es el pulso de los pueblos, el latido de quienes han sabido resistir contra la adversidad y sostener la dignidad incluso cuando el viento soplaba en contra. Y en esa historia que se escribe con la tinta indeleble de la lucha, hay nombres que no necesitan aplausos, porque su legado habla por sí mismo. Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum Pardo no son figuras pasajeras ni políticos improvisados: son la síntesis de una causa que se construyó con años de perseverancia, de sacrificios y de convicción inquebrantable.
Me dicen fanática los mismos que han prostituido la palabra “patria” para justificar su servilismo a intereses ajenos. Los que ayer callaban ante el saqueo de la nación, hoy pretenden darnos lecciones de civismo. Fanatismo es entregar los recursos de México a los extranjeros y llamarlo modernidad; es saquear al pueblo y después posar como defensor de la democracia. No se equivoquen: no soy fanática, soy una mujer con memoria, con gratitud y con amor profundo por mi país.
Andrés Manuel López Obrador no es solo un expresidente, es un hombre que, antes de pisar Palacio Nacional, ya había sido prisionero del sistema que combatió. Lo quisieron doblegar con el desafuero, con el desprecio de las élites, con la persecución mediática… y no pudieron. Se convirtió en el líder de una revolución pacífica que sacudió a México, porque su causa no se basaba en la ambición personal, sino en la justicia social. Hoy, aunque sus detractores lo quieran borrar con calumnias, su obra permanece: hospitales, pensiones, trenes, caminos, universidades y, sobre todo, la conciencia despierta de un pueblo que ya no se arrodilla.
Y Claudia Sheinbaum Pardo no es solo la primera mujer en la Presidencia de México, es la continuidad de un proyecto que no se rinde. Es la científica que entiende que la transformación no es discurso, sino hechos; la política que, con inteligencia y entereza, demuestra que gobernar es servir, no enriquecerse. Su liderazgo no es una casualidad ni una imposición: es el resultado de décadas de trabajo, de preparación y de compromiso genuino con la nación.
El amor con amor se paga, y yo amo a México. Pero mi amor no es de esos que se venden por contratos millonarios o por favores de poder. Mi amor es convicción, es lucha, es conciencia, es el orgullo de saber que mi país no es una mercancía, sino una patria que merece respeto.
A los conservadores hipócritas que hoy claman por una democracia que nunca defendieron, les digo: pueden odiar lo que no entienden, pero no podrán negar lo que es evidente. La historia ya los rebasó y no hay marcha atrás.
P.D. No es amor ciego, es gratitud lúcida. Porque la memoria no olvida y el corazón no traiciona. Hoy y siempre, con México en el alma y la determinación intacta.
Con la dignidad de quien no se arrodilla, la memoria de quien no olvida y la convicción de quien lucha por su patria.
Dra. Artemisa López.
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