
La forma más tradicional —y durante mucho tiempo la única— de viajar a la Antártida es por mar. La mayoría de las expediciones parten desde Ushuaia, el punto más austral del continente, y desde ahí comienza una travesía tan épica como desafiante.
El primer gran tramo es el cruce del Pasaje de Drake, una de las zonas más turbulentas del planeta, donde se encuentran el océano Atlántico, el Pacífico y el Austral. Durante 48 a 72 horas, el barco atraviesa olas intensas y un movimiento constante que puede ser exigente… aunque no siempre es así. Hay días en los que el Drake sorprende con relativa calma. Y en esa incertidumbre también vive parte de su mística: es la antesala a la Antártida, un ritual de paso que muchos consideran parte esencial del viaje.
Pero existe otra manera de llegar.
Desde Punta Arenas, algunas expediciones ofrecen volar directamente hasta la Isla Rey Jorge. Empresas como Antarctica21 operan este tipo de viajes: en solo dos horas de vuelo, evitás por completo el Drake y pasás de Sudamérica a la Antártida de forma directa.
Una vez que aterrizás, la experiencia continúa a bordo de una embarcación que ya está operando en la zona durante toda la temporada. Desde ahí, navegás entre glaciares, icebergs y fauna única, pero sin haber pasado por el tramo más largo y demandante del viaje.
En definitiva, cruzar el Drake tiene algo casi simbólico, una especie de puerta de entrada al continente blanco… pero también implica más tiempo y mayor exigencia.
Volar, en cambio, simplifica todo: acorta distancias y hace que la Antártida esté mucho más cerca, especialmente para quienes llegan desde la otra punta del mundo.
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