Se que mi timeline tiene gente MUY ELEGANTE y me pregunta mi familia por sitios en madrid para alquilar/comprar un smoking con garantía de buen servicio y rapidez. #Ayuda
Si parásemos por la calle a cualquier persona —a cualquier señora, a cualquier tertuliano jubilado de bar, a cualquier millennial con nostalgia impostada por los noventa— y le pidiésemos que dijera lo primero que se le venga a la cabeza al oír el nombre de Jesús Gil, probablemente lo primero que respondería sería: “Atlético de Madrid”. Y a continuación: “Marbella”.
Y después: “el jacuzzi”. Ese jacuzzi (o piscina). Ese plató húmedo y kitsch donde Gil aparecía como una especie de versión ibérica de Jabba the Hutt, rodeado de modelos falsas —falsas en el sentido de que no parecían exactamente humanas, sino más bien como generadas por un algoritmo analógico y turbio que combinaba curvas con bikinis y sonrisas de mercadillo—, y con un micro de corbata colgado de una cadena de oro, que era, probablemente, lo único que se veía de él que no fuese piel o grasa o vello o voz.
Ese micro, además, tenía un cable largo —negro, discretísimo— que se hundía en el agua sin que a nadie, absolutamente a nadie, se le pasase por la cabeza que eso pudiese ser un problema. No porque no nos importase su salud (que, siendo honestos, su salud y él llevaban ya un tiempo sin parecer buenos amigos), sino porque era casi impensable que algo tan vulgar, tan cotidiano como una descarga eléctrica pudiese afectarle en lo más mínimo. ¿Jesús Gil, muerto por electrocución en un jacuzzi de Telecinco? Por favor. La idea producía risa. Era como imaginar que a un rinoceronte lo mata una aspirina. Además —dato técnico, un poco decepcionante— los voltios que circulan por un micro de corbata no alcanzan ni para matar a una rana: como mucho, un cosquilleo, un sustito, un espasmo leve en la espinilla. Nada a lo que un cuerpo como el de Gil —geológico, tumultuoso— no pudiese sobrevivir mientras seguía hablando a cámara y haciendo gestos con las manos.
Dirían que gritaba. Que insultaba. Que hablaba como si cada frase fuese una sentencia judicial en versión chabacana. Que amenazaba árbitros, aporreaba mesas, que le partió la cara a algún otro presidente en un arranque de testosterona vintage. Que inventó un partido político con sus iniciales (el GIL, Grupo Independiente Liberal, claro que sí, más ególatra que eso solo sería bautizar un partido “Jesús Gil, Sociedad Ilimitada”). Que malversó fondos. Que urbanizó más allá del apocalipsis. Que convirtió Marbella en un decorado de cartón piedra para millonarios en chanclas y mafiosos en yate.
Que lo multaron, que lo condenaron, que lo absolvieron, que lo reeligieron. Que lo amaron. Que lo odiaron. Que fue un icono pop cuando aún no sabíamos que todo podía serlo.
Pero casi nadie —y esto es lo de verdad significativo— recordaría, al menos de primeras, que antes de todo eso, mucho antes del jacuzzi, de los bikinis, del caballo que abrió la cabalgata del doblete y trotaba metafóricamente por el palco presidencial como si fuera el epílogo de una zarzuela mal montada, Jesús Gil fue el responsable directo de la muerte de cincuenta y ocho personas. Y de ciento cuarenta y siete heridos. Cincuenta y ocho muertos.
No en una guerra. No en un atentado. No en una cadena de decisiones oscuras e impersonales. En un complejo turístico de lujo con zonas verdes, lago artificial, apartamentos y un restaurante preparado para grandes banquetes. En un edificio.
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Esto es un extracto de "Catedral de Escombros". Del capítulo "La culpa y el espectáculo", en el que cuento como, a veces, la sociedad absuelve a los culpables, los digiere y los regurgita convertidos en estrellas mediáticas.
España, 1931:
Tienes quince años y pillas la tuberculosis. Te llevan a un sanatorio en un remoto paraje de la sierra. Vas a pasarte —te dicen— un año encerrado.
¿Qué haces?
Le sucedió a Cela y se refugió donde pudo: en la biblioteca del sanatorio. Postrado en la cama, devoró clásicos, ensayos, poesía, filosofía… Aquello cambió su vida.
Pero un chaval de los años 30 mirando el techo postrado en la cama no tenía muchas opciones.
Nosotros, en cambio, tenemos entretenimiento digital infinito y acceso instantáneo a todo el conocimiento de la historia de la humanidad.
¿Qué sabes de Schopenhauer?
Yo, nada. Decidido a ponerle remedio, me dirijo a YouTube, que está lleno de charlas y documentales. Pero la mayoría son —no buscaré un eufemismo— basura.
Casi todos los contenidos culturales que encuentro en internet son productos de entretenimiento. Épicas recreaciones cinematográficas diseñadas para pasar el rato.
Es el signo de los tiempos: fast food intelectual que te hincha pero no te alimenta. ¡Qué estadounidense es esto! Contar la historia como si fuese una película de Hollywood.
Pero yo no quiero historias de Disney con buenos, malos y una princesa. Yo no quiero asombrarme, ni emocionarme, ni entretenerme. Yo quiero aprender de visiones que ensanchen mi instalación en el mundo. Y quiero rigor. No quiero ser un consumidor pasivo de sofá; estoy dispuesto a hacer un esfuerzo intelectual.
Pero, ¡ay! no puedo leerme las 880 páginas de «El mundo como voluntad y representación». Yo no estoy postrado en la cama de un sanatorio, mirando el techo. Yo no tengo una eternidad por delante. La vida me arrastra por otras sendas cada mañana, a las siete de la mañana.
¡Hace mucho que una vida entera ya no basta para leer todo lo interesante del mundo!
Cuesta mucho encontrar en línea contenidos culturales de calidad, pero de vez en cuando aparece, entre la basura, una hebra de oro.
La Fundación @la_march_madrid publica en su canal de YouTube unas excelentes conferencias. Bien preparadas; de expertos que no temen ahondar cuando toca.
Me he visto ya varias. Y aunque sigo siendo un ignorante, ahora ignoro un poco menos sobre Schopenhauer.
Es muy difícil encontrar buenos contenidos culturales. Así que sirva esta reflexión como humilde agradecimiento público a la Fundación Juan March y a su director, @JavierGomaL.
(Y si conocéis otros yacimientos similares naufragados en las procelosas aguas de estos mundos digitales… ¡compartidlos en los comentarios! Que con mucho agradecimiento tomaré nota de todo).
❤️
@pbrionesmqz y resto del Sanedrín Gastronómico, YO OS INVOCO. De la inmensa lista de sitios de Córdoba ¿tasca sin renovar desde los 80, de servilleta en suelo y comida de abuela?
En este vídeo se explica que en la Capilla Sixtina prenden fuego a los papeles de los votos en una estufa. En la Capilla Sixtina. No podían alquilar un polideportivo o un Centro Social para el Cónclave.