
Gustavo Arce
534 posts



El registro. Por Daniel Kiper. La frase “los argentinos de bien” se pronuncia en discursos presidenciales y circula como circulan las cosas que parecen inofensivas: de boca en boca, de acto en acto, con esa naturalidad de lo que no necesita explicación. “Los argentinos de bien”, dice Javier Milei, y muchos asienten como si supieran exactamente de qué se trata; como si ese adjetivo —bien— hubiera estado siempre ahí, esperando ser pronunciado. Al principio, nadie se preocupa demasiado. Las categorías abstractas producen ese efecto tranquilizador: permiten suponer que uno, naturalmente, pertenece al lado correcto. Pero empiezan a aparecer indicios. En algún lugar del país —una casa baja del conurbano, un pueblo de la Argentina profunda— un jubilado empieza a entender que no está incluido en esa frase. No ocurre de golpe. Nadie se lo dice. Pero lo percibe en la forma en que le hablan de números, de gastos, de cuentas que no cierran. Lo percibe con esa precisión que tienen los cuerpos para anticipar lo que la cabeza todavía no formula: empieza a sobrar. En otra parte, una madre que acompaña a su hijo con discapacidad es convocada a acreditar lo que hasta entonces era evidente. Los certificados no alcanzan. Tampoco los informes. Cada prueba genera una nueva exigencia, como si la verificación se volviera más importante que la necesidad. Cada revisión, cada sospecha, cada demora le devuelve una pregunta que no debería existir: ¿y si no importamos? Más lejos, en una universidad que todavía resiste con aulas llenas y presupuestos vacíos, un estudiante descubre que estudiar puede ser considerado un exceso. No lo escucha en una clase ni en un discurso académico. Lo escucha en el aire, en esa forma nueva de hablar de los recursos como si fueran una escasez natural y no una decisión. Así se dibuja, sin mapas ni decretos, una frontera. De un lado, los que entran en la definición. Del otro, los que empiezan a quedar afuera sin saber exactamente en qué momento cruzan la línea. Porque el “argentino de bien”, en esta nueva gramática, no es necesariamente el que trabaja, cuida, enseña o sostiene. Es el que gana. El que se impone. El que sobrevive al mercado y, si puede, se sirve de él. No importa demasiado cómo llega. Lo que importa es que llegó. Por eso, en este mundo al revés —que sólo parece exagerado hasta que se lo mira de cerca— el evasor puede ser celebrado como un astuto, el que fuga como un previsor y el especulador como un intérprete lúcido de la libertad. Mientras tanto, el que necesita, el desempleado, el jubilado, el discapacitado, el trabajador al que no le alcanza, empieza a ser mirado como una carga. Las personas experimentan entonces una forma silenciosa de desplazamiento. Siguen estando, pero ya no del mismo modo. Con el tiempo, algunos advierten que existe un registro. No es visible. Nadie puede consultarlo. No figura en ninguna oficina ni depende de una autoridad claramente identificable. Sin embargo, su existencia resulta irrefutable. Es el registro de los “argentinos de bien”. En ese registro, lo que parece en la superficie un programa económico —una serie de decisiones inevitables frente a la escasez— revela su forma verdadera: una manera de ordenar a las personas. Una forma de decir, sin decirlo, quién tiene derecho a existir plenamente y quién no. Los otros deben resignarse a una existencia disminuida. Se ensayan explicaciones. Se dice que es una distinción moral. Pero nadie puede definir esa moral. Se supone que responde al cumplimiento de la ley. Pero quienes mejor encajan en la categoría no siempre la respetan. Se advierte, finalmente, que el criterio es otro. El “argentino de bien” coincide, casi siempre, con quien logra imponerse en el mercado. No es necesario producir. Tampoco contribuir. Basta con haber alcanzado una posición desde la cual las reglas dejan de operar del mismo modo. En ese punto, ciertas conductas cambian de signo. //continúa











La silla vacía de River Cuando el liderazgo se reemplaza por la ausencia. En el fútbol argentino hay pocas mesas donde se decide el destino de los torneos, los calendarios y las reglas. Una de ellas es el Comité Ejecutivo de la AFA. River tenía allí una silla. Ahora eligió convertir su ausencia en un hecho público. Pero en el fútbol —como en la política— las sillas vacías no permanecen vacías: alguien siempre llega a ocuparlas. Y cuando eso ocurre, las decisiones continúan, pero sin River. La grandeza de un club no se mide en los caminos cómodos. El liderazgo se prueba cuando el debate se vuelve áspero y las decisiones pesan. Ahí es donde se da la pelea, se marcan rumbos y se defiende un modelo institucional. River nació para liderar el fútbol argentino y latinoamericano, no para ausentarse de las salas donde se lo gobierna. Porque cuando un club grande se retira de la mesa, el problema no desaparece: simplemente otros deciden. Y los partidos que se abandonan no se ganan. Nosotros queremos un River presente: que discuta, proponga, confronte y marque el rumbo. Un River ganador, que haga valer su palabra, su fútbol, su grandeza y su prestigio en cada instancia. Daniel Kiper










🤍❤️ Queremos a River ❤️🤍 Muchos cargos. Ninguna idea. La dirigencia de River suma nombres, funciones y cargos importados, pero diluye responsabilidades y evita definir un rumbo. La llegada de Pablo Longoria no ordena: profundiza un modelo donde el organigrama reemplaza al proyecto y la estructura encubre la falta de conducción. Hay una antigua tentación —que acaso sea una de las formas más discretas del extravío—: creer que la complejidad se resuelve agregando capas. La actual dirigencia de River, en sintonía con la anterior y en su aparente vocación por el fracaso futbolístico, parece haber sucumbido an ella con una perseverancia digna de mejores causas. Ya no alcanza con un responsable del fútbol. Ahora tenemos varios. Un manager de fútbol: Francescoli. Un secretario técnico: Ponzio. Un embajador del club: Trezeguet.. Y, para que la arquitectura no carezca de solemnidad ni de acento internacional, ahora se incorpora un Director Deportivo: Pablo Longoria. La multiplicación de cargos sugiere orden. Como los laberintos. Y los laberintos, se sabe, no están hechos para salir, sino para perderse. Se dirá —y ya se dice— que se trata de profesionalizar la estructura. Que el fútbol moderno exige especialización, jerarquías claras, funciones definidas. Que el organigrama, por sí solo, produce lucidez. Sin embargo, hay en esa acumulación algo que inquieta: la sospecha que, cuanto más se reparte la responsabilidad, más se diluye. Porque cuando se superponen cargos, ya no queda del todo claro quién tiene una idea. Ni quién responde cuando esa idea no aparece. Longoria llega desde el Olympique de Marseille, donde ejerció —según se afirma— un poder considerable. El resultado de esa experiencia, si se lo despoja de toda cortesía retórica, ofrece una secuencia bastante reconocible: entrenadores que se suceden sin afirmarse, planteles que se renuevan, decisiones que se multiplican y una idea que nunca termina de fijarse. No es necesario exagerar. Basta con observar. En Olympique designó a seis entrenadores en cinco años —Jorge Sampaoli, Igor Tudor, Marcelino, Gennaro Gattuso, Jean-Louis Gasset y Roberto De Zerbi— sin contar interinatos. Eso no constituye una teoría. Constituye una evidencia. En el Vélodrome, los hinchas no estaban fascinados con la modernización. Había pancartas. Había protestas. Cuando Longoria se fue, no hubo duelo. Hubo alivio. Y las evidencias, a diferencia de los powerpoints, tienen la mala costumbre de no poder maquillarse. Hay una ironía que la dirigencia parece no advertir: mientras más se invoca la palabra “estructura”, menos visible se vuelve la idea. Se habla de mercado, de scouting, de redes, de modelos. Se habla —mucho—. Pero el fútbol, que es un lenguaje más antiguo que sus burócratas, exige algo bastante más simple y bastante más difícil: una dirección. No una sumatoria. Porque una cosa es organizar funciones. Otra, muy distinta, es tener rumbo. Y la directiva de River parece convencida de que el problema es de estructura, cuando en realidad es de orientación. Como si el desconcierto pudiera corregirse agregando cargos. Como si la falta de proyecto se resolviera sumando oficinas. O, peor aún, sumando fusibles. Se pueden acumular nombres, cargos y términos en inglés. Se puede hablar de scouting, de mercados y de redes globales. Se puede importar léxico, manuales y presentaciones. Pero hay algo que no se compra en Europa. Ni en cuotas. Ni con powerpoint. La identidad. Y cuando una dirigencia deja de pensar el fútbol desde la identidad para pensarlo desde el organigrama, el problema ya no es estético. Es institucional. Porque nuestro club empieza a parecerse menos a su historia… y más a una estructura que se administra a sí misma. River no necesita solemnidad administrativa. Necesita rumbo futbolístico. Porque un club puede sobrevivir a una mala racha. Pero no debe naturalizar nunca la sustitución del proyecto por la burocracia.




El Club Atlético River Plate ha logrado la aprobación de un financiamiento internacional por hasta US$100.000.000 destinado al desarrollo de infraestructura social, educativa y deportiva y la obra de ampliación y remodelación del Estadio Mâs Monumental. El financiamiento será estructurado en conjunto con BID Invest —el brazo de financiamiento al sector privado del Grupo Banco Interamericano de Desarrollo (Grupo BID)— y el Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe (CAF), los principales organismos multilaterales de crédito para el desarrollo de la región. Ambos organismos contribuirán en partes iguales al monto total del financiamiento. El proyecto apoyará la ampliación del nuevo edificio del Instituto River Plate y la residencia juvenil Casa River. La ampliación del estadio contribuirá a mejorar la comodidad de los asistentes, aumentar y diversificar las fuentes de ingresos, incrementar la capacidad para eventos, reducir el ruido y aumentar su uso durante todo el año. El Club destinará al menos el 25 % de los ingresos adicionales provenientes de la ampliación del estadio a becas adicionales y al desarrollo de infraestructura deportiva y social adicional a través de Fondo de Reinversión Social. En Latinoamérica y el Caribe, el fútbol es un poderoso elemento de unión y una herramienta para la integración y transformación social. Las inversiones en clubes deportivos cuyas actividades van más allá del deporte profesional e incluyen el deporte amateur y las iniciativas comunitarias pueden generar importantes beneficios sociales. Las inversiones en infraestructura deportiva y cultural pueden impulsar la actividad económica en el área de influencia del proyecto. Los ingresos comerciales de este proyecto están contractualmente vinculados a educación, becas, deporte femenino e infraestructura comunitaria. A través de la ampliación y modernización del estadio, se busca generar nuevos ingresos privados que serán parcialmente destinados —mediante un esquema contractual— a programas educativos, de inclusión social y desarrollo comunitario. La iniciativa, impulsada junto a CAF y IDB Invest, no apunta al financiamiento del rendimiento deportivo, sino a consolidar un modelo sostenible en el que la actividad del club contribuya directamente a objetivos sociales. El financiamiento contempla un plazo total de 10 años, con un período de gracia de tres, lo que permitirá al Club comenzar a repagar el crédito una vez que la obra empiece a generar los recursos previstos. En este sentido, el esquema de repago se sustenta en los ingresos incrementales que generará la ampliación del Estadio -tanto a través de ticketing como de nuevos acuerdos comerciales vinculados a la mayor capacidad y a las mejoras en la infraestructura- y en el contrato de recitales y el naming. En términos financieros, el crédito está denominado en dólares y se encuentra referenciado a la Secured Overnight Financing Rate (SOFR) —la tasa de interés de corto plazo publicada por la Reserva Federal de los Estados Unidos— más un margen preferencial acorde a las condiciones de mercado, un logro que demuestra la confianza y la solidez financiera de nuestra institución. La aprobación de este financiamiento por es el resultado de meses de trabajo, durante el cual el Club atravesó un exhaustivo proceso de análisis y due diligence por parte de ambas entidades. La rigurosidad de esta evaluación y su resultado favorable constituyen una validación externa de la solidez del proyecto y de la responsabilidad con la que ha sido diseñado el esquema de financiamiento. River Plate se presenta como un socio estratégico por su escala, gobernanza y trayectoria institucional. Como asociación civil sin fines de lucro, con más de 350.000 socios y una extensa red de programas educativos y sociales —incluyendo Casa River, el Colegio River y la Fundación River—, el club ya cuenta con un ecosistema consolidado de impacto en jóvenes y comunidades vulnerables. Desde el punto de vista financiero, la operación introduce condiciones de largo plazo y mecanismos de disciplina que no están disponibles en el mercado local. Se espera que la iniciativa genere empleo, dinamice la actividad económica local y amplíe el acceso a oportunidades educativas y deportivas. En conjunto, el proyecto busca demostrar que las instituciones deportivas pueden funcionar como vehículos efectivos de desarrollo sostenible y replicable en América Latina. Este logro no solo garantiza el avance de una obra estratégica para el crecimiento institucional, sino que también posiciona a River Plate como un referente en materia de gestión, transparencia y acceso al financiamiento internacional dentro del deporte.








