Gustavo Arce

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Gustavo Arce

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@ArceGustav

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Daniel Kiper
Daniel Kiper@kiperdaniel·
Cuando River deja de ser River. ¿A qué jugamos? Por momentos, el fútbol ofrece una ilusión de sentido. Veintidós hombres persiguen una pelota y, sin embargo, lo que se dirime no es sólo un resultado, sino una idea: un estilo, una forma de tratar el balón. A lo largo de nuestra historia, River Plate ha sabido sostener esa idea con una obstinación casi literaria: el culto por la pelota bien tratada, el avance como vocación, la belleza como método y no como ornamento. En este tiempo, en cambio, asistimos a una escena que parece ajena a esa tradición. La derrota ante Atlético Tucumán por 1 a 0 no duele tanto por el resultado —el fútbol admite, como la vida, la contingencia de perder— sino por la forma. Porque lo imperdonable no es la derrota, sino la renuncia. River supo ser un equipo ofensivo, elegante, con gambeta y con ideas. Un equipo que avanzaba no por imprudencia, sino por convicción. Había en su juego una geometría secreta: la defensa ofrecía garantías, el mediocampo ordenaba el mundo con la serenidad de un número 5 que entendía su oficio como un arte de anticipación, y el ataque —esa zona donde la lógica se vuelve invención— encontraba caminos donde otros apenas veían obstáculos. Hoy, en cambio, el equipo parece haber extraviado ese idioma. Se juega a los pelotazos, como si el azar fuera una estrategia. Se reiteran los pases laterales, que no construyen sino que dilatan. Se retrocede, una y otra vez, como si el arco propio fuera un refugio. La lentitud no es pausa: es indecisión. Y la ausencia de sorpresa revela algo más grave que un mal partido: la falta de una idea de juego. Se dirá —y no sin razón— que los cambios requieren tiempo. Que Eduardo Coudet ha asumido hace poco y que toda transformación es, en esencia, un proceso. Pero el tiempo, en el fútbol, no se mide sólo en partidos: se mide en signos. Y hasta ahora, esos signos son esquivos. No se trata de exigir victorias inmediatas — las hubo — ni de reclamar una perfección imposible. Se trata, apenas, de reconocer un rumbo. Porque River no es únicamente un club que gana o pierde. Es —o ha sido— una forma de jugar. Una ética. Una memoria compartida que no se cifra en los resultados, sino en el modo de alcanzarlos. Quizá el problema no sea que River haya perdido un partido. Quizá el problema sea más íntimo y más profundo: que, desde hace mucho tiempo ya, no sabemos a qué jugamos. Y cuando un equipo olvida su estilo, corre el riesgo de olvidar también su historia. Y en ese olvido —como en todos— hay algo más que una derrota. Hay una pérdida. 🤍❤️ Queremos a River ❤️🤍 Daniel Kiper
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Gustavo Arce
Gustavo Arce@ArceGustav·
Excelente. Explica de manera simple una realidad tan compleja...buenisima nota! @CFKArgentina @Kicillofok
Daniel Kiper@kiperdaniel

El registro. Por Daniel Kiper. La frase “los argentinos de bien” se pronuncia en discursos presidenciales y circula como circulan las cosas que parecen inofensivas: de boca en boca, de acto en acto, con esa naturalidad de lo que no necesita explicación. “Los argentinos de bien”, dice Javier Milei, y muchos asienten como si supieran exactamente de qué se trata; como si ese adjetivo —bien— hubiera estado siempre ahí, esperando ser pronunciado. Al principio, nadie se preocupa demasiado. Las categorías abstractas producen ese efecto tranquilizador: permiten suponer que uno, naturalmente, pertenece al lado correcto. Pero empiezan a aparecer indicios. En algún lugar del país —una casa baja del conurbano, un pueblo de la Argentina profunda— un jubilado empieza a entender que no está incluido en esa frase. No ocurre de golpe. Nadie se lo dice. Pero lo percibe en la forma en que le hablan de números, de gastos, de cuentas que no cierran. Lo percibe con esa precisión que tienen los cuerpos para anticipar lo que la cabeza todavía no formula: empieza a sobrar. En otra parte, una madre que acompaña a su hijo con discapacidad es convocada a acreditar lo que hasta entonces era evidente. Los certificados no alcanzan. Tampoco los informes. Cada prueba genera una nueva exigencia, como si la verificación se volviera más importante que la necesidad. Cada revisión, cada sospecha, cada demora le devuelve una pregunta que no debería existir: ¿y si no importamos? Más lejos, en una universidad que todavía resiste con aulas llenas y presupuestos vacíos, un estudiante descubre que estudiar puede ser considerado un exceso. No lo escucha en una clase ni en un discurso académico. Lo escucha en el aire, en esa forma nueva de hablar de los recursos como si fueran una escasez natural y no una decisión. Así se dibuja, sin mapas ni decretos, una frontera. De un lado, los que entran en la definición. Del otro, los que empiezan a quedar afuera sin saber exactamente en qué momento cruzan la línea. Porque el “argentino de bien”, en esta nueva gramática, no es necesariamente el que trabaja, cuida, enseña o sostiene. Es el que gana. El que se impone. El que sobrevive al mercado y, si puede, se sirve de él. No importa demasiado cómo llega. Lo que importa es que llegó. Por eso, en este mundo al revés —que sólo parece exagerado hasta que se lo mira de cerca— el evasor puede ser celebrado como un astuto, el que fuga como un previsor y el especulador como un intérprete lúcido de la libertad. Mientras tanto, el que necesita, el desempleado, el jubilado, el discapacitado, el trabajador al que no le alcanza, empieza a ser mirado como una carga. Las personas experimentan entonces una forma silenciosa de desplazamiento. Siguen estando, pero ya no del mismo modo. Con el tiempo, algunos advierten que existe un registro. No es visible. Nadie puede consultarlo. No figura en ninguna oficina ni depende de una autoridad claramente identificable. Sin embargo, su existencia resulta irrefutable. Es el registro de los “argentinos de bien”. En ese registro, lo que parece en la superficie un programa económico —una serie de decisiones inevitables frente a la escasez— revela su forma verdadera: una manera de ordenar a las personas. Una forma de decir, sin decirlo, quién tiene derecho a existir plenamente y quién no. Los otros deben resignarse a una existencia disminuida. Se ensayan explicaciones. Se dice que es una distinción moral. Pero nadie puede definir esa moral. Se supone que responde al cumplimiento de la ley. Pero quienes mejor encajan en la categoría no siempre la respetan. Se advierte, finalmente, que el criterio es otro. El “argentino de bien” coincide, casi siempre, con quien logra imponerse en el mercado. No es necesario producir. Tampoco contribuir. Basta con haber alcanzado una posición desde la cual las reglas dejan de operar del mismo modo. En ese punto, ciertas conductas cambian de signo. //continúa

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Gustavo Arce@ArceGustav·
@kiperdaniel Excelente. Explica de manera simple una realidad tan compleja...buenisima nota!
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Daniel Kiper
Daniel Kiper@kiperdaniel·
El registro. Por Daniel Kiper. La frase “los argentinos de bien” se pronuncia en discursos presidenciales y circula como circulan las cosas que parecen inofensivas: de boca en boca, de acto en acto, con esa naturalidad de lo que no necesita explicación. “Los argentinos de bien”, dice Javier Milei, y muchos asienten como si supieran exactamente de qué se trata; como si ese adjetivo —bien— hubiera estado siempre ahí, esperando ser pronunciado. Al principio, nadie se preocupa demasiado. Las categorías abstractas producen ese efecto tranquilizador: permiten suponer que uno, naturalmente, pertenece al lado correcto. Pero empiezan a aparecer indicios. En algún lugar del país —una casa baja del conurbano, un pueblo de la Argentina profunda— un jubilado empieza a entender que no está incluido en esa frase. No ocurre de golpe. Nadie se lo dice. Pero lo percibe en la forma en que le hablan de números, de gastos, de cuentas que no cierran. Lo percibe con esa precisión que tienen los cuerpos para anticipar lo que la cabeza todavía no formula: empieza a sobrar. En otra parte, una madre que acompaña a su hijo con discapacidad es convocada a acreditar lo que hasta entonces era evidente. Los certificados no alcanzan. Tampoco los informes. Cada prueba genera una nueva exigencia, como si la verificación se volviera más importante que la necesidad. Cada revisión, cada sospecha, cada demora le devuelve una pregunta que no debería existir: ¿y si no importamos? Más lejos, en una universidad que todavía resiste con aulas llenas y presupuestos vacíos, un estudiante descubre que estudiar puede ser considerado un exceso. No lo escucha en una clase ni en un discurso académico. Lo escucha en el aire, en esa forma nueva de hablar de los recursos como si fueran una escasez natural y no una decisión. Así se dibuja, sin mapas ni decretos, una frontera. De un lado, los que entran en la definición. Del otro, los que empiezan a quedar afuera sin saber exactamente en qué momento cruzan la línea. Porque el “argentino de bien”, en esta nueva gramática, no es necesariamente el que trabaja, cuida, enseña o sostiene. Es el que gana. El que se impone. El que sobrevive al mercado y, si puede, se sirve de él. No importa demasiado cómo llega. Lo que importa es que llegó. Por eso, en este mundo al revés —que sólo parece exagerado hasta que se lo mira de cerca— el evasor puede ser celebrado como un astuto, el que fuga como un previsor y el especulador como un intérprete lúcido de la libertad. Mientras tanto, el que necesita, el desempleado, el jubilado, el discapacitado, el trabajador al que no le alcanza, empieza a ser mirado como una carga. Las personas experimentan entonces una forma silenciosa de desplazamiento. Siguen estando, pero ya no del mismo modo. Con el tiempo, algunos advierten que existe un registro. No es visible. Nadie puede consultarlo. No figura en ninguna oficina ni depende de una autoridad claramente identificable. Sin embargo, su existencia resulta irrefutable. Es el registro de los “argentinos de bien”. En ese registro, lo que parece en la superficie un programa económico —una serie de decisiones inevitables frente a la escasez— revela su forma verdadera: una manera de ordenar a las personas. Una forma de decir, sin decirlo, quién tiene derecho a existir plenamente y quién no. Los otros deben resignarse a una existencia disminuida. Se ensayan explicaciones. Se dice que es una distinción moral. Pero nadie puede definir esa moral. Se supone que responde al cumplimiento de la ley. Pero quienes mejor encajan en la categoría no siempre la respetan. Se advierte, finalmente, que el criterio es otro. El “argentino de bien” coincide, casi siempre, con quien logra imponerse en el mercado. No es necesario producir. Tampoco contribuir. Basta con haber alcanzado una posición desde la cual las reglas dejan de operar del mismo modo. En ese punto, ciertas conductas cambian de signo. //continúa
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Gustavo Arce
Gustavo Arce@ArceGustav·
@pablocalvari @TradicionalRP Como se nota que operas para Caselli. En la asamblea sus representantes votan con el oficialísimo, al igual que los de Trillo y Lunatti. Los únicos que le vienen votando en contra son los de Kiper. Hechos no ver$o.
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Pablo Calvari
Pablo Calvari@pablocalvari·
LA REELECCIÓN, EL SUEÑO QUE DESVELA A DI CARLO. Yayito Di Carlo quiere ir por su reelección como Presidente de River. Para eso deberá modificar el estatuto y obtener los votos de las 4/5 partes de los representantes de socios que se presenten ese día a votar. No la tiene fácil. Y él lo sabe. Aunque es más fácil arreglar "ausencias" que votos (me dijo alguna vez una persona que sabe mucho de la política del club) Por tal motivo es que Yayito Cozza Di Carlo dió la órden de NO pelearse con los hombres del banquero dueño del Banco Macro y ex Presidente de River que quedaron en la CD, hasta lograr el cambio de estatuto. Necesita de sus votos. Su entorno más cercano, en cambio, quiere romper relaciones con el ex Presidente y con Donofrio. Al precio que sea. Por el momento Di Carlo cuenta con los votos propios (oficialismo) y con los votos de los representantes de Trillo, Lunati y Kiper. Aunque Trillo no tiene a su tropa alineada 100% detrás de él. Antonio Caselli (recuperado de una dura enfermedad) vuelve a posicionarse como el ÚNICO OPOSITOR y ya le declaró la guerra al Presidente de River. Qué decisión tomarán los representantes de socios que responden a @JorgeBrito? Le darán los votos para que @stefanocdicarlo logre modificar el estatuto de @RiverPlate e ir por su reelección?? O respaldarán a Jorge Brito y seguirán firmes en sus diferencias con el jóven Presidente de River?
Pablo Calvari tweet mediaPablo Calvari tweet media
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Gustavo Arce retweetledi
Daniel Kiper
Daniel Kiper@kiperdaniel·
Penal. Sin discusión. En cualquier liga seria, esta jugada se cobra. Acá, no. En el Monumental, con Herrera como árbitro y Paletta en el VAR, lo evidente se volvió opinable. Y cuando lo evidente se discute, el problema ya no es la regla: es quién la aplica. Este video no es una comparación caprichosa. Es una prueba. La misma jugada. Distinto criterio. Un resultado que termina beneficiando a unos y perjudicando a otros. Corresponde un reclamo formal, claro y sin ambigüedades. River no puede naturalizar estas situaciones. A los futbolistas les exigimos juego. A los dirigentes, que estén a la altura. Fuente del video Instagram ESPN
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Daniel Puerta 7
Daniel Puerta 7@Daniel_impresor·
@kiperdaniel Maestro años de dirigente tenes. Vos te creias que irte de la AFA Les iba a salir Gratis ? Vos te pensabas que cantar Chiqui Tapia Boton iba a ser gratis ? Les regalaron penales contra equipos de la B para juntarle puntitos a Coudet. En el MAS IMPORTANTE TE PASARON LA FACTURA.
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Daniel Kiper
Daniel Kiper@kiperdaniel·
El rendimiento de River Plate puede discutirse. Pero la aplicación de las reglas, no. Por eso corresponde exigir formalmente la separación del equipo arbitral y de los responsables del VAR. Y decirle claramente a los dirigentes de la A.F.A.: NO. Así, no. Cuando el árbitro elige no ver, y cuando el VAR —creado para corregir lo evidente— guarda silencio, ya no estamos ante un error. No podemos naturalizar estas situaciones. El penal no cobrado a River Plate no admite relativizaciones. Es una jugada puntual, concreta, verificable, que incidió directamente en el resultado. ¿Qué controla el VAR si no interviene en lo que está obligado a revisar? ¿Para qué se dictan reglas si no las cumplen quienes deben aplicarlas con imparcialidad y responsabilidad? No es una discusión técnica. Es una cuestión de credibilidad. Y la credibilidad no se negocia.
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Gustavo Arce
Gustavo Arce@ArceGustav·
@pablocalvari El techado del estadio y la extensión del plazo del predio de Cantilo a 30 años fueron aprobados por unanimidad.
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Pablo Calvari
Pablo Calvari@pablocalvari·
#Ahora #AsambleaRiver Se aprobó balance por 98 a 38 votos. Los otros temas (Techado, Recitales, etc) aprobados todos por unanimidad Falta una votación.
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Gustavo Arce
Gustavo Arce@ArceGustav·
@pablocalvari No, los representantes de Kiper votaron en contra del balance, del contrato de recitales y del contrato de naming. Fueron aprobados por 128 votos a favor y 10 en contra (los representantes de Kiper) estos últimos temas. Infórmate bien.
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Daniel Kiper
Daniel Kiper@kiperdaniel·
Ángel. Una decisión. Una tragedia. Por Daniel Kiper. Hay decisiones que no se anuncian como tragedia, pero la contienen. Llegan con el lenguaje sereno de los expedientes, con la prolijidad de las firmas, con la tranquilidad aparente de quien cree estar haciendo lo correcto. No tiemblan, no dudan, no se detienen. Y, sin embargo, en algún pliegue invisible, llevan ya el germen de lo irreparable. La historia de Ángel empezó a torcerse ahí. No en el hospital. No en la autopsia. No en la noticia. Empezó cuando alguien decidió por él sin comprenderlo del todo. Durante meses, su vida fue discutida en un expediente judicial, donde los niños no litigan y, cuando hablan, no siempre son escuchados. Había denuncias, versiones cruzadas, informes, intervenciones. El lenguaje habitual de los conflictos entre adultos. La Justicia de Familia decidió. Ordenó una “revinculación”. La palabra parecía suficiente. Como si nombrar el vínculo bastara para crearlo. Como si el afecto pudiera organizarse por decreto. Como si el miedo —si es que estaba— fuera apenas un desajuste corregible. Pero hay palabras que, cuando se aplican sin mirar, dejan de describir y empiezan a encubrir. Ángel vivía desde muy pequeño con su padre. Allí estaba su mundo, que no es una abstracción sino una suma de cosas mínimas: una cama conocida, una voz que tranquiliza, una rutina que se repite hasta volverse certeza. Ese mundo fue alterado. No con violencia visible, sino con algo más sutil: una decisión. Porque el derecho, cuando se ejecuta sin detenerse en lo singular, puede volverse una forma silenciosa de ruptura. Se dirá —y con razón— que había una denuncia. Que el sistema no puede ignorarla. Que la violencia exige respuestas urgentes. Todo eso es cierto. Pero hay una verdad más incómoda, menos repetida: que la urgencia no puede reemplazar al discernimiento. Que una denuncia no es una sentencia. Que una medida cautelar no es una verdad. Y que cuando el derecho confunde esos planos, empieza a producir efectos que no siempre puede reparar. Porque entonces ocurre algo aún más grave: la cautelar deja de ser provisoria y se vuelve destino. Se instala, se prolonga, se naturaliza. Y en ese tránsito silencioso, hay padres que son apartados sin sentencia, niños que son desplazados sin convicción, y decisiones que se consolidan sin haber sido verdaderamente justificadas. En los márgenes de los expedientes —allí donde las palabras no alcanzan— suelen quedar señales que nadie termina de leer del todo: un niño que no quiere irse, un gesto de rechazo, un silencio más largo de lo habitual. No son pruebas en el sentido clásico. Son algo más difícil: advertencias. El derecho argentino reconoce, desde hace tiempo, que los niños tienen derecho a ser oídos. No como una formalidad, no como una ceremonia vacía, sino como una condición de legitimidad de cualquier decisión que los afecte. Pero escuchar no es registrar. Escuchar es, a veces, detenerse. Y aquí no hubo detención. Después de la decisión, ocurrió lo que suele ocurrir cuando el Estado cree haber terminado su tarea al firmar una orden. Se retiró. La revinculación, que debía ser un proceso vigilado, se volvió un hecho consumado. Lo que exigía seguimiento, controles, presencia, quedó librado —todo indica— a la inercia de los acontecimientos. En ese vacío empezaron a acumularse cosas que, vistas en conjunto, dejan de ser anecdóticas: Un cambio de colegio decidido sin acuerdo. Un desarraigo sin transición. Un niño que, según se denuncia, no estaba bien alimentado. Un niño que presentaba signos de violencia. Nada de eso ocurre de un día para otro. Ocurre cuando no hay nadie mirando. El domingo 5 de abril, el cuerpo de Ángel dijo lo que no había sido suficientemente escuchado. Llegó al hospital con el silencio de las cosas que llegan tarde. Paro cardiorrespiratorio. Lesiones internas en la cabeza. A partir de ese momento, el lenguaje cambió. //continua
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Daniel Kiper
Daniel Kiper@kiperdaniel·
River, Belluschi y la necesidad de una explicación Hay cuestiones que, aun con el paso del tiempo, no pierden relevancia institucional. Algunas incluso la incrementan, cuando nuevos elementos documentales obligan a revisarlas con mayor rigor. La transferencia de Fernando Belluschi al Olympiacos de Grecia es una de ellas. De acuerdo con la información registrada en el sistema internacional de FIFA, el pago de la operación habría sido canalizado a una cuenta bancaria en Grecia —Alpha Bank, Atenas— atribuida al Club Atlético River Plate. Este dato, por sí solo, no constituye una conclusión definitiva. Pero sí plantea interrogantes que resultan razonables y necesarios: ¿Esa cuenta pertenecía efectivamente al club? ¿Fue autorizada por sus órganos de gobierno? ¿Fue declarada y registrada en la contabilidad institucional? ¿Ingresaron los fondos al patrimonio social? Estas preguntas no son retóricas. Son inherentes a la responsabilidad de administrar una asociación civil. Cabe recordar que River inició en su momento una acción judicial para esclarecer estos hechos. Existía un proceso en curso que podía contribuir a determinar con mayor precisión lo ocurrido. Sin embargo, la Comisión Directiva decidió desistir de la acción y del derecho, asumiendo las costas del proceso. Esa decisión, legítima en términos formales, no elimina la necesidad de una explicación sustantiva. Por el contrario, la refuerza. Porque en una institución como River, el patrimonio no pertenece a quienes lo administran circunstancialmente, sino a sus socios. Y los socios tienen derecho a conocer con claridad el destino de los recursos del club. No se trata de formular imputaciones anticipadas ni de reabrir discusiones con ánimo polémico. Se trata de algo más básico y más exigente: garantizar que la gestión institucional se desarrolle sobre bases de transparencia, información y rendición de cuentas. Las preguntas están planteadas. Las respuestas, aún pendientes. Confiemos en que todo se encuentra en orden y que la institución brindará las explicaciones correspondientes con la claridad que su historia y sus socios merecen.
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PMG
PMG@pablo_2611·
@kiperdaniel @juste4all_ Proponer no implica q lo pudieras hacer, si no fíjate lo q pasa en la vereda d enfrente. A esta dirigencia no la vote, pero hay q reconocer q saben conseguir el financiamiento para estas obras. Vos no pareces tener una estructura q t permita conseguir 100M d financiamiento
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Gustavo Arce
Gustavo Arce@ArceGustav·
@pablocalvari Kiper canta la justa. Lean
Daniel Kiper@kiperdaniel

🤍❤️ Queremos a River ❤️🤍 Muchos cargos. Ninguna idea. La dirigencia de River suma nombres, funciones y cargos importados, pero diluye responsabilidades y evita definir un rumbo. La llegada de Pablo Longoria no ordena: profundiza un modelo donde el organigrama reemplaza al proyecto y la estructura encubre la falta de conducción. Hay una antigua tentación —que acaso sea una de las formas más discretas del extravío—: creer que la complejidad se resuelve agregando capas. La actual dirigencia de River, en sintonía con la anterior y en su aparente vocación por el fracaso futbolístico, parece haber sucumbido an ella con una perseverancia digna de mejores causas. Ya no alcanza con un responsable del fútbol. Ahora tenemos varios. Un manager de fútbol: Francescoli. Un secretario técnico: Ponzio. Un embajador del club: Trezeguet.. Y, para que la arquitectura no carezca de solemnidad ni de acento internacional, ahora se incorpora un Director Deportivo: Pablo Longoria. La multiplicación de cargos sugiere orden. Como los laberintos. Y los laberintos, se sabe, no están hechos para salir, sino para perderse. Se dirá —y ya se dice— que se trata de profesionalizar la estructura. Que el fútbol moderno exige especialización, jerarquías claras, funciones definidas. Que el organigrama, por sí solo, produce lucidez. Sin embargo, hay en esa acumulación algo que inquieta: la sospecha que, cuanto más se reparte la responsabilidad, más se diluye. Porque cuando se superponen cargos, ya no queda del todo claro quién tiene una idea. Ni quién responde cuando esa idea no aparece. Longoria llega desde el Olympique de Marseille, donde ejerció —según se afirma— un poder considerable. El resultado de esa experiencia, si se lo despoja de toda cortesía retórica, ofrece una secuencia bastante reconocible: entrenadores que se suceden sin afirmarse, planteles que se renuevan, decisiones que se multiplican y una idea que nunca termina de fijarse. No es necesario exagerar. Basta con observar. En Olympique designó a seis entrenadores en cinco años —Jorge Sampaoli, Igor Tudor, Marcelino, Gennaro Gattuso, Jean-Louis Gasset y Roberto De Zerbi— sin contar interinatos. Eso no constituye una teoría. Constituye una evidencia. En el Vélodrome, los hinchas no estaban fascinados con la modernización. Había pancartas. Había protestas. Cuando Longoria se fue, no hubo duelo. Hubo alivio. Y las evidencias, a diferencia de los powerpoints, tienen la mala costumbre de no poder maquillarse. Hay una ironía que la dirigencia parece no advertir: mientras más se invoca la palabra “estructura”, menos visible se vuelve la idea. Se habla de mercado, de scouting, de redes, de modelos. Se habla —mucho—. Pero el fútbol, que es un lenguaje más antiguo que sus burócratas, exige algo bastante más simple y bastante más difícil: una dirección. No una sumatoria. Porque una cosa es organizar funciones. Otra, muy distinta, es tener rumbo. Y la directiva de River parece convencida de que el problema es de estructura, cuando en realidad es de orientación. Como si el desconcierto pudiera corregirse agregando cargos. Como si la falta de proyecto se resolviera sumando oficinas. O, peor aún, sumando fusibles. Se pueden acumular nombres, cargos y términos en inglés. Se puede hablar de scouting, de mercados y de redes globales. Se puede importar léxico, manuales y presentaciones. Pero hay algo que no se compra en Europa. Ni en cuotas. Ni con powerpoint. La identidad. Y cuando una dirigencia deja de pensar el fútbol desde la identidad para pensarlo desde el organigrama, el problema ya no es estético. Es institucional. Porque nuestro club empieza a parecerse menos a su historia… y más a una estructura que se administra a sí misma. River no necesita solemnidad administrativa. Necesita rumbo futbolístico. Porque un club puede sobrevivir a una mala racha. Pero no debe naturalizar nunca la sustitución del proyecto por la burocracia.

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Pablo Calvari
Pablo Calvari@pablocalvari·
River sigue manejándose como una Sociedad Anónima (SAD). La dirigencia acaba de contratar a un Director Deportivo (Pablo Longoria) no identificado con la historia de River con un sueldo de U$ 50.000 mensuales. Se suma al staff de Enzo U$ 100.000 x mes y del Francés David U$ 50.000 mensuales.
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Lucas
Lucas@Luc__an·
@kiperdaniel Daniel, cómo va a ser opaco algo en lo que están involucradas instituciones de crédito de esa magnitud?
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Daniel Kiper
Daniel Kiper@kiperdaniel·
Mucho anuncio, pocos papeles. Por Daniel Kiper. Queremos ver los números. Queremos ver los contratos. Queremos poder evaluar. No nos preocupa la obra. Al contrario: la apoyamos. Nos preocupa lo que no cuentan, lo que no explican, los documentos que no exhiben. Nos dicen que hay un crédito. Pero no cuánto cuesta realmente. Nos dicen que habrá una gran obra. Pero no sus características precisas ni su precio final. Nos dicen que hubo un “proceso transparente”. Pero no hubo una licitación pública abierta: hubo empresas invitadas. ¿Con qué criterio fueron elegidas? ¿Con qué criterio se comparan sus propuestas? No lo sabemos. Se habla de transparencia y, al mismo tiempo, se invoca la confidencialidad. Ambas cosas pueden convivir, pero no en el mismo plano. En un club como River —una asociación civil— la transparencia debe ser la regla y la confidencialidad la excepción. Cuando la excepción se agranda, la transparencia se achica. La confianza no se construye con nombres rimbombantes, ni con términos en inglés, ni con explicaciones técnicas. Se construye con información clara, concreta y accesible. Y hoy esa información no está. Además, hay un problema de tiempos. Nos informan cuando el proceso ya está muy avanzado, cuando las decisiones principales parecen tomadas y cuando el margen para opinar o controlar es mínimo. Pero la transparencia no es algo que se comunica al final. Es algo que debe existir desde el principio. Hoy, como socios, hay muchas cosas que no sabemos y que deberíamos saber: si el costo de la obra es razonable; si el crédito es conveniente o simplemente el que se consiguió; qué pasa si los ingresos previstos no se cumplen o si el dólar se dispara; qué recursos del club quedan comprometidos; y bajo qué condiciones. Se trata de algo muy simple: poder verificar. Poder controlar. Porque River no es una empresa donde decide un dueño. Es una asociación civil, y los socios somos parte. Y en una asociación civil, el derecho a conocer no es un favor: es un derecho. Por eso, es necesario que se publiquen los datos y documentos esenciales de esta operación. Recién entonces vamos a poder entender, opinar, acompañar o cuestionar con fundamento. Y hay, además, un punto decisivo. Se dice que el contrato será “llave en mano”, como si esa sola expresión alcanzara para despejar los riesgos. Pero el riesgo no desaparece por nombrarlo. Si la empresa cobra y no cumple, el problema vuelve al club. La verdadera pregunta es otra: ¿Con qué garantías? ¿Con qué esquema de pagos? ¿Con qué penalidades? ¿Con qué respaldo patrimonial? ¿Con qué mecanismo de reemplazo si falla? Si esas respuestas no están, no hay verdadera protección. Hay relato. Porque las instituciones no se honran sólo por la magnitud de lo que anuncian, sino también por la claridad de lo que muestran.
River Plate@RiverPlate

El Club Atlético River Plate ha logrado la aprobación de un financiamiento internacional por hasta US$100.000.000 destinado al desarrollo de infraestructura social, educativa y deportiva y la obra de ampliación y remodelación del Estadio Mâs Monumental. El financiamiento será estructurado en conjunto con BID Invest —el brazo de financiamiento al sector privado del Grupo Banco Interamericano de Desarrollo (Grupo BID)— y el Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe (CAF), los principales organismos multilaterales de crédito para el desarrollo de la región. Ambos organismos contribuirán en partes iguales al monto total del financiamiento. El proyecto apoyará la ampliación del nuevo edificio del Instituto River Plate y la residencia juvenil Casa River. La ampliación del estadio contribuirá a mejorar la comodidad de los asistentes, aumentar y diversificar las fuentes de ingresos, incrementar la capacidad para eventos, reducir el ruido y aumentar su uso durante todo el año. El Club destinará al menos el 25 % de los ingresos adicionales provenientes de la ampliación del estadio a becas adicionales y al desarrollo de infraestructura deportiva y social adicional a través de Fondo de Reinversión Social. En Latinoamérica y el Caribe, el fútbol es un poderoso elemento de unión y una herramienta para la integración y transformación social. Las inversiones en clubes deportivos cuyas actividades van más allá del deporte profesional e incluyen el deporte amateur y las iniciativas comunitarias pueden generar importantes beneficios sociales. Las inversiones en infraestructura deportiva y cultural pueden impulsar la actividad económica en el área de influencia del proyecto. Los ingresos comerciales de este proyecto están contractualmente vinculados a educación, becas, deporte femenino e infraestructura comunitaria. A través de la ampliación y modernización del estadio, se busca generar nuevos ingresos privados que serán parcialmente destinados —mediante un esquema contractual— a programas educativos, de inclusión social y desarrollo comunitario. La iniciativa, impulsada junto a CAF y IDB Invest, no apunta al financiamiento del rendimiento deportivo, sino a consolidar un modelo sostenible en el que la actividad del club contribuya directamente a objetivos sociales. El financiamiento contempla un plazo total de 10 años, con un período de gracia de tres, lo que permitirá al Club comenzar a repagar el crédito una vez que la obra empiece a generar los recursos previstos. En este sentido, el esquema de repago se sustenta en los ingresos incrementales que generará la ampliación del Estadio -tanto a través de ticketing como de nuevos acuerdos comerciales vinculados a la mayor capacidad y a las mejoras en la infraestructura- y en el contrato de recitales y el naming. En términos financieros, el crédito está denominado en dólares y se encuentra referenciado a la Secured Overnight Financing Rate (SOFR) —la tasa de interés de corto plazo publicada por la Reserva Federal de los Estados Unidos— más un margen preferencial acorde a las condiciones de mercado, un logro que demuestra la confianza y la solidez financiera de nuestra institución. La aprobación de este financiamiento por es el resultado de meses de trabajo, durante el cual el Club atravesó un exhaustivo proceso de análisis y due diligence por parte de ambas entidades. La rigurosidad de esta evaluación y su resultado favorable constituyen una validación externa de la solidez del proyecto y de la responsabilidad con la que ha sido diseñado el esquema de financiamiento. River Plate se presenta como un socio estratégico por su escala, gobernanza y trayectoria institucional. Como asociación civil sin fines de lucro, con más de 350.000 socios y una extensa red de programas educativos y sociales —incluyendo Casa River, el Colegio River y la Fundación River—, el club ya cuenta con un ecosistema consolidado de impacto en jóvenes y comunidades vulnerables. Desde el punto de vista financiero, la operación introduce condiciones de largo plazo y mecanismos de disciplina que no están disponibles en el mercado local. Se espera que la iniciativa genere empleo, dinamice la actividad económica local y amplíe el acceso a oportunidades educativas y deportivas. En conjunto, el proyecto busca demostrar que las instituciones deportivas pueden funcionar como vehículos efectivos de desarrollo sostenible y replicable en América Latina. Este logro no solo garantiza el avance de una obra estratégica para el crecimiento institucional, sino que también posiciona a River Plate como un referente en materia de gestión, transparencia y acceso al financiamiento internacional dentro del deporte.

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Gustavo Arce
Gustavo Arce@ArceGustav·
@elgordocharlie9 @kiperdaniel “Opaco” lo agregaste vos. Kiper pidió los números. Si se firma en 15 días, los números ya están… solo que no están para los socios.
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Charlie🐔🇦🇷
Charlie🐔🇦🇷@elgordocharlie9·
@kiperdaniel Pedir info está bien. Pero llamar opaco a un crédito auditado por Banco Interamericano de Desarrollo y CAF es forzar el relato. Se paga con ingresos nuevos: 16-18 vs 26-28. Da positivo. Más datos, sí; mala fe, no
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Gustavo Arce
Gustavo Arce@ArceGustav·
@elgordocharlie9 @kiperdaniel Si los números son tan buenos, ¿por qué no los muestran? Kiper pregunta: ¿Cuánto cuesta? ¿Cómo se paga? ¿Y qué pasa si falla? Transparencia no es relato. Es información.
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Daniel Kiper
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Valores de entradas – Partido en Río Cuarto @afa  Buenos Aires, 18 de marzo de 2026 Al Sr. Presidente de la Asociación del Fútbol Argentino. Sr. Claudio Fabián Tapia De mi mayor consideración: Hay decisiones que, por su apariencia menor, parecen destinadas al olvido. Otras, en cambio, revelan —sin proponérselo— la forma en que una época se piensa a sí misma. Los valores fijados para las entradas del partido a disputarse entre Estudiantes de Río Cuarto y River Plate pertenecen a esta segunda categoría. No es necesario abundar en cifras. Basta señalar que el precio ha dejado de ser una medida para ordenar el acceso y ha pasado a ser un instrumento para restringirlo. Bajo la invocación de razones de seguridad, se ha configurado un sistema en el que no todos los hinchas están impedidos de asistir, sino sólo aquellos que no pueden pagar. La exclusión, como suele ocurrir, no se declara: se administra. Se prohíbe al visitante, se niega al neutral, pero se admite —bajo otras formas— la presencia de quienes puedan afrontar el costo. No es la identidad lo que se regula. Es la capacidad económica. Este desplazamiento, acaso inadvertido, transforma al fútbol en algo distinto de lo que fue. Los clubes, que nacieron como asociaciones civiles, encuentran ahora el riesgo de devenir en escenarios donde el acceso ya no depende de la pertenencia sino del precio. No ignoro que toda organización requiere reglas. Pero hay reglas que ordenan y otras que, sin decirlo, seleccionan. Tal vez corresponda a esa Asociación —que custodia no sólo una competencia, sino una tradición— interrogarse sobre los límites de estas prácticas y sobre el modelo de fútbol que, sin declararlo, comienza a consolidarse. Sin otro particular, saludo a usted con distinguida consideración. Dr. Daniel Adrián Kiper
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Daniel Kiper
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Prohíben tus colores. Aceptan tu plata. Ese no es el fútbol. Es negocio. El dato central no está en la seguridad. Está en el precio. Lo ocurrido en Río Cuarto no es una decisión aislada ni una anécdota de ocasión. Es la expresión más cruda de un proceso que avanza desde hace años: la transformación del fútbol en un espectáculo excluyente, donde el acceso deja de ser un derecho del hincha para convertirse en un privilegio económico. Que para un partido del torneo local se fijen entradas de entre 80.000 y 350.000 pesos no es un error de cálculo. Es una decisión política y comercial. No se establece un valor para ordenar la demanda: se fija un precio para expulsar, seleccionar y aprovecharse de la pasión. Se prohíben los visitantes. Se niega la figura del neutral. Pero al mismo tiempo se habilita el ingreso de “invitados”. Ahí aparece la verdadera contradicción. No se busca impedir la presencia de hinchas de River: se busca impedir su presencia visible, su color, su identidad, mientras se admite su dinero. No es seguridad. Es voracidad. El mensaje de fondo es brutal: tus colores molestan, tu billetera no. Estudiantes acepta el dinero del hincha de River, pero no acepta al hincha como tal. Prohíbe nuestros colores, pero habilita la recaudación. Rechaza al visitante, pero admite su bolsillo. Este tipo de decisiones consolida un precedente peligroso, porque naturaliza una lógica que choca de frente con la esencia de los clubes argentinos: asociaciones civiles, populares, abiertas, sostenidas por sus socios y su comunidad. Cuando el precio se convierte en una barrera deliberada, el fútbol deja de ser pertenencia y pasa a ser un producto segmentado. Ya no convoca al pueblo: lo filtra. Ya no organiza una fiesta popular: la vende por capas. Hoy es Río Cuarto. Mañana puede ser cualquier cancha. Y si esta lógica se consolida, el resultado será inevitable: estadios cada vez más silenciosos, más homogéneos, más lejanos del hincha real. Un fútbol sin pueblo, sin identidad y sin alma. No se trata de discutir una cifra. Se trata de discutir un modelo. Porque cuando el acceso se restringe por el dinero, lo que está en juego no es una entrada. Es el sentido mismo del fútbol. Daniel Kiper
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Daniel Kiper
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River ganó en el debut de Coudet: señales, historia y esperanza. En River cada comienzo tiene un peso especial. No sólo porque se trate de fútbol, sino porque detrás de cada partido está la historia de un club que aprendió a exigir juego, carácter y futuro al mismo tiempo. Por eso, cuando empieza un nuevo ciclo, el resultado importa, pero también importa lo que el equipo insinúa. River venció 2 a 1 a Huracán en el debut de Eduardo “Chacho” Coudet como entrenador. Y ganar siempre es importante: ordena el clima, devuelve confianza y concede algo que en el fútbol vale más que cualquier discurso: tiempo para trabajar. Fue el primer partido de un proceso. Es esperanza, no solución. Y está bien que así sea. El equipo dejó algunas señales interesantes. River ocupó mejor los espacios que en partidos anteriores y por momentos mostró mayor comprensión de la geometría del juego: dónde pararse para avanzar y cómo replegarse cuando la pelota se pierde. Se lo vio más corto, con menor distancia entre líneas. Esa cercanía no es sólo una cuestión táctica: puede ser la base de un equipo que busca recuperar identidad. No fue un equilibrio sostenido, pero hubo tramos del partido en los que River insinuó una idea. Y en el fútbol, las ideas necesitan tiempo para convertirse en sistema. También fue valiosa la presencia de jóvenes como Beltrán, Subiabre y Páez. Los clubes grandes se sostienen con títulos, pero se proyectan con juveniles que anuncian el porvenir. El primer gol resumió ese momento de claridad: cambio de frente preciso, centro oportuno y una definición certera. Fue una jugada nacida de una intención colectiva, de esas que recuerdan que el fútbol bien jugado suele ser una construcción antes que un accidente. El partido también dejó enseñanzas. La decisión de que un futbolista recién ingresado ejecutara un penal —cuando en el campo estaba Gonzalo Montiel, habituado a esa responsabilidad— invita a reflexionar. Juanfer estaba frío, sin ritmo. En el fútbol, los detalles que parecen menores suelen tener un peso decisivo. La expulsión de Colidio dejó otra lección. El fervor del juego puede explicar la reacción, pero el dominio de uno mismo también forma parte del oficio. Los grandes equipos aprenden a competir con picardía, sin ingenuidad, incluso en los momentos de tensión. Beltrán, por su parte, confirmó condiciones que merecen atención. Es prematuro emitir juicios definitivos, pero su actuación sugiere que estamos ante un futbolista que puede ofrecerle mucho a River. El fútbol de River tiene además una memoria particular. Héctor Grisetti —arquero titular de River y de la selección argentina— me contó una vez una historia que nunca olvidé. “Un día me lastimé”, me dijo, “y el pibe que me reemplazó no dejó más el arco”. Ese pibe era Amadeo Carrizo. No era una queja. Era una enseñanza. En River, las oportunidades cambian las historias. Franco Armani es un gran arquero y su jerarquía no admite discusión. Pero la vida de los clubes grandes siempre está abierta a las apariciones inesperadas y a los relevos que el tiempo y las actuaciones van consolidando. River ganó. Y ganar siempre es mejor que cualquier otro resultado. Pero en River los procesos no se juzgan por un partido, sino por una dirección. El debut de Coudet dejó señales: una mejor ocupación de los espacios, algunos circuitos de juego que empiezan a asomar y la decisión de mirar a los juveniles. El triunfo ante Huracán puede ser el primer paso. Y cuando River encuentra un camino, la historia del club enseña que la esperanza suele llegar antes que las certezas. 🤍❤️ Queremos a River ❤️🤍
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