Pedro Torrijos@Pedro_Torrijos
Ferrari ha presentado su primer coche eléctrico, el Luce, y está medio mundo opinando como un coro griego.
El coro dice que el Ferrari Luce no parece un Ferrari, que por qué es azul, que parece un coche chino, un BYD, un NIO, una cosa lisa y sin rabia. El coro dice esto desde el sofá, desde el móvil, desde el pulgar que se desliza, y el coro está convencido de que sabe más de diseño que Jony Ive, el hombre que dibujó el iPhone o el iMac, una parte sustancial de los objetos que ese mismo pulgar ha tocado durante veinte años.
Jony Ive ha definido la forma material de tu vida cotidiana más que ningún arquitecto y que ningún urbanista, más que cualquiera de los que ahora explican en un hilo por qué se ha equivocado. La probabilidad de que tú, desde el sofá, hayas visto algo que a Ive y a Newson y al equipo entero de Maranello se les ha pasado en cinco años de trabajo, esa probabilidad es muy pequeña. No es cero, pero es muy pequeña.
Luego está lo de China, que es verdad, y que es lo contrario de un insulto.
Sí, parece un coche chino, porque China es el sitio. Porque el ultrarrico chino es el comprador natural de este objeto y porque en China la combustión ya es el pasado, también arriba del todo, también en la cumbre del dinero. El lujo eléctrico chino se ha multiplicado por doce en cuatro años mientras el lujo de gasolina retrocedía. De hecho, hay un sedán eléctrico (el Maextro S800 de Huawei+JAC) que en un solo mes vendió más que el Panamera, el Serie 7 y el Maybach juntos.
El motor de explosión, en ese mercado, huele a siglo equivocado, así que Ferrari ha dibujado un coche eléctrico mirando dónde está el dinero del futuro y cómo respira ese dinero del futuro.
Y queda lo tercero, que casi nadie dice y que sabe cualquiera que haya pisado una escuela de diseño una sola tarde.
Las cosas que son distintas son distintas, y tienen que verse distintas. Esa es la ley. Un coche eléctrico es otra arquitectura, otro reparto del peso, otra relación entre el cuerpo y el aire, y fingir lo contrario, fingir que es un coche de combustión con la tripa cambiada sería vestir el motor nuevo con la carrocería vieja, sería la mentira más cobarde que una marca como Ferrari pudiera contar.
Por eso Ferrari ha decidido que el coche eléctrico se vea eléctrico, que la diferencia se note, que el objeto no disimule lo que es, incluso en el azul de la presentación oficial.
Pero el coro dice que no parece un Ferrari. Igual no lo parece, pero lo es. Y si lo que quieres es un Ferrari eléctrico que parezca un GTO, lo que pasa es que no te gustan los Ferraris, te gustan las imitaciones de Ferrari, aunque esa imitación la hubiese hecho la propia marca.