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@Eneatipo7

“No busco imponer verdades, pero si desarmar falsedades”. Cuenta2:@MisColumnas Cuenta3:@Math_Physics_1

Ni tan lejos, ni tan cerca... Katılım Aralık 2009
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ReneX@Eneatipo7·
“Mientras muchos buscan dejar un mejor planeta para nuestros hijos, yo me he preocupado de dejar mejores hijos para nuestro planeta”.
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Sergio
Sergio@Sergio_Digital·
Buen día @Eneatipo7 , oiga, necesito mandarte un DM o mail ¿Me sigues un minuto porfa?
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Piola 🇨🇱🇨🇱
Piola 🇨🇱🇨🇱@paubajoperfil·
“No es copamiento comunicacional, es trabajar y trabajar en serio” Excelente ministra Mara Sedini
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ReneX
ReneX@Eneatipo7·
CARTA ABIERTA DE UNA RANITA A la sociedad que observa, decide… y a veces olvida. Señores todos: No sé exactamente en qué momento mi existencia se volvió un detalle prescindible. Tal vez fue cuando alguien trazó una línea sobre un mapa sin notar que ese trazo cruzaba un hogar. O cuando un bosque dejó de ser un ecosistema para convertirse en “superficie disponible”. O quizás cuando ustedes, con admirable eficiencia, aprendieron a mirar sin ver. Algo tan vuestro al día de hoy. No los culpo del todo. Comprendo que, en medio de sus urgencias —tan legítimas, tan humanas—, lo pequeño tienda a desdibujarse. Después de todo, ¿qué peso puede tener una vida diminuta frente a la promesa de crecimiento, de energía, de progreso? Es una pregunta razonable… si uno acepta, claro, que el valor de las cosas se mide únicamente por su utilidad inmediata. Yo no tengo esa ventaja. No produzco, no consumo, no voto. No figuro en indicadores ni en balances. Mi existencia no mueve mercados ni titulares. Y, sin embargo, he estado aquí mucho antes de que alguien pensara en domesticar el paisaje. He resistido lluvias, sequías, depredadores y silencios. He sobrevivido, incluso, a ustedes. Porque sí, aunque suene incómodo, sobrevivir al ser humano se ha vuelto una forma de resistencia. He visto cómo los lugares que alguna vez fueron refugio se transforman en territorios fragmentados, cómo el murmullo del agua es reemplazado por el zumbido constante de lo que llaman desarrollo. He sentido cómo el aire cambia, cómo el suelo pierde memoria, cómo la vida —esa red invisible que los sostiene también a ustedes— se vuelve cada vez más frágil. Y lo más desconcertante no es la transformación en sí, sino la indiferencia que la acompaña. Esa serenidad con la que algunos aceptan que todo esto es, simplemente, el costo de avanzar. Como si la desaparición de lo irrepetible pudiera amortizarse en cuotas. Permítanme una pequeña ironía: han logrado algo extraordinario. Una especie capaz de: alterar el clima del planeta, rediseñar continentes, extinguir formas de vida, contaminar los océanos y llenar el espacio de basura… y, al mismo tiempo, convencerse de que nada de eso es realmente su problema. Es una hazaña intelectual notable: la de separar el poder de la responsabilidad con una precisión quirúrgica. No cabe duda, son una raza superior. Pero hay algo que quizás no han considerado del todo. Cada vez que una vida como la mía desaparece, no sólo se pierde una especie. Se pierde una historia, una función, un equilibrio. Se pierde, también, una parte de ustedes mismos, aunque no lo perciban de inmediato. Porque no están fuera de este sistema. Nunca lo han estado. No escribo esto desde el reproche —sería inútil—, sino desde una forma más sutil de incomodidad. Esa que aparece cuando uno sospecha que pudo haber hecho algo distinto. Esa que no se resuelve con argumentos, sino con conciencia. A quienes han defendido, protegido, cuidado incluso lo que no conocen, gracias. Han demostrado que la sensibilidad no es debilidad, sino una forma de inteligencia. Han entendido que la grandeza de una sociedad no se mide por lo que conquista, sino por lo que decide no destruir. A los demás —a quienes aún creen que todo esto es exagerado, secundario o simplemente ajeno—, no tengo mucho que ofrecerles salvo una invitación incómoda: intenten imaginar un mundo donde el silencio no sea paz, sino ausencia. Donde lo que hoy consideran insignificante ya no esté, y nadie quede para recordarlo. Tal vez entonces comprendan que nunca se trató de mi, una ranita. Se trataba de ustedes. Con una persistencia que aún resiste, se despide y les saluda Atte., La Ranita de Darwin. Un diminuto anfibio de una especie amenazada de extinción. @MisColumnas
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ReneX@Eneatipo7·
Respecto a la frecuencia de los buses de la Red Metropolitana de Movilidad. Ha notado que al día de hoy:
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ReneX@Eneatipo7·
MEDIDAS. En una semana se ha anunciado proponer y replantear: • Eliminar gratuidad en la educación para mayores de 30 años. • Indultos a presos de Punta Peuco. • Fin a las 40 horas laborales. • Eliminar feriados irrenunciables. • Bajar los impuestos a las grandes corporaciones. • Fin al MEPCO. Continuará…
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ReneX
ReneX@Eneatipo7·
“Eso que Santa Isabel te conoce, es falso. Cada vez que voy me piden el Rut.”
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ReneX@Eneatipo7·
NANO CUENTO POLITICO El gobierno quería exterminar RD y el PH. ¿Revolución Democrática y el Partido Humanista? No, la Ranita de Darwin y el Pingüino de Humboldt.
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ReneX
ReneX@Eneatipo7·
Si esto no es corrupción, pega en el palo… Kast pidió renuncia a Superintendente de Educación Superior que preparaba sanción a U. San Sebastián por pagos irregulares a políticos de Derecha, entre ellos el presidente del Partido Republicano Arturo Squella.
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ReneX@Eneatipo7·
GRANDES PENSADORES. “Por razones felices también tenemos noticas muy tristes”. “Y eso tenemos que cumplir con las promesas cumplidas”. Mara Sedini. Vocera. #YaLoVanAEntender
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ReneX
ReneX@Eneatipo7·
@TuiteraColorina @paubajoperfil Luisa, puede opinar sin insultar, sin denostar, ¿puede? Inténtelo y responda. Demuestre que puede argumentar seriamente y ganar el respeto de quien le responda. Quedo atento.
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Luisa Echegaray
Luisa Echegaray@TuiteraColorina·
@Eneatipo7 @paubajoperfil Si para ti decir que “esto es trabajar” no es decir nada queda claro que fuiste una minoría que NO representa a los Chilenos, que votamos por un gobierno QUE TRABAJARA….A diferencia del gobierno atorrante del merluzo y los milenios zurdos ladrones y FLOJOS!
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NotXtremo
NotXtremo@notxtremo·
Tremenda verdad que nos llevará a tremendos problemas. Un acierto amigo, como siempre.
ReneX@Eneatipo7

EL SÍNDROME DE LA CAPERUCITA ROJA. (Versión criolla.) En el clásico cuento de Caperucita Roja, la niña entra en la casa de su abuela y, a pesar de todas las señales evidentes de que algo está mal, se deja engañar por el lobo disfrazado. Este relato infantil, al margen de su moraleja original, puede extrapolarse a un fenómeno psicológico y político que bien podría llamarse "El Síndrome de la Caperucita Roja": una situación en la que las personas, dominadas por el sesgo de confirmación, ven lo que quieren ver y no lo que realmente es. También hay una forma particularmente sofisticada de ingenuidad: aquella que se disfraza de sorpresa. En política, esta variante alcanza niveles casi artísticos, sobre todo cuando los hechos —persistentes, reiterados, incluso estridentes— son sistemáticamente ignorados en favor de una narrativa más cómoda, más deseable, más tranquilizadora. El “síndrome de la Caperucita Roja, versión criolla” no es otra cosa que la obstinación voluntaria de no ver. No se trata de falta de información —porque la evidencia estaba ahí, abundante y sin pudor— sino de una decisión deliberada: mirar al lobo y convencerse de que es una abuela. Porque, seamos rigurosos, las señales nunca fueron sutiles. No hubo ambigüedad programática ni giros inesperados. El ideario del Partido Republicano ha sido consistente hasta la terquedad: oposición a políticas redistributivas, resistencia a avances laborales, desconfianza estructural hacia el rol del Estado en lo social. Pretender hoy desconcierto frente a anuncios como el cuestionamiento a las 40 horas, la propuesta a la eliminación de feriados irrenunciables o la reducción de impuestos corporativos entre otros, es un ejercicio de ficción más cercano a la literatura que al análisis político. La sorpresa, entonces, no es ingenuidad: es negación. Más aún cuando los indicios no se limitaban al programa, sino que se extendían con generosidad a las biografías. Los nombramientos ministeriales operaban como un prólogo transparente: vínculos con episodios controvertidos del sector privado como las colusiones, defensas jurídicas de figuras asociadas a la dictadura de Augusto Pinochet, vocerías marcadas por el exabrupto más que por la argumentación. Cada designación era, en sí misma, una declaración de intenciones. Pero, nuevamente, el electorado optó por leer entre líneas… aunque las líneas ya gritaban. El patrón se repite con una precisión casi didáctica: primero se relativizan las señales (“no será tan así”), luego se reinterpretan (“en realidad es estrategia”), y finalmente, cuando la realidad se impone con la delicadeza de un martillo, emerge el desconcierto performativo (“esto no era lo que esperábamos”). Como si el problema fuese el desenlace, y no la lectura previa. En el cuento original, Caperucita formula preguntas evidentes frente a anomalías imposibles de ignorar: los ojos, las orejas, los dientes. En nuestra versión criolla, las preguntas también existieron, pero fueron rápidamente sofocadas por respuestas complacientes. No era un lobo: era “carácter”. No era ideología dura: era “convicción”. No era regresión: era “orden”. Y así, entre eufemismos y autoengaños, se construyó una expectativa que nunca tuvo correlato con la realidad observable. Lo verdaderamente inquietante no es que un gobierno actúe conforme a su doctrina —eso, en cierto rigor, es coherencia—, sino que una parte del electorado finja sorpresa ante esa coherencia. Como si las promesas explícitas, los discursos reiterados y las trayectorias personales fuesen meros accidentes narrativos, y no indicadores predictivos y fiables de lo que vendría. El síndrome, en su versión más depurada, no radica en haber sido engañado, sino en haber querido serlo. Porque las señales, como en todo buen cuento, siempre estuvieron ahí. No ocultas, no cifradas, no encriptadas ni ambiguas. A la vista de todos. El problema nunca fue el lobo. Fue la voluntad obstinada de querer ver a una abuela. @MisColumnas

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ReneX@Eneatipo7·
EL SÍNDROME DE LA CAPERUCITA ROJA. (Versión criolla.) En el clásico cuento de Caperucita Roja, la niña entra en la casa de su abuela y, a pesar de todas las señales evidentes de que algo está mal, se deja engañar por el lobo disfrazado. Este relato infantil, al margen de su moraleja original, puede extrapolarse a un fenómeno psicológico y político que bien podría llamarse "El Síndrome de la Caperucita Roja": una situación en la que las personas, dominadas por el sesgo de confirmación, ven lo que quieren ver y no lo que realmente es. También hay una forma particularmente sofisticada de ingenuidad: aquella que se disfraza de sorpresa. En política, esta variante alcanza niveles casi artísticos, sobre todo cuando los hechos —persistentes, reiterados, incluso estridentes— son sistemáticamente ignorados en favor de una narrativa más cómoda, más deseable, más tranquilizadora. El “síndrome de la Caperucita Roja, versión criolla” no es otra cosa que la obstinación voluntaria de no ver. No se trata de falta de información —porque la evidencia estaba ahí, abundante y sin pudor— sino de una decisión deliberada: mirar al lobo y convencerse de que es una abuela. Porque, seamos rigurosos, las señales nunca fueron sutiles. No hubo ambigüedad programática ni giros inesperados. El ideario del Partido Republicano ha sido consistente hasta la terquedad: oposición a políticas redistributivas, resistencia a avances laborales, desconfianza estructural hacia el rol del Estado en lo social. Pretender hoy desconcierto frente a anuncios como el cuestionamiento a las 40 horas, la propuesta a la eliminación de feriados irrenunciables o la reducción de impuestos corporativos entre otros, es un ejercicio de ficción más cercano a la literatura que al análisis político. La sorpresa, entonces, no es ingenuidad: es negación. Más aún cuando los indicios no se limitaban al programa, sino que se extendían con generosidad a las biografías. Los nombramientos ministeriales operaban como un prólogo transparente: vínculos con episodios controvertidos del sector privado como las colusiones, defensas jurídicas de figuras asociadas a la dictadura de Augusto Pinochet, vocerías marcadas por el exabrupto más que por la argumentación. Cada designación era, en sí misma, una declaración de intenciones. Pero, nuevamente, el electorado optó por leer entre líneas… aunque las líneas ya gritaban. El patrón se repite con una precisión casi didáctica: primero se relativizan las señales (“no será tan así”), luego se reinterpretan (“en realidad es estrategia”), y finalmente, cuando la realidad se impone con la delicadeza de un martillo, emerge el desconcierto performativo (“esto no era lo que esperábamos”). Como si el problema fuese el desenlace, y no la lectura previa. En el cuento original, Caperucita formula preguntas evidentes frente a anomalías imposibles de ignorar: los ojos, las orejas, los dientes. En nuestra versión criolla, las preguntas también existieron, pero fueron rápidamente sofocadas por respuestas complacientes. No era un lobo: era “carácter”. No era ideología dura: era “convicción”. No era regresión: era “orden”. Y así, entre eufemismos y autoengaños, se construyó una expectativa que nunca tuvo correlato con la realidad observable. Lo verdaderamente inquietante no es que un gobierno actúe conforme a su doctrina —eso, en cierto rigor, es coherencia—, sino que una parte del electorado finja sorpresa ante esa coherencia. Como si las promesas explícitas, los discursos reiterados y las trayectorias personales fuesen meros accidentes narrativos, y no indicadores predictivos y fiables de lo que vendría. El síndrome, en su versión más depurada, no radica en haber sido engañado, sino en haber querido serlo. Porque las señales, como en todo buen cuento, siempre estuvieron ahí. No ocultas, no cifradas, no encriptadas ni ambiguas. A la vista de todos. El problema nunca fue el lobo. Fue la voluntad obstinada de querer ver a una abuela. @MisColumnas
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ReneX@Eneatipo7·
@p4purrip0p Dejen de llamar influencers a ese tipo de pelotudos y pelotudas. Hasta cuando.
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