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El mayor espejo del “qué me importa”, del irrespeto a la ley, de la cultura del más vivo, de la ley del más fuerte y de la clásica “ley de embudo”, se aprecia con solo pararse 5 minutos en cualquier esquina del Ecuador y observar cómo nos comportamos como sociedad.
El peatón cruza donde le da la gana.
El ciclista invade vías y aceras indistintamente.
El motociclista circula sin casco, sin placas y hasta en contravía.
El conductor se pasa el rojo, ignora el disco PARE y estaciona donde quiere, sin placas.
El bus compite como si llevara ganado y no personas.
El camión bloquea vías y destruye normas básicas de tránsito.
Y no falta el que huye del lugar del accidente que él mismo causó.
Todo convive con naturalidad alarmante: desde orinar en plena calle a luz del día hasta conducir sin licencia, sin SOAT, sin revisión y sin el menor respeto por la vida ajena.
Y lo más grave: casi todo ocurre con absoluta impunidad.
Impunidad administrativa.
Impunidad judicial.
Impunidad social.
Después nos preguntamos por qué el país no avanza, por qué reina el caos o por qué las leyes “no sirven”. La verdad incómoda es que el problema no empieza solamente en el poder político: empieza también en la conducta cotidiana de millones que creen que la norma siempre aplica para otros, nunca para ellos.
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