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Basta observar la personalidad y la idiosincrasia del argentino promedio para entender, en parte, por qué su país lleva más de 60 años sumido en una crisis económica casi permanente. Esa actitud de creerse superiores, de mirar al resto por encima del hombro y de pensar que siempre tienen la razón termina convirtiéndose en un obstáculo para la autocrítica. Y cuando una sociedad pierde la capacidad de reconocer sus propios errores, difícilmente pueda corregirlos. Ese exceso de ego los vuelve ciegos a una realidad evidente: lejos de ser el ejemplo que creen representar, su país lleva décadas enfrentando graves problemas estructurales.
Argentina no vive una crisis permanente; vive un ciclo permanente de crisis.
En los últimos 70 años ha alternado una y otra vez entre recuperación, auge, inflación, devaluación y recesión. No es un episodio aislado: es un patrón que se repite desde hace décadas.
Cuando un país cae una y otra vez en los mismos problemas, el desafío ya no es solo económico, sino también institucional y cultural.
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